• El fin del mundo

“El mundo no se acaba, nos acabamos nosotros”, decía mi abuelo Pedro. Sin embargo, de vez en cuando se esparcen rumores sobre el próximo fin del pecaminoso planeta. Y en efecto, una constante amenaza se cierne sobre el mundo: asteroides, explosiones atómicas, cambios climáticos, pandemias e impredecibles catástrofes…

El fin de planeta Tierra ha sido tema contante a través de los siglos. Argumento intimidatorio de religiones y sectas; discusión de filósofos y científicos; anuncio de profetas, mesías, iluminados, predicadores, videntes, seudo brujos y larga sarta de charlatanes….

Personajes como Nostradamos, Malaquias, Savonarola, Saint German hasta el mexicano Benavides han cobrado fama con sus profecías –dicen que algunas, cumplidas.

Con cierta frecuencia entre nuestros pueblos corren rumores sobre inminentes sismos, lluvias de lumbres, erupción del volcán San Martín, choques estelares, invasiones extraterrestres…La ficción no tiene fronteras. Recordemos la conmoción que vivió Europa en el año 999 cuando, al inicio del segundo milenio, una mortal epidemia de peste devastó el Viejo Continente, era “anuncio del fin del mundo”, según presagio de unos monjes.

En nuestra agenda personal, vive el recuerdo de aquel “profeta”, que en años de la década 50, por los meses de febrero o marzo se aparecía en Catemaco, interrumpiendo la paz y los juegos infantiles con el terrible anuncio del fin del mundo…

José Joaquín Jiménez Leal era su nombre. De corta estatura, tez morena, largas y canosas cabellera y barbas. Camisa que alguna vez fue blanca y un sucio y raído saco azul enfundaban su rechoncha figura; negra y lustrosa corbata completaba el atuendo…

En sitios concurridos, con voz estentórea iniciaba su alocución de anatemas y versículos bíblicos, subrayados por dramáticos gestos de cuerpo y rostro…. Cargaba un morral de ixtle con hojas impresas que ilustraban sobre el inminente juicio final como castigo -decía- por los pecados carnales (los chamacos lo escuchábamos con gran temor…y pensábamos que el calificativo “carnal” algo tenía que ver con las carnicerías).

Muchos niños temerosos, corríamos a nuestras casas a esperar que pasara ese “agorero del mal” que cada año venía a asustarnos y a inquietarnos con terroríficos anuncios…Y éramos tan crédulos que por muchos meses una nube tornasolada, un gran arco iris, un brillante halo en la luna o en el sol, una fuerte tempestad o cualquier otro fenómenos raro, pero natural, nos sacaba quicio, imaginando que se haría realidad el anuncio del “profeta.

Un año faltó y no volvió más. Además crecimos y despejamos temores…Pero, grabados quedaron en el recuerdo de aquellos días infantiles su nombre y su perorata. Quizás la reminiscencia de aquel tiempo de “curiosidad y miedo”, nos hizo guardar recortes relacionadas con anuncios apocalípticos. Así, hurgando papeles del archivo, encontramos notas sobre un suceso extraordinario y chusco que ocurrió en el año de 1931, en la Villa de Catemaco.

Por el mes julio, en semanas posteriores a la fiesta del Carmen, corrió por nuestro pueblo – e imagino que en la región- el rumor de que la Tierra “iba a chocar con un grandísimo aerolito”. La versión se extendió “como reguero de pólvora”. Era el corrillo de muchos días en los puestos del mercado, en el molino y entre las lavanderas de la playa…

Muchos niños dejaron de asistir a la escuela, algunos pescadores se abstuvieron de salir a pescar, y alguna gente prefirió guardarse en su casa y sólo acudir a misa, porque “qué tal si en la calle, o a media laguna los sorprendía el fin del mundo” y “siquiera que los agarrara confesados”.

Por más que el sacerdote desde el púlpito repetía que el juicio final ocurriría en fecha desconocida y sin anuncio, la gente creía lo contrario. Y se juntaban a escuchar las noticias de la radio, que el farmacéutico, don Panchito, difundía todas las tardes a las ocho, a través de un altoparlante; noticias que ni remotamente hacían referencia al inminente fin… que, por cierto, hasta tenía fecha. Sería el 28 de julio a las 4.30 de la madrugada…

La noche víspera del presagio fatal, muchas familias se encerraron temprano en sus casas. El templo catemaqueño se colmó de fieles que entre cantos y rezos, llantos y lamentos, imploraban a la Virgen que no se acabara el mundo…Y era tanta la gente que temía recibir el fin del mundo en ayunas, que el presidente en turno, don Antonio Armengual Moreno,, de su peculio pagó canastas de pan, tamales y ollas de humeante café que fueron repartidos en el atrio de la parroquia.

Y por ahí no faltaría algún grupo de hombres bien provistos con sus anforitas de fuerte alcohol o aguardiente de caña, preparados con la “fuerza que da el fajo” para recibir con entereza el suceso final.

A partir de las primeras horas nocturnas, creció la expectación demostrada en casas cerradas, calles desiertas, el templo colmado de fieles concentrados en rezos, cantos y lamentaciones. La expectación crecía. Dieron las cuatro… las cuatro y cuarto… y nada ocurría…

Y a la hora fatídica, las cuatro y treinta, a lo lejos, el primer canto del gallo hizo cundir la alarma, “Son las trompetas, es el anuncio…”, dijo alguien…Pero a ese primer gallo le siguieron otros y otros… Entonces, la multitud asustada cayó en cuenta que no se trataba de las trompetas del juicio final, sino el sonoro y mañanero quiquiriquí de muchos gallos… En esos pormenores, el despuntar de la aurora fue disipando los miedos, el reloj público sonó las cinco de la mañana y la campana santa Marta tocó el primer llamado a misa….

Y por supuesto el mundo no se acabó. Sí se dio fin al pan, los tamales, el café y las anforitas de aguardiente. A los desvelados y crudos les amaneció el mismo sol y el mismo mundo con sus mismas alegrías y sus penas. Y como final de fiesta, en acción de gracias, organizaron para la tarde de ese día un velorio que culminó con un concurrido baile.

Así que hace más de 80 años no ocurrió el fin del mundo. Pero en ocasiones surgen rumores o afloran los mitos y leyendas que se mantienen guardados en la imaginaria popular… Salen a relucir versículos bíblicos, se espera el sonido de las trompetas del juicio final, el sol o la luna teñidos en sangre, días de tinieblas y muertos saliendo de sus tumbas… Y su repetición atrapa a crédulos y fomenta el temor que se esparce por todos los contornos…Hasta que se desvanecen con el tiempo…

Pero sí es realidad que la cotidiana agresión a nuestro hábitat, está propiciando la destrucción del planeta… La acción depredadora humana unida a otros muchos factores acelera el fin de la vida sobre la Tierra…

Para qué esperar asteroides, tinieblas, lluvias de fuego, etc., si con nuestra propia ciencia y técnica, el odio y la intolerancia, las guerras, las armas nucleares y químicas, la contaminación, las epidemias y el ecocidio y la violencia cotidianos, nos estamos acercando al fin de la especie humana…No queremos darnos cuenta de que, al fin, el presente y el futuro del planeta y de la vida toda, está en nuestras manos.

“El mundo no se acaba, nos acabamos nosotros”, decía mi abuelo.

©shg (Grabado de JG Posada)