Virgen de La Candelaria… De Campeche a Catemaco

Montepío es un bello paraje playero y selvático en la costa de los Tuxtlas. Paradisiaco lugar a orillas del Golfo y regado por los ríos Col y Máquina.

Dada la situación geográfica de Montepío, aislado entre la selva y el mar, desde el siglo XVIII fue refugio de piratas y bucaneros que asolaron la costa del golfo. Algunas crónicas cuentan que ahí merodeaba el tristemente célebre pirata Lorenzo Jácome, Lorencillo, y –dicen las leyendas- que en algún lugar de la zona ocultó un valioso tesoro, producto de sus fechorías.

También desde la época colonial Montepío fue, con Sontecomapan, importante puerto de cabotaje, donde llegaban embarcaciones de Tlacotalpan, Alvarado, de Veracruz, de Campeche, de Progreso y de puertos caribeños con cargamentos de diversos productos que luego, en tierra firme, eran transportados a su destino en largas recuas de mulas y carretas por veredas y caminos de herradura abiertos en plena selva…

Por su ubicación estratégica, su belleza y sus abundantes recursos naturales, Montepío fue adquirido, por el año de 1840, por un miembro de la acaudalada familia yucateca Peón, para establecer una hacienda agropecuaria. Tal proyecto requería de mucha mano de obra, pero los jornaleros nativos de la zona no acudieron a la contratación porque conocían la lejanía y aislamiento del lugar, la dificultad de transporte y los peligros de la selva circundante…

Ese problema originó que el propietario contratara a peones campesinos de pueblos campechanos. Así un día un vapor desembarcó en las playas de Montepío un contingente de trabajadores acompañados de sus familias que venían a poblar el sitio, con la promesa del patrón de ser remudados en determinado tiempo…

Pese a que el país vivía tiempos conflictivos por la guerra interna, la Hacienda de Montepío progresó. A los pocos años, contaba con extensas salinas, grandes sembradíos de caña de azúcar, criaderos de ganado bovino, caballar y aves de corral. Aprovechando la corriente de los ríos instalaron un ingenio, trapiches y alambiques para procesar azúcar, panela y alcohol.

La hacienda contaba con sembrados de diversos frutos y variedades agrícolas… Su producción era transportada por los vapores “Perlita “y “San Andrés”, que periódicamente recorría la costa…y cuando venía vacíos traían como lastre losetas de marsellesa, que luego cubrían el piso de varias casas de San Andrés.

En torno al casco de la hacienda se fundó un pequeño poblado autosuficiente…La gente trabajaba contenta en el paradisiaco lugar, pendiente de la llegada de vapor que les traía noticias de su tierra…Pese al éxito, el propietario quizá ocupado en negocios más importantes, nunca visitaba la hacienda. Por ello tenía un encargado, de nombre Sebastián Rueda, que se entendía con todo lo concerniente al trabajo y la producción…

Durante cerca de cuatro décadas todo fue bien. Pero en el año 1878 intempestivamente, la hacienda fue intervenida por el gobierno federal. Se dice que por un cuantioso contrabando cuya entrada o salida al país era precisamente Montepío; la verdadera causa no fue aclarada… El señor Rueda, encargado y representante del propietario, abandonó Montepío para atender otras labores…

Los dueños se desentendieron de la Hacienda y de los trabajadores. Así transcurrió casi un año, tiempo en que la hambruna, el desosiego y la incertidumbre minaron la resistencia de los habitantes. Se sintieron indefensos, atrapados entre la selva y el mar, lejos de su tierra nativa… Y ante la imposibilidad de regresar a su tierra, optaron por solicitar ayuda a la población de San Andrés Tuxtla, cabecera del Cantón.

Entonces el jefe político coronel Celso Ortiz respondió ofreciéndoles alojamiento y trabajo… La decisión de trasladarse a San Andrés significaba dejar abandonado todo: la hacienda, casas, sembradíos, instalaciones, hatos de ganado, aves de corral… que con mucho esfuerzo y años habían logrado.

Pero preparando la travesía de la selva, sucedió algo inesperado. Cierto día un campechano de nombre Francisco Canul, trabajador de hacienda que vivía sólo, sin familia, apareció inexplicablemente muerto. Al investigar esta muerte repentina, el representante de la autoridad, don Inés García, encontró entre escasas pertenencias del difunto un baúl de caoba y en su interior una bella imagen, que todos identificaron como la Virgen de la Candelaria, acompaña de su niño. Suceso que para muchos fue milagroso…La imagen, que se distingue por no tener al niño en brazos, sino el infante está separado de ella, quedó a cargo del señor García…

A propósito, la advocación mariana de Candelaria tuvo su origen en las candelas o “Luz de la buena nueva” derivadas del nacimiento de Cristo. Así la Virgen representa “la luz santa que guía el buen camino y la redención y aviva la fe…” La Virgen de la Candelaria es originaria y patrona de las Islas Canarias.

Llegó a nuestro suelo con los primeros padres evangelizadores, quienes también implantaron la costumbre de la rosca de Reyes; y el 2 de febrero, día de las candelas, lo celebraron cambiando los panecillos españoles por los tamales el atole y el chocolate de estas tierras.

Retomado el tema, en abril, por la Semana Santa del año 1879 hombres mujeres y niños iniciaron su marcha a través de la montaña tuxtleca con rumbo a San Andrés Tuxtla, a la descubierta llevaban en andas a la Virgen de La Candelaria… Ya en San Andrés eran esperados. El jefe político, coronel Ortiz, cumplió su palabra y les dio acomodó en terrenos al norte del poblado, hoy barrio de Campeche, y dispuso parcelas por el rumbo de El Cebollal, para que los recién llegados cultivaran hortalizas, legumbres y flores…

Pronto los colonos se adaptaron a la vida sanandrescana. El barrio de Campeche creció Y la Virgen de Candelaria, a cargo de don Inés García, fue alojada en una sencilla capilla…La llegada de este contingente a San Andrés coincidió con el incremento del cultivo de tabaco. En los campos aledaños laboraban muchos peones de procedencia cubana o peninsular, que tenían una especial devoción por su virgen, la Virgen de la Candelaria.

Un día el mayordomo de la Virgen, don Inés García sufrió un accidente del que no se recuperó, entonces cedió la mayordomía de la imagen a la familia Casanova Matus, muy apreciada y respetada por la comunidad campechana y sanandrescana, integrada por don Julio Casanova, su esposa doña Juliana Matus y sus tres hijos Emeterio, Severiano y Mercedes Casanova Matus…

Alrededor de 1901 la familia Casanova Matus, decidió emigrar a Catemaco llevando consigo a la imagen. Con el apoyo de su amigo el alcalde don Francisco Mortera Sinta se establecieron en un terreno al norte del poblado, extensión que fue aumentando, cuando la familia adquirió parcelas vecinas para labores agrícolas y ganaderas…Pronto los Casanova Matus ganaron el aprecio de la población por su don de gente, su solidaridad y su dedicación al trabajo que les recompensó con regular fortuna.

Así, los campechanos se volvieron catemaqueños. Pasado el tiempo, al morir los pilares, don Julio y doña Juliana, quedó al frente de la familia y de los negocios su hija Mercedes Casanova Matus, dama muy conocida y apreciada por la comunidad, dedicada al trabajo, a sus negocios y además distinguida por su generosidad…Doña Mercedes,- conocida cariñosamente como “la Campechana”- con amorosa entrega, asumió la mayordomía de la Virgen de la Candelaria que llegó con ellos para nunca separarse de la familia Casanova…

Y, qué fue de la Hacienda de Montepío? En 1890 estaba abandonada y sus instalaciones destruidas. La selva había invadido los extensos terrenos antes cultivados. Fue vendida por el gobierno porfirista al magnate norteamericano William F. Clark, llamado “el Rey del cobre”, quien pretendió cultivar plantaciones de hule. Pero el intento fracasó y sus representantes abandonaron el lugar en 1906…Y Montepío volvió a ser propiedad federal…

En las décadas 30 del siglo XX bajo el gobierno del presidente Lázaro Cárdena, cuando se iniciaron los repartos agrarios, esas tierras fueron destinadas para una colonia militar…Aún están en pie muros y el piso de marsellesa del casco que fue la casa principal… Mudos testigos del pasado esplendoroso de una gran hacienda y un pequeño asentamiento entre la selva y el mar. Actualmente, un anárquico poblado rodea esas ruinas

Casi desde su llegada a Catemaco la familia Casanova realizó festividades el dos de febrero, en honor a la Virgen de las candelas. Primero sería sencillas y apegadas a los ritos religiosos. Doña Mercedes convocaba a gente del barrio y a muchas amistades que se reunía en torno al velorio de la imagen con rezos y alabados…

Con los años, dado el entusiasmo y generosidad de la señora Casanova Matus, la festividad trascendió el barrio, se volvió fiesta de todo el pueblo… En ocasiones, llegó a superar –contaban antiguos testigos- las fiestas patronales de la Virgen del Carmen, con el tradicional velorio, procesiones por el barrio, misa solemne y el indispensable fandango, café con piquete, pan, tamales y golosinas…

La festividad, alentada por la familia Casanova, en ocasiones, apoyada por la Junta de Mejores, llegó a alcanzar fama regional, con altas y bajas al paso del tiempo…La procesión del día dos de febrero recorría las principales calles del pueblo; la virgen llevada en andas, era seguida por un contingente que entonaba cantos alusivos a la fecha. La banda de música, la alegría de las mojigangas y tronar de cohetes cerraban el paseo… Y por la noche, en parque Francisco I Madero se efectuaba un baile popular.

Recordamos que allá por los años 50 los primeros días de febrero, precisamente cuando se retornaba a la escuela luego de largas vacaciones, había puestos de arribeños con dulces y novedades, instalados en el parque con motivo de feria de Candelaria.

Doña Mercedes Casanova Matus, tronco común de una extensa y apreciada familia, ya catemaqueña, murió en la década de los años 30. Su deceso fue lamentado por la comunidad, por su trato amable, su dedicación al trabajo y su generosidad…

La Virgen de la Calendaría, tema de esta crónica, quedó bajo la protección de sus muchos descendientes que al correr de los años se han ido turnado en cuidado de la imagen y en la organización de las festividades. Actualmente la venerada imagen está bajo custodia de la mayordoma, señora Blanca Alonso Oliveras.

Los “campechanos” –como cariñosamente eran llamados- y la Virgen de la Candelaria, dieron nombre y fama al barrio y a una calle,” barrio y calle Campeche” no muy lejos del centro de Catemaco, formando un cuadrante en la confluencia con la calle María Boettiger, más conocida como “calle del reloj”.

Barrio de Campeche… Tradicional y centenario. Que en los primeros días de febrero se viste de fiesta en honor a su reina, la Virgen de la Candelaria, campechana de origen, pero ya catemaqueña por adopción devoción y tradición…

©shg

(Para la Lic. Ana Judith Casanova Oliveras… y la familia Casanova)