 El encanto de la selva

La selva de Los Tuxtlas. Maravilla verde, plena en riquezas, magia y misterio. Nombrarla es evocar nuestra tierra. Y al mencionarla, revivo el recuerdo de mi abuelo, desde sus mocedades, conocedor de sus senderos y de su magia. El abuelo amaba, gozaba el campo, el monte… la montaña. Ya anciano la llevaba como constante flor en su memoria… y contaba de ella.

Contaba de inquietantes o asombrosos parajes, permanentemente ensombrecidos por la tupida fronda. Del interminable concierto de las aves canoras. De Imponentes árboles cuyos troncos no eran abarcados por el abrazo de varios hombres. Del misterio de las noches perfumadas, de ominosos silencios o estridentes sonidos selváticos, e iluminadas por cocuyos y luciérnagas. Contaba de la refrescante pureza de manantiales y arroyuelos, de la policroma variedad de aves y flores y el delicioso sabor de extraños frutos.

Hacía referencia a la estruendosa estampida de tapires –anteburros, los llamaba-; a las temidas y reptantes sierpes, a la grácil carrera del venado, a las jugarretas del mono araña, a la ferocidad del tigrillo, al grito del “mono sambo”, al canto de las aves canoras y al enigmático llamado del pájaro “tapa camino”.

Del recuerdo del abuelo surgía, como de una caja de sorpresas, un vasto repertorio de referencias, anécdotas, maravillas y mitos dignos de haber sido contados por la pluma de Horacio Quiroga, Bruno Traven o Jorge Luis Borges. Entre esos relatos, recuerdo que… 

Escondido entre los intrincados vericuetos de la montaña tuxtleca, en algún paraje impreciso, y por tanto desconocido, existe un sitio al que llaman “El Encanto…”

En ese lugar de belleza jamás imaginada, quizás solo comparable al bíblico Paraíso terrenal, brotan manantiales que se despeñaban entre pedrerías de oro, plata y gemas. Allí, la flora y la fauna son ricas en especímenes extraños y no incluidos en los tratados de ciencias naturales. De luminosas grutas surgen melodiosos sonidos producidos por el agua y el viento, al filtrarse entre estalactitas transparentes.

Toda la sabiduría, lo conocido y lo ignorado, lo sublime y lo infame, se concentran en ese Encanto. Ahí se detiene el tiempo y se adquiere el dominio sobre el pasado y el futuro. Sobre el bien y sobre el mal… Ahí es posible la trasmutación de los metales, la metamorfosis del cuerpo y el desdoblamiento del alma. También ahí se obtiene el don de los hechizos y se puede hablar con los demonios o con el mismo Dios.

Pero nadie sabe cómo ni por cuáles rutas se llega a ese insólito reducto. No aparece en los mapas y no hay coordenadas. Pero según muy antiguos relatos, algunos intrépidos habían logrado penetrar a ese lugar asombroso, guiados por el afán de descubrir lo ignorado.

Y los pocos que han tenido el privilegio de conocer el misterio, salieron de ahí “encantados”, poseedores del don de lenguas y de mágicos e ilimitados poderes… Pero esos elegidos vivieron pocos días para contar su fantástica experiencia… Pues murieron pronto, víctimas de aterradoras alucinaciones, tal vez como castigo por asomarse a lo prohibido…

Al recordar este relato, imagino que el enigma del maravilloso Encanto aún existe. Tal vez esté, escondido entre ese escaso 20% de selva que aún sobrevive. Quizás esperando a quienes se atrevan a descubrirlo.

Y al evocar el relato de mi abuelo, aflora la preocupación por las fallidas acciones orientadas a la conservación de la montaña. Preocupa la carencia de conciencia ecológica. Preocupa que las diversas instancias de gobierno no ejerzan las medidas conducentes para proteger ese último reducto de la selva tropical, patrimonio de todos.

Entristece que, a pesar de decretos presidenciales, de tanta palabrería hueca, de buenos deseos, de pactos y declaraciones, el área montañosa continúe a merced de la devastación.

Así, las voces de ambientalistas, amigos de la selva, investigadores y científicos son acalladas por el ruido de las motosierras y por la indiferencia de la ciudadanía y de las autoridades. Mientras, día a día se extiende la mancha de la deforestación y se acerca más el fantasma del páramo… 

Tal vez ocurrió que la mítica Pandora abrió su caja y desparramó su carga de males sobre nuestras montañas… Y, uno se pregunta: ¿Cuándo se harán cumplir las leyes que detengan la anarquía y la destrucción? ¿Cuándo serán realidad los planes de conservación ambiental? ¿Cuándo cumplirán sus funciones las dependencias responsables y tomarán con decisión la defensa de nuestro saqueado patrimonio? Aunque no falta quien o quienes, preocupados por el gris panorama que nos amenaza, alientan –alentamos- la esperanza, verde como la selva, de un futuro mejor que heredar a nuestros descendiente.