• La obra prodigiosa

Fue el séptimo día. Dios descansaba, cuando descubrió en su recién creada obra un breve espacio ocupado por la nada.

¡No podía ser! Era preciso llenar ese vacío que resaltaba en un punto del redondo mundo.

Entonces, el Supremo Hacedor, artista consumado, dispuso sus pinceles de luz y una rica gama de colores… ocres, sienas, tierras, verdes, azules, carmines, amarillos…

Pinceladas firmes, tenues toques, deslavados, esfumados, fueron desparramando trazos y matices sobre el etéreo lienzo de la nada. Y al soplo Creador adquirió dimensión y forma la prodigiosa acuarela…

Tornasolados celajes, esmeraldinas serranías, floridas campiñas y valles. Plata en el espejo del lago, ríos y cascadas. Lapislázuli en mares que bañan playas infinitas… Y una rica profusión de flora y fauna poblando la tierra y agua…

Ahí estaba la espléndida obra, esperando el engarce dorado de los días y la nocturna plata de luna y de estrellas. El Hacedor dispuso que el Tiempo, con su transcurrir natural, se encargara de completarla.

Tal vez, entonces quedó decidido en el arcano que un volcán violentaría el paisaje, y haría surgir tres islas de esmeralda sobre el lago.

Por Voluntad Suprema, el terco flujo y reflujo lacustre fue modelando el espacio donde se asentaría un risueño poblado. Y entre siluetas de piraguas y tejido de redes quedó trazado el destino pescador de sus habitantes…

Y por ahí, la mano Creadora habría seleccionado, en un bello paraje, la gruta que acogería a una dulce y milagrosa Virgen…

Caía ya el sol de la séptima jornada. Satisfecho de su obra prodigiosa, Dios se arrebujó en las nubes. Y, cual travieso niño, esperó el sueño haciendo girar y girar su redondo y recién creado mundo.
(shg)