• Extraños personajes…

Cuando las escasas vías de comunicación mantenían casi aislados a nuestros pueblos, la presencia de ciertos personajes era un acontecimiento importante para la comunidad.

Llegaba por el tren ramal de San Andrés Tuxtla, a lomo de bestia o a pie…Nadie sabía de dónde venían, ni cuál era el destino de esos forasteros, algunos raros y pintorescos que por unos días acaparaban la atención de los pobladores. Como aves de paso, aparecían y desaparecían. Y mucho tiempo perduraba el recuerdo de su fugaz estancia.

Siempre eran esperados con la alegría los cirqueros. Llegaban con sus remandadas carpas y su sencillo espectáculo de trapecistas, malabaristas y pantomima. Un mono, un caballito pony y algunos perros integraban su elemental zoológico. Ocasionalmente, otros saltimbanquis con fachas de mimos, hacian actuar a sus perritos amaestrados, en esquinas y plazuelas.

En los meses veraniegos hacía su arribo algún clan de gitanos o “húngaros” –como popularmente eran llamados- con destartalados carromatos y sucias colchonetas. Las mujeres de acinturados cuerpos ofrecían leer la suerte en la palma de la mano…Traían a la venta grandes cazos de cobre y, por supuesto, el cine al aire libre…

Y por las noches en la percudida y agujereada pantalla proyectaban las desvaídas escenas de “El correo del Zar”, “El mártir del Gólgota”, o los divertidos cortos de Chaplin, entre interrupciones de su planta eléctrica y cortes de la gastada cinta…

Entre las gitanos destacaba el “el Hombre del oso”, de largas patillas y bigotes, estentórea voz y altas polainas.  Armado de un pandero y una puya hacia representar al viejo y maltratado animal “el borrachito”, “el soldado” o “el muerto”. Ese espectáculo permitió a muchos ver por primera vez a un plantígrado de verdad.

A principios de año llegaba un extraño personaje de largas y blancas cabellera y barbas, en el moreno rostro plagado de lunares. Se autonombraba “Profeta”…Su prédica hacía alusión a la humanidad pecadora, al necesario arrepentimiento y al inminente…¡ fin del mundo ¡…

Grabada en el recuerdo quedo una frase de su perorata: “…Dios vendrá a castigar el comercio de la carne, que ha llegado a extremos inicuos…” Algunos inocentes pensábamos que ese “comercio carnal”, era en referencia  al comercio de las carnicerías…A muchos  chamacos aterró la presencia de ese profeta, vocero del Apocalipsis, que recorría la plaza y las calles recitando frases bíblicas y ofreciendo por 20 centavos su predicciones impresas en papel de china de colores……

A saber de dónde venía y que religión predicaba. La memoria registra su figura rechoncha, enfundada en un sucio y arrugado traje negro; y su nombre: José Joaquín Jiménez Leal.

Con frecuencia las escuelas recibían a saltimbanquis que presentaban su función a la hora del recreo…Por unos centavos se podía disfrutar de “portentosos” actos de magia, faquirismo o pantomima…Las marionetas o títeres de hilo, siempre eran esperados. “Tres tandas por un boleto” gritaba el titiritero, descendiente de los Rosete Aranda, que era a la vez, director, escenógrafo, empresario y boletero…

Dentro de la caluroso y mal oliente carpa, la ilusión pendía de los hilos…Y grandes y chicos disfrutaban de las “Apariciones de la virgen de Guadalupe”, “Caperucita roja” o “Las aventuras de Juan Panadero”, actuados por marionetas.

El día menos pensado aparecía el “anunciador”, vestido con fachas de arlequín y armado de gran bocina de hojalata…Frente a los comercias, voceaba el nombre y los productos que ofrecía…La paga a era a discreción o previa tarifa, si le solicitaba un comercial con especial argumento.

No faltaban en las ferias las sacamuelas y merolicos con sus maravillosas ungüentos y panaceas y el consabido estribillo de “…atrasito de la raya que vamos a comenzar…Pero antes, por favor, señorita acérquese…” Y la elegida se retiraba ruborizada por la pena…Y ahí estaban los espectáculos de ilusión óptica como  la  mujer convertida en  tortuga por “desobedecer a sus padres”..

A veces una vez engolada rompía el silencio pueblerino: “Este es una propaganda por encargo y cortesía de los laboratorios Ibáñez, de Puebla de los Ángeles, fabricantes de la crema del Pájaro Azul…” decía el merolico publicista…Recorría diversos rumbos ofreciendo remedios para todos los males, lo mismo que  herramientas, cursos de cocina o costura y hasta la milagrosa Cruz Biomagnética, contra brujerías y encantos…En cada compra obsequiaba un cancionero o una estampa religiosa…Era veredera bonetería o miscelánea  sobre ruedas.

Cualquier día se presentaba en los domicilios, un catrín ofreciendo el retrato de los pequeños tiranos del hogar “a todo color, retocado y amplificado”… O pasaba el vendedor de silbatos, seguido de una fila de muchachos incautos que creían que al adquirir el pequeño instrumento, adquirían también la virtud musical.

De muy lejos precedían los ropavejeros, émulos del viajero Marco Polo, con su carga de trastos, loza, cristal o porcelana, que canjeaban por artículos usados…Y si de telas o ropa se trataba, había que esperar al Turco que dejaba las prendas con un pequeño enganche y cómodos abonos…Y que podría necesitar el ama de casa, que no lo trajera el varillero en su surtido cajón…

Era otro época, Otra manera de vivir, sencilla y plácida, Cuando el aislamiento propiciaba el asombro ante lo extraño o novedoso que ofrecía esos viandantes, comerciantes, cómicos de la legua, alucinados o charlatanes…

Personajes pintorescos que por necesidad o por vocación trashumante cargaban sus baratijas, promesas, ilusiones, profecías y engaños…Y se adentraban en los desconocidos caminos de los pueblos tuxtlecos  para vender, predicar, engañar, divertir, o simplemente, para sobrevivir y andar el mundo…

Era gente especial. Nadie sabía dónde comenzaba y terminaba su aventura…Siempre eran bienvenidos, porque llegaban a romper la monotonía de nuestros pueblos…y dejaban el recuerdo de su paso. ©shg.