Mié. Jun 10th, 2026

Tengo la trama de mi padre

entre mis manos,

que tiemblan.

El martes 2 de junio del año que transcurre murió mi padre, el profesor Leonel Torres Fuentes a los 93 años. Tenía problemas respiratorios que resentía desde tres días antes con la paciencia y disciplina que tenía hacia todas las cosas. A las seis de la tarde de ese día le sobrevino un paro cardiaco y delante de mi hermana María Elena, de mamá Consuelo -su esposa- y Miguel, su ayudante y amigo, su vida se apagó.

La familia toda y muchos de nuestros amigos sabemos que su deceso está en el orden de las cosas, pero ello no impide que nos invada la tristeza que nos trajo su pérdida. Quienes lo conocieron saben que era una presencia amable, serena,  respetuosa de niños y adultos, y fue por tanto un buen ciudadano, esposo y padre hasta su muerte, 

Tuvo siete hijos, cinco de los cuales nacieron en las comunidades donde trabajaba. Martha Aurora nació en Sontecomapan, José Leonel en Benito Juárez, María Elena y Susana en El Salto de Eyipantla, Jorge en el Cerro de las Iguanas y los dos últimos, Leonel y Rubén Arturo, que nacieron en la ciudad de San Andrés Tuxtla.

Varios de ellos han ejercido el magisterio como actividad principal o aledaña a su profesión. A través de mi padre aprendimos que la carrera de maestro era una de las más respetables del mundo. Cuando me encuentro con una persona que es hija de un maestro, como yo, siento que participamos de una cierta base social y cultural común y que eso nos acerca de alguna manera.

El maestro Leonel venía de abajo. Nació en San Andrés Tuxtla, Veracruz, el 21 de enero de 1927. Su padre fue músico y su madre ama de casa. Fue el cuarto de seis hermanos. A los cinco años de edad perdió a su madre, quien muriera por complicaciones de parto; esa condición de temprana orfandad y la situación económica en la que se encontraba la familia lo obligaron a trabajar desde los ocho años de edad en una panadería y a los once se inició como aprendiz de zapatero.

Estudió para maestro de Primaria, la Licenciatura, y tiempo después la Maestría en educación; sin embargo, el camino para lograrlo fue arduo y sacrificado. De sus conversaciones y de un manuscrito autobiográfico que dejó inconcluso trataré de resumir algunos rasgos del curso de su vida.

Se inició como maestro rural en el año de 1945. En la década de los cuarenta el ciclo de la instrucción primaria podía dividirse en “Primaria Elemental”, que se acreditaba con diploma al aprobar el estudiante el cuarto grado, y la “Primaria Superior” que se alcanzaba al concluir el sexto grado. En ese contexto, en el parque central de San Andrés Tuxtla se colocó una convocatoria para jóvenes de ambos sexos que fueran capaces de terminar la primaria superior en forma sobresaliente, a quienes se les daría la oportunidad de fungir como auxiliares educativos, después de tomar un curso de capacitación de seis meses impartido por maestros que venían de la ciudad de Xalapa, y aprobaran el examen final.

Cumplidos los requisitos establecidos, aquél muchacho fue contratado por seis meses con la plaza de categoría más baja para ir a trabajar a un medio rural. Dicho contrato se convirtió en el inicio de un destino luminoso en el que alcanzó con el tiempo un pleno desarrollo profesional y una vida buena para la familia que formó dos años después, cuando se casó con una jovencita de 15 años llamada Consuelo, con quien compartió 73 años de matrimonio.

El Instituto de Capacitación del Magisterio fue la Institución clave para la instrucción formal de él y de cientos de jóvenes educadores que requerían ellos mismos de mayores conocimientos. Ahí cursó la secundaria, la carrera de maestro normalista; la licenciatura en educación y una maestría. El contenido de sus trabajos de tesis provino de su participación activa en la vida de la comunidad a la que servía.

El primer grupo que tuvo en su vida fue de primer grado compuesto por 70 alumnos, reto que enfrentó sin conocimiento de métodos ni técnicas para enseñar, solo con la orientación ocasional de la directora y en ocasiones recurriendo al silabario de San Miguel, o recordando la manera en que aprendió a leer con el método Rébsamen. Esas circunstancias lo convencieron de la urgente necesidad de capacitarse, convicción que conservó hasta su retiro.

En el año 1946 fue asignado a la comunidad de Tesechoacán, cuya escuela de 87 alumnos funcionaba con un único maestro, por lo que tuvo que desempeñarse como director, e impartir desde el primero hasta el tercer grado. Esta situación de ser maestro único se repitió por aproximadamente 20 años, durante los cuales trabajó en ocho comunidades.

En 1947 fue enviado a trabajar a la comunidad serrana de Loma de Sogotegoyo que quedaba a un día de camino desde San Andrés Tuxtla. La modesta escuela del lugar albergaba a 116 alumnos y alumnas y tenía la particularidad de que la mayoría de su población hablaba solo popoluca, lo que representó un problema mayúsculo para él. Solicitó a la Secretaría de Educación en la ciudad de México apoyo técnico, que le proporcionaron y le autorizaron que durante tres o cuatro meses sólo se dedicara a la enseñanza del idioma español, para después impartir las materias programadas. Este mismo obstáculo del idioma lo enfrentó más adelante en varias ocasiones, pero ya armado de experiencia. En ese tiempo le tocó perder a su padre.

La dinámica de trabajo como maestro rural era la siguiente:

El inicio de cursos comenzaba con la organización de la comunidad, a la que se presentaba el plan de trabajo, tanto en su papel de educador como participante y organizador de actividades comunitarias, promoción y aliento de la inscripción de los niños, frecuentemente  realizando visitas domiciliarias. A su vez, las autoridades e integrantes de la comunidad jugaban un papel activo proporcionando la modesta casa donde vivía el maestro y auxiliaban en las labores de mantenimiento de la escuela.

Durante los cursos se aplicaban pruebas diagnósticas para saber el nivel académico que tenían los niños y hacer los planes semanales y mensuales de los temas a impartir. Atender como maestro único los grupos de distintos grados, principalmente hasta el tercero, pero en algunas ocasiones llegaba hasta el quinto grado y atender también a los estudiantes que tuvieran necesidades especiales de educación.

Así mismo, organizar cursos de alfabetización para los adultos en el horario nocturno. Administrar y participar en la parcela escolar y participar en la organización del trabajo colectivo que realizaban los habilantes de las comunidades; en ese tiempo organizadas en torno a la dinámica de la forma de propiedad de la tierra, ya fuera ejidal, comunal o parcelas individuales. Las jornadas de trabajo eran prolongadas ya que en aquel tiempo los alumnos iban por la mañana y por la tarde.

Un renglón muy importante era organizar las festividades cívicas, ya que se trataba de eventos que contribuían a desarrollar talentos en los niños y contaban con la participación de todos los lugareños, para lo cual el profesor Leonel escribía pequeñas obras de teatro actuadas por los alumnos. Por muchos años los medios de comunicación masiva no alcanzaron la mayor parte del territorio nacional, de ahí que era muy concurrida la asistencia de niños y adultos, por ejemplo, al teatro guiñol, actividad que se realizaba en la escuela con historias que también escribía con personajes de la misma comunidad.

Otras tareas

Mantenerse en contacto con la inspección escolar y asistir a los cursos de capacitación. Durante varios años ocupaba sus periodos vacacionales de verano para viajar a la ciudad de Xalapa y realizar los cursos intensivos que sólo se impartían allá. Hacer la documentación e informes requeridos. Acompañar a las autoridades de la comunidad a sus trámites ante las instancias de gobierno, en los cuales se incluian con frecuencia asuntos agrarios.

Participar además en la organización de labores para mejoras en la salud pública, como eran las campañas de vacunación o promoción de construcción de letrinas. Auxiliar a las personas enfermas, para lo cual fue necesario aprender a inyectar, a recetar medicamentos (como medida emergente) para las afecciones más comunes y también, participar en la resolución de conflictos familiares. En muchas de estas tareas contó con la participación de su esposa, quien sin tener salario ni reconocimiento oficial colaboraba para poner trabajos manuales a los niños o en las clases de los cursos nocturnos y en ocasiones, actuar como partera empírica. Con el tiempo, a los pobladores de las distintas comunidades les quedó claro que Don Leonel era maestro y médico y Doña Consuelo, maestra y partera.

En 1965 se le cambió de adscripción a una escuela en las afueras de la cabecera municipal de San Andrés Tuxtla, para dolor y aprensión de los pobladores del Cerro de las Iguanas ya que había sido su maestro durante tantos años. En la escuela de Buena Vista estuvo 34 años, primero como maestro, después como director, pero siempre trabajando frente a un grupo. Más adelante alcanzó la prestación de una doble plaza en una escuela cercana, lo que le permitió mejorar sus ingresos.

Continuó involucrado en los trabajos de la comunidad, en contacto con los padres de familia, atendiendo fuera de horarios los casos de necesidades especiales de educación; teniendo su propio grupo como maestro y cubriendo las ausencias de los otros maestros en su papel de director. Impulsó el espíritu de competencia e igualdad basada en las capacidades de todos los niños por lo que promovió y logró la participación de su escuela -hasta ese momento excluida por estar en la periferia- en las festividades y eventos cívicos, deportivos y culturales a nivel del municipio; además de colocar a alumnos destacados en las competencias de zona organizadas para medir el nivel de aprovechamiento educativo de los alumnos.

Era un maestro estimado y respetado en la región de los Tuxtlas, a la que apreciaba como si fuera el mejor lugar en el universo. Se retiró del servicio activo a los 72 años de edad después de 54 años de servicio y en medio del reconocimiento de sus alumnos y compañeros de trabajo.

A esas alturas inició con su esposa una edad de oro en la que el retiro y la vejez se transformaron en algo fructífero que les permitió explorar lo que no habían podido por sus muchas responsabilidades. La pareja iba a todas las fiestas que los invitaban, aprendieron a bailar danzón, se fueron a vivir a Xalapa donde participaron en un grupo coral y viajaban con grupos de adultos mayores a algunos destinos de recreación. Con el tiempo, regresaron a vivir a su querido San Andrés. Les encantaban los viajes con todo incluido porque quedaban libres de cualquier tutela de sus hijos. Visitaron las pirámides de Egipto y algunas islas griegas. Fueron a ver el grito de Independencia a Veracruz y al zócalo de la ciudad de México y cada fin de año bailaron guapango junto con su familia hasta que sus cuerpos los sostuvieron. Como Consuelo era competidora de natación, el profesor Leonel se erigió como su compañero, instructor y porrista. Fueron una pareja que disfrutó de la vida cuanto pudieron, aunque nunca sobrepasaron la medianía económica que correspondía a sus ingresos y a la que durante muchos años Don Leonel complementara con labores de agricultor.

La concepción que tuvo el profesor Leonel del ejercicio del magisterio no fue simplemente laboral, sino también la de un proyecto de vida que involucraba al individuo como ciudadano, como miembro activo de la comunidad, y que consideraba al maestro un promotor de la igualdad y la dignidad humanas.

La muerte se hizo presente el 3 de junio, pero las gardenias que cultivaron Leonel y Consuelo llaman a la vida con un aroma fresco y dulce, que ya no es suyo… pero les pertenece.

Autora: Susana Torres Hernández