A LA ENFERMERA
Dios te bendiga, mujer, porque cuidas
la salud del hermano que ha caído,
porque curas, amante, las heridas
de quien yace, en la cama, dolorido.
En tu ser la bondad se transparenta
y con bello fulgor se transfigura
en el suave color que representa
de tu traje la pública blancura.
Eres tú la piedad esclarecida
que el creador nos legó para que hubiera
quien de frente al dolor en esta vida,
con su amor nuestra vida defendiera.
Compañera invaluable del galeno,
de la ciencia, en el campo más sublime
que siguiendo al divino Nazareno
da consuelo y amor a quien hoy gime.
En este mundo en que muchos infrahumanos
rinden culto al demonio de la guerra,
la blancura de tu alma y de tus manos
son las flores de paz sobre la tierra.
Pablo B. Pineda Cortés / Enero 2014.
