 La Semana Santa en San Andrés…

  • La Semana Santa en San Andrés…

Desde el segundo Tercio del siglo XVI, la feligresía católica de nuestra ciudad guiados espiritualmente por los frailes Franciscanos, inician la observancia de los ritos de la semana santa.

Pero es hasta a mediados del siglo XVIII, cuando San Andrés Tuxtla con mayor fervor, reforzando su fe mediante diversos eventos de religiosidad popular, participa en los actos litúrgicos de esta festividad católica.

La semana santa en nuestro pueblo, se comenzó a celebrar como fiesta titular, en abril de 1847.

Fecha en que se consagra el templo de Santa Rosa de Lima, siendo párroco Don Ramón Domínguez D’ Alejandrit, originario de Tuxpan.

Por esa época el pueblo católico aún conservaba la religiosidad y, el misticismo que caracterizó a la Iglesia en los primeros siglos de conversión del pueblo de San Andrés.

Con una gran influencia popular, durante la semana santa, se debía observar un comportamiento de lo mejor.

Los fieles asistían a misa los domingos y, evitaban ir a fiestas o pronunciar malas palabras.

Los viernes eran de mayor respeto, se guardaba la vigilia que consistía en ayuno por la mañana y abstinencia de carnes; se rezaba el santo rosario y se realizaba el viacrucis por las tardes noches, con la imagen de Jesús de Nazaret.

El jueves previo a la semana santa, muy de mañana, se reunían los señores y jóvenes para ir a las faldas del volcán de San Martín por arrayán (planta silvestre parecida al laurel).

Se congregaban frente al templo a las 4 de la mañana, en donde el sacerdote los despedía imponiéndoles la bendición y, se repicaban las campanas.

Regresaban el viernes de dolores por la tarde y, eran recibidos con el mismo júbilo y repiques de campanas; las personas comentaban, ¡Ya llegó el arrayán!, ¡Ya llegó el arrayán!

Los responsables de los arrayaneros eran, por Catedral Don Félix Pólito y, por el templo de Santa Rosa Don Felipe Carvajal, ambos eran mayordomos de Jesús de Nazaret y, conocían muy bien el camino de acceso al cerro de San Martín, lugar a donde como hasta la fecha, se va por el arrayán.

El domingo de ramos, era una celebración muy grande, la liturgia era especial, la bendición de palmas era a las 11:00 horas en catedral y a las 13:00 horas en el templo de Santa Rosa de Lima.

La misa pontifical la celebraba, el Excmo.Sr. Jesús Villarreal y Fierro obispo de la ciudad, le acompañaban Mons. Lorenzo Arteaga Malfavón, Mons. Víctor Phillips García y, los sacerdotes de la diócesis, entre otros Enrique López Velarde, Juan López Velarde, Modesto Juárez, Lucio Martínez, Mario Blanco, Arturo Vázquez, Manuel Álvarez Zavala, Antonio Martínez Buendía, Alberto Villanueva, Antonio Villarreal, Armando Vázquez Chávez, Adolfo Castro Méndez, Jesús Torres Ibarra, Guillermo Solano, Ángel Varela, etc..

El lunes santo, los oficios eran los que indicaba la liturgia.

El martes santo era algo muy especial, se realizaba el viacrucis (llamado del encuentro), porque se recordaba en él, el momento en que coincidían en la vía dolorosa la santísima virgen María, San Juan y Jesús, era algo muy emotivo, las imágenes de bulto que a un existen en catedral.

Eran sacadas en andas del presbiterio por los santos varones, una por el lado derecho y otra por el lado izquierdo y, la de Jesús por el centro, en la nave central del templo en donde sucedía el acontecimiento bíblico del encuentro de Jesús con su madre camino al calvario.

Algunas mujeres lloraban, otras guiadas por el coro entonaban los cantos ¡Perdón o Dios mío! y, ¡Oh dulce Jesús Mío!, acompañados por el órgano que magistralmente tocaban en algunas ocasiones la señorita Concepción Sedas Champion en otras Don Mariano Valdivia y López o el Profr. Joaquín Xolo Texna.

El miércoles santo había oficios especiales y se construía el aposentillo (era una casita formada por ramas de arrayán, palmas, palos, láminas y una reja simulando una prisión), esto se hacía en el atrio de catedral.

El jueves santo por la mañana a las 10:00 horas, iniciaba la misa de la consagración de los santos oleos (llamada de los Crismas), a la cual asistían todos los sacerdotes de la diócesis, los cuales llevaban a sus parroquias los aceites para la unción de los enfermos.

Por la tarde se llevaba a cabo la misa de la Santa Cena y el lavatorio de los pies; el señor obispo después de las lecturas de la pasión, lavaba y besaba los pies a cada uno de los santos varones, que representaban a los 12 apóstoles, a la vez que les entregaba un pan bendito (bolillo grande donado por la panadería la fama) y, un sobre lacrado que contenía dinero en efectivo.

Al término de la celebración el señor obispo llevaba al santísimo con el palio y el sahumerio, e iban tocando la matraca hasta el monumento en donde quedaba simbólicamente prisionero el señor.

Simultáneamente los santos varones trasladaban la imagen de Jesús atado a una columna y, la colocaban en el el en donde quedaba prisionero.

El monumento se colocaba en donde ahora está la imagen de la virgen de Guadalupe y, se adornaba con flores hermosas y lienzos finos y delicados, todo en blanco y dorado, con gladiolas, azucenas y parásitas amarillas que le daban un toque hermoso, de esplendor.

Ahí el santísimo era venerado por todas las organizaciones de la iglesia y, pueblo en general.

Asistían, las damas la UFCM, Diocesana y Parroquial, los jóvenes de la A.C.J.M, las señoritas la Congregación Mariana, las señoras y señores de la Adoración Nocturna, los sacerdotes, los acólitos, los integrantes del coro, los cursillistas, las catequistas y, los seminaristas que en esa época todos se reclutaban para participar en los actos religiosos.

All llegar Mons. Ranzahuer como obispo, se cambió el monumento al sagrario y las encargadas de arreglarlo eran las Hnas. del Verbo Encarnado.

A su vez, en el aposentillo era ambientado con sonidos de cadenas, tambores y flautas que simulaban regocijo, se dejaban escuchar algunas carcajadas de los actores del pueblo, tratando de rememorar a los creyentes en forma pagana, lo que Jesús vivió ese día al ser apresado.

En la parte exterior del aposentillo, las mujeres entonaban alabanzas; las personas hacían largas filas santiguándose ante la imagen y dejaban una ofrenda (llamada limosna), que, según la versión popular, dichos dineros que se recogían durante la semana mayor, eran enviados a Jerusalén para el cuidado del Santo Sepulcro.

Por el lado del campanario se colocaba a los santos dormidos, eran tres imágenes de bulto que representaban a los apóstoles que acompañaron a Jesús en el huerto de los olivos, la noche que fue aprendido.

Con la aprehensión del señor, se cerraban los oficios y desde ese momento el ambiente se tornaba solemne, las campanas no volvían a repicar, el altar mayor quedaba sin ornamentos y, todas las imágenes eran cubiertas con tela de color morada en señal de luto.

El viernes santo, día mayor, era de ayuno y de abstinencia de carnes, se comía una sola vez y, las personas se preparaban para asistir a las 15:00 horas al templo, al sermón de las siete palabras, las cuales eran reflexionadas por el Sr. Obispo y los sacerdotes.

El evento religioso era transmitido a control remoto desde catedral, por la X.E.D.Q (Radio Alegría).

Al término de dicho acto, venía el ritual del descendimiento, el Cristo que aún se encuentra en el presbiterio, se colocaba en el calvario improvisado con un templete cubierto con palmas y arrayán, como hasta ahora se acostumbra.

Allí, los santos varones simulaban desclavarlo.

Bajo los acordes de la marimba Arpa de Oro de Don Andrés Rodríguez o la Orquesta Ideal de Don Nato Moreno que interpretaban la Marcha Columbus, el cuerpo de la imagen de Cristo, seguido de las imágenes de la Dolorosa y San Juan, recorrían los pasillos del templo, hasta colocar el cuerpo del señor, muy cerca de la puerta central de catedral en donde toda la gente iba a santiguarse.

Los santos varones les daban además de su cruz de palma y su rama de arrayán a las personas, tres moneditas que persignaban en los tres clavos de la cruz; las cuales eran guardados en sus monederos como relicarios durante todo el año, para que no les faltara el dinero, cada año las renovaban.
Gracias

Por la noche a partir de las 19:00 hrs. continuaba la procesión del silencio con la imagen de la Dolorosa y San Juan, de la Glorieta que se localizaba a un costado del ADO, sobre la Av. Juárez a catedral.

A la 20:00 hrs. era el rosario de pésame a la virgen, la cual vestida de negro y San Juan con túnica morada estaban al pie de la cruz en el calvario recibiendo las condolencias.

Cabe aclarar que el viernes santo todas las señoras asistían al templo de negro, algunas llevaban flores y las señoritas y niñas vestían de blanco, todas iban cubiertas de la cabeza algunas con mantillas, otras con rebozos o su chal.

El sábado se abría la gloria a las doce del día.

Después se cambió esta práctica a las doce de la noche; en esta celebración se encendía el cirio pascual, símbolo de la resurrección de Cristo, se bendecía la pila bautismal y, se renovaban los votos del bautismo.

Al cantar “el gloria” el señor obispo, en la parte que dice ” Gloria a Dios en el cielo”, repicaban las campanas.

Acostumbraban los padres de familia y personas mayores castigar a los niños y grandes con un chilillo, por haberse portado mal durante la semana santa.

Era una corredera por todos los patios de las casas, queriéndose librar del castigo al que se habían hecho acreedores.

Por otra parte, en el parque Lerdo, desde el domingo de ramos ya estaban instalados los puestos con ventas de diversos dulces, frutas cristalizadas, conservas, juguetes de madera, colación etc.

Se instalaba la feria con los caballitos, la rueda de la fortuna, la polaca, la lotería, las sillas voladoras y un sin número de puestos con vendimias de aguas frescas y antojitos.

Las refresquerías y neverías, El Popo, El Emir y los Portales, así como el parque Lerdo, el portal del Palacio Municipal y, la calle Madero que conduce al templo de Santa Rosa de Lima, se llenaban de juegos mecánicos, puestos y personas venidas de todas las rancherías, barrios de la ciudad y, lugares circunvecinos.

¡Era algo muy hermoso…!

Al morir el señor obispo Jesús Villarreal y Fierro, ya encontrándose como obispo auxiliar adjunto Monseñor Arturo Szymanski Ramírez, quien subió a la titularidad del obispado en 1960 hasta 1968.

Año en que, por una mala información recibida de un grupo de damas católicas, determinó se suspendiera las tradiciones del aposentillo y los demás ritos de religiosidad popular que se realizaban en Catedral.

Argumentando situaciones anómalas respecto a la conducta de los señores que participaban en estas actividades religiosas, causando tal situación, un gran malestar en todos los feligreses y la ciudadanía.

El templo, permaneció cerrada por varios días, ocasionando el cambio de dicho prelado a su estado natal Tamaulipas.

Quedando al frente temporalmente el Pbro. Víctor Phillips García, quien se desempeñaba como Vicario de la parroquia del Sagrario y, era muy querido por toda la grey católica.

Muchas personas querían que él quedara como obispo, por su gran calidad y calidez humana, amén de poseer una personalidad humilde y caritativa.

Él agradeció la deferencia y, explicó al pueblo que el nombramiento tenía que llevar un proceso y, que pronto San Andrés tendría su obispo.

El nuevo encargado de la diócesis resultó ser Mons. Guillermo Ranzahuer González.

Quien, entre otras cosas, trató de restablecer la antigua tradición popular religiosa a petición de diversos grupos católicos.

Logrando de alguna manera conservar lo que hasta hoy conocemos de los ritos religiosos populares de la semana santa, lo que nunca volvió a catedral fue el Aposentillo.

Cabe aclarar que, en la parroquia de Santa Rosa de Lima, en donde surgieron estas tradiciones, aún existen gracias a la iniciativa y tesón de Doña Emilia del Prado Peláez, Doña Florisa Torres y, un grupo de damas católicas, quienes con mucho entusiasmo lograron que el templo de Santa Rosa recuperara la categoría de parroquia que había perdido, apoyados en todo momento por el inolvidable Pbro. Ángel Varela.

Y, así el día 6 de diciembre de 1981 es consagrada nuevamente como parroquia el templo de Santa Rosa.

A partir de 1982, con la aprobación de Mons. Guillermo Ranzahuer, se reanudan las tradiciones de la semana mayor, incluyendo el aposentillo.

Conservándose de esta manera, algo de lo que nos heredaron nuestros antepasados, en el aspecto religioso popular.

Esta semana santa 2020, por primera vez en la historia de San Andrés, siendo Obispo de la Diócesis Mons. Fidencio López Plaza.

Por recomendaciones del Sector Salud y, de la Santa Sede encabezada por el Papa Francisco,

Se suspenden todo evento religioso masivo, en virtud de la cuarentena que se está llevando a cabo con motivo de la pandemia a nivel mundial del Coronavirus.

Por mi parte es todo, deseo que tengan una semana santa de reflexión, en unión familiar y, que Dios los bendiga abundantemente.

Prof. Sixto Carvajal

Cronista de San Andrés Tuxtla.