• Cuando buscaban al “cuatro vientos”… 

Un día de junio de l933, la radio de la BBC de Londres difunde al mundo la noticia: ” El avión “Cuatro Vientos” de los aviadores españoles Mariano Barberán y Joaquín Collar, que cumplía la última etapa del vuelo trasatlántico Sevilla-La Habana- ciudad de México, cayó en la intrincada selva veracruzana de Los Tuxtlas, en una remota región del sureste mexicano”.

Por esos años, luego del exitoso vuelo trasatlántico realizado por Charles Lindbergh, el mundo veía con interés cualquier proeza aérea que contribuyera a ensanchar el horizonte de la aviación. Por ello la atención se centraba en los jóvenes pilotos españoles, dispuestos a enlazar a Europa y América en tiempo récord.

El l0 de junio de 1933 despega de Sevilla el avión que ostenta el nombre de “Cuatro Vientos”. Sus tripulantes ponen proa hacia América. Y Luego de 39 horas de silenciosa travesía de 8,095 kilómetros, cumplen la escala programada en Camagüey y La Habana. Ahí, la alegría cubana se desborda en homenaje a los viajeros hispanos que se preparan a culminar su ruta en el aeropuerto de Balbuena, en Ciudad de México…El 20 de junio la nave parte de Cuba y sobrevuela el Golfo de México…

Todo parecía tranquilo… Al adentrarse al espacio aéreo mexicano, los aeropuertos costeros rastrean por radio la ruta de la aeronave. Ya sobrevolando el territorio del estado de Tabasco, el “Cuatro Vientos” hace el último contacto radiotelegráfico con el campo aéreo de Las Bajadas, en Veracruz… Después, silencio total…

Quienes siguen el vuelo lo dan oficialmente por desaparecido y presumen que el avión se precipitó sobre la intrincada sierra de Santa Marta, cerca de Catemaco, en la incomunicada región de Los Tuxtlas…

El diario El Dictamen de Veracruz en su edición del 21 de junio  informa: “El Cuatro Vientos cayó en la sierra de Santa Marta; cerca de Catemaco”. Por sus características, el vuelo ha despertado la atención mundial. Tan pronto se hace oficial la desaparición, el presidente de la República, general Abelardo L. Rodríguez, ordena la búsqueda de la aeronave.

La atención mundial   está pendiente del destino de los aviadores. Así, Catemaco, San Andrés y Los Tuxtlas son mencionados en la prensa y la radio de la época, en torno a la fallida hazaña aeronáutica.

Catemaco se convierte en el centro de las operaciones de búsqueda. En este pintoresco y tranquilo pueblo de pescadores y campesinos el revuelo es grande.

Los lugareños se reúnen tarde a tarde frente a la botica “Del Carmen”, donde su propietario Francisco -Panchito-Rodríguez, sintoniza las noticias por onda corta y las difunda por alto parlantes.

No es fácil llegar a Los Tuxtlas. El punto de partida más próximo es la ciudad de Veracruz, donde se aborda el ferrocarril del Istmo hasta la estación El Burro -hoy Juan Rodríguez Clara- . Ahí se transborda al tren ramal con destino a San Andrés Tuxtla…y después, al cabo de once kilómetros a pie o a caballo se llega, por fin, a Catemaco, pueblo lacustre, de bellos paisajes. Y muy cerca…la impenetrable selva…

La quietud de la Villa se altera con el arribo de expedicionarios y aventureros que planean la excursión de acuerdo con lugareños conocedores de la montaña. Las escasas posadas se llenan; las tiendas agotan su existencia de víveres, pilas, machetes, sombreros y capas de hule. El telégrafo es “ocupado” para tener vía expedita a cualquier información.

Curiosamente, a la expedición se agrega, llegada quién sabe de dónde, una voluminosa dama de más de cien kilos de peso, que se dice vidente con su inseparable bola de cristal, quien asegura “resolverá el enigma del avión perdido”. La corpulenta adivina es encargada a un grupo de fornidos hombres que la transportarán en andas o a lomo de mula por los vericuetos de la montaña, hacia donde le indique su cristalina esfera…Tarea tan pesada como inútil.

Una mañana brumosa, desafiando los primeros aguaceros de la temporada, el contingente expedicionario emprende camino a la montaña, guiado por conocedores locales…Hombres y bestias cargados de pertrechos, se disponen a desafiar la selva para descubrir el secreto de los aviadores desaparecidos. Forman una extensa fila en la que destaca la corpulenta dama vidente, transportada en andas por fornidos peones.

La caravana se interna en parajes donde la exuberante vegetación tropical niega la luz del sol. Los machetes abren veredas en la selva virgen. Los andantes se asombran, aturden o se atemorizan con el retozo de los monos arañas, la ferocidad del tigrillo, el parloteo de las aves canoras, con el grito del mono aullador… con la carrera fugaz de los venados o la trepidante estampida de jabalíes y tapires, la ferocidad de tigrillos y jaguares y el peligro reptante de las víboras

Mientras, en la villa la gente espera en la placidez pueblerina. Se tejen y destejen versiones: que “los aviadores transportaban documentos de los Republicanos”…Que “traían un valioso tesoro”. Que “andaba en misión especial”… Que “el avión fue avistado por Tabasco y los pilotos están sanos y salvos”…

Tarde a tarde, muchos interesados acuden a escuchar los boletines de radio enviados desde la selva y recibidos por el farmacéutico y radioaficionado Panchito. Las noticias son negativas.

Transcurrido un mes sin resultados positivos, un parte oficial de fecha 30 de agosto informa que el Cuatro Vientos no cayó en la sierra de Los Tuxtlas. La radio de Panchito difunde la noticia. Los expedicionarios abandonan la selva y regresan a sus lugares de origen. La voluminosa vidente desaparece con su bola de cristal, sin dejar rastro. La Villa de Catemaco recobra su quietud habitual; aunque no falta quien aún asegure que la nave yace en el corazón de la montaña.

Durante el tiempo de búsqueda mueren dos expedicionarios mordidos por víboras y muchos enferman de fiebres tropicales e insolación.

Mientras tanto, en Ciudad de México, el embajador de España, don Julio Álvarez del Bayo, encabeza una marcha de agradecimiento al gobierno por el empeño en la búsqueda. Y días después, llega el coronel Ramón Franco, hermano del general Francisco Franco, para colocar la primera piedra del monumento a los aviadores españoles, en la colonia Peralvillo… ¿Y qué fue del Cuatro Vientos…?

En mayo de l964, el diario Excélsior publicó un extenso reportaje de Fernando Aranzábal, en el que da a conocer que la aeronave española se desplomó sobre la sierra mazateca, en los límites de Oaxaca y Puebla.

Apoyado en investigaciones y testimonios, el reportero de Excélsior reconstruye los hechos: Tras perder contacto con el aeródromo de Veracruz, el “Cuatro Vientos” -tal vez con grave desperfecto mecánico- se precipita a tierra. Los aviadores son rescatados aún con vida por pobladores de la cercanía. Luego de ser despojados de sus objetos de valor son asesinados a sangres frías e inhumados en un paraje desconocido…

Así se cerró el capítulo tuxtleco del avión “Cuatro Vientos” y los aviadores españoles Mariano Barberán y Joaquín Collar, héroes de la aviación transcontinental. Episodio que llevó los nombres de estos ignotos lugares de la región de los Tuxtlas a las noticias de la prensa y la radio…allá en los lejanos años 30 de siglo pasado…

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