El Viejo…

Es una tradición que llegó a Catemaco en el siglo XIX, seguramente traída por emigrantes de la ribera del Papaloapan.

Y en Catemaco, adquirió especiales características.

En los postreros días del año, jóvenes entusiastas se reunían para dar vida a la comparsa del “año viejo”. Ensayaban la comedia, hacían las máscaras y preparaban el vestuario que definía a los personajes: la viuda, la hija, la amante, el doctor, el curandero, el cura, el diablo y la muerte.

Por supuesto todo giraba alrededor del “Viejo”, un muñeco formado con ropa de desecho, relleno de paja o crespos de madera y con una máscara de cartón hecha ex profeso. Barbas, anteojos y un cigarrillo o un puro completaban la caracterización.

En el desarrollo del drama, la viuda y la hija lloraban la muerte de su amado viejito y armaban bronca contra la amante que, a su vez, se lamentaba por perder al Viejo de sus amores. El doctor hacía todo lo posible por salvarlo, también el curandero hacía lo propio. Mientras, la muerte y el diablo se disputaban el cuerpo y el alma del inminente difunto; y el cura luchaba con rezos y agua bendita para librarlo de esos seres nefastos… Todo se desarrollaba en base a un guion con diálogos de chispeante humor.

Desde la primera década del siglo pasado algunos catemaqueños creativos mantuvieron viva esa alegre tradición. Así se citan las mojigangas y los Viejos de don Crispín Absalón, de don Victoriano Rojas, Carlos Domínguez, Guillermo Morena o Bernardo Ortiz…

Los días 30 y 31 de diciembre, varias comparsas salían de diversos rumbos del pueblo y recorrían las calles entre llantos y lamentos. En lugares concurridos como la plaza, comercios y bares hacían estación para interpretar su farsa, a cambio de unos centavos o de tragos de aguardiente.

Ya en las últimas horas del año, al Viejo se le rellenaba con suficientes cohetes; y quedaba preparado para la solemne quema que, generalmente, se efectuaba en el parque de la población.

Entre el júbilo popular iban llegando las comparsas de viejos. Y al sonar en la torre del reloj las 12 campanadas, se les prendía fuego a esos símbolos del “año viejo”. Así poco a poco se consumían, entre el estruendo de cohetones y la algarabía de los asistentes. A la quema seguía un gran bailongo.

Ese sainete chusco en el que afloraba el humor popular, quedó olvidado. Desaparecieron las comparsas del “año viejo”. Las suplen variadas mojigangas. En Catemaco, las comparsas de fin de año organizadas por gente entusiasta, como Meme, el Bala, el Halcón y el Muñeco.

Sin embargo, en los últimos días decembrinos aún puede verse, en algunos hogares catemaqueños, algún Viejo, relleno de papel o rizos de madera que, con humeante puro y botella de chínguere en mano, reposa esperando su final destino.

Seguramente, tras la algarabía de la quema del “año viejo” está el deseo de los participantes de echar al fuego todo el pesimismo del tiempo transcurrido… Y el tronar de cohetones simboliza el saludo de bienvenida al tiempo nuevo y prometedor que se inicia cada 1 de enero.

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