• De calas y caladoras…

En las primeras décadas del siglo XIX, a Catemaco llegó gente procedente de Medellín, Alvarado y Tlacotalpan. Llegaron en busca de fortuna y nuevos horizontes. Aprovechando los conocimientos adquiridos en sus lugares de origen, se dedicaron a la pesca en las quietas aguas del lago catemaqueño, en la laguna de Sontecomapan y en las costas del Golfo, en mar abierto.

Entre estos emigrantes se cuentan don Ildefonso Tiburcio y su esposa doña Guadalupe Bernal Cortés, “Nana Lupe”. Cinco hijas procreó el matrimonio: Ildefonsa, Tomasa, Escolástica, Juana y Leopoldina.

Las hermanas Tiburcio Bernal, jóvenes mujeres, luego cabezas de familias nuestras, se integraron desde sus primeros años a la actividad paterna: la pesca con chinchorro y la “cala” de hondura, método de pesca con grandes redes de arrastre. Conocedoras de los pormenores de su oficio se significaron por realizar tareas que parecían sólo propias de los hombres…

Construían, reparaban y calafateaban las piraguas. Tejían, remendaban, extendían o recogían las redes. Remaban, echaban lances, buceaban; recolectaban, seleccionaban y distribuían el producto de las extenuantes jornadas. También transportaban los pesados cajones, canastos y demás arreos…

Primero desempeñaron sus actividades en el lago, luego lo harían en la laguna de Sontecomapan y en mar abierto… De día o de noche, bajo sol o lluvia, contra viento y marea, esas “caladoras”, mujeres de temple y de trabajo, dignificaron el noble arte de la pesca. Y fueron precursoras de la igualdad laboral de género.

Tiempos remotos eran… Muchos, muchos años habrían de transcurrir para que tanto se hablara del feminismo.

La “cala”, introducida por gente llegada de la ribera del Papaloapan, era un modalidad de pesca de hondura que permitía capturar gran cantidad de peces .Se empleaban extensas redes de hilo de algodón, de tres o cuatro metros de anchura, con un cerco de plomos en uno de sus lados, para que se hundiera o “calara” hasta el fondo del lago…

Con intervención de varias  piraguas –grandes canoas de una sola pieza, labradas a hachuela o a fuego-  y muchos hombres, los “caladores”, la red se iba echando al agua y se arrastraba –por eso eran llamadas “redes de arrastre”- formando un gran círculo, precisamente en  sitio localizados por la riqueza de cardúmenes…

Cuando ese  círculo se cerraba, otras piraguas se encargaban de recoger – cobrar-  la red  y recolectar la gran variedad de peces atrapados, que iban colmando los grandes cajones de madera destinado para ello…Luego de esas maniobras que  requerían, pericia y fuerza, las piraguas regresaban  a la orilla del poblado donde, ávidos, los compradores esperaban …

Y en la playa, estaban listas las recuas de mulas que cargadas con cajones llenos de pescado salían muy temprano de la madrugada, en caravana, hacia la vecina ciudad de San Andrés Tuxtla, en cuyo mercado ya esperaban los comerciantes de pescados y mariscos, así como los clientes aficionados al caldo de topote o a la mojarra catemaqueña en sus diversos y deliciosos guisos.

Cada “cala” tenía un jefe o “patrón”, quien representaba al dueño y organizaba la jornada, que empezaba a altas horas de la noche hasta el amanecer…El “patrón” ordenaba la salida de las piraguas, repartía las labores y fijaba el sitio de la cala…

Los caladores tenían asegurado su salario y pescado para el consumo familiar…Era hombres acostumbrados al trabajo pesado. Lloviera o tronara. Y buceadores natos que no titubeaban en echarse al agua para destrabar la red. Se caracterizaban por su indumentaria: chompa, pantalones recortados y sombrero enchapopotado resistente a los embates de los temporales. Entre su “bastimento” no faltaban la anforita de rasposo “fuerte” y los cigarros “alitas”.

Las labores no terminaban con la venta del producto…Ya de día, aprovechando el sol había que tender y secar las redes y remendarlas, si fuera necesario; calafatear las piraguas con chapopote, “chapo” le llamaba.  Estas labores se cumplían en la playa a   la brisa del lago… y con frecuencia, al compás de la jarana y rociadas con bravos toritos y curados.

A partir del siglo XIX, cuando gente llegada de Tlacotalpan y Alvarado introdujo la pesca de arrastre en el lago catamarqueño, surgieron, en diversas épocas, diversas “calas”…Mi abuelo materno fue propietario de una de las mayores calas.

Por mucho tiempo fue una de las actividades características del pueblo en la que, destacaron, en una época, las hermanas Tiburcio Bernal, antepasados nuestros… Como comentamos al comienzo de este texto, protagonistas, por varios años de esa típica estampa repetida cada madrugada en el lago…

Por los años 70, la dependencia federal del ramo prohibió la pesca de arrastre por el perjuicio que causaba a actividad piscícola, al arrasar con especies tanto adultas como crías…

Las calas y los caladores desparecieron, con las grandes piraguas y las extensas redes…Son sólo desvaídos recuerdos y testimonio color sepia en antiguas fotografías…

©shg.