Añoranzas, Por: Elgie Cameron Calo

A los que aman a Dios

Tendría seis o siete años, cuando un equipo profesional de fútbol llegó a mi ciudad. Los jugadores famosos de aquella época caminaban por las calles céntricas. Todos los niños se acercaban a pedir autógrafos, mi primo Roberto Madrigal me pidió que lo acompañara, aunque yo, era sólo una niña pequeña, todo el festejo me encantó.

Las cámaras fotográficas no eran tan comunes como hoy, y el telégrafo de la ciudad estaba haciendo una fiesta particular. Mi primo y yo, curiosos como todos los niños, caminábamos al lado de la multitud, pero tímida como siempre, no me atrevía a acercarme a los jugadores tan famosos, a los que conocía sólo por la radio y la televisión. Mis tíos y mis primos eran fanáticos.

De repente un jugador moreno, muy alto, llamado Mario Bretón del equipo América, nos llamó a mi primo y a mí. El no me conocía y yo era apenas una niña en medio de la multitud, ¡Pero era verdad, me estaba llamando a mí! Jamás me olvidé de él y siempre seguí su trayectoria, aunque nunca jugó por el equipo de mi preferencia.

Distancias aparte, hoy pienso en el trono de Dios, el Rey del Universo, ¿Cómo acercarnos al señor, si no somos más que pecadores? No lo merecemos, no somos dignos. Todos estamos destituidos de su gloria y condenados a muerte eterna. No hay justo ni siquiera uno; no hay quien haga siempre el bien sin cometer un error trascendental. No, de hecho, no tenemos ningún derecho.

Pero el apóstol Pedro escribió en el libro de Hebreos 4:16 que podemos ir confiadamente a él. ¿Por qué? Hay dos motivos: su misericordia y su gracia por su misericordia, Dios no nos da lo que merecemos, que es la muerte; y por gracia, nos da lo que no merecemos que es la vida.

Alcanzar misericordia y hallar gracia ¿Dónde? junto al trono del señor ¿Para qué? Para el oportuno socorro, ¡Ah! Como necesitamos el auxilio y socorro, hay momentos en la vida en que te sientes tan  lejos de Dios, como si el te hubiera abandonado, lo necesitas tanto, pero te sientes tan distante y piensas que todo está perdido.

En momentos como esos, acuérdate de la promesa de hoy. Nada tienes que temer, confía  en el amor maravilloso de Dios a pesar de tus deslices, a despecho de tus incoherencias. Dios te ama y el señor Jesús pagó el precio de tus rebeldías en la cruz del Calvario.

Por eso hoy, sal de tu hogar sin temor, recordando el consejo bíblico: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”.