Bombas molotov

Entonces, en medio de la noche se escuchó el ruido de unas motocicletas. Varias. Nadie supo calcular el número. Pero varias.

Eran malandros aquellas motocicletas que como en muchos, muchísimos pueblos de Veracruz (quizá también del país) la mitad de la población y la otra mitad está enterada, cierto, segura, segurísima. En todo caso, halcones. En todo caso, chicos simpatizantes de los malosos y malandros, sicarios y pistoleros, carteles y cartelitos.

Y de pronto, ¡zas!, cuando los tripulantes de las motocicletas estaban cerca, frente, de las oficinas de la Policía Estatal lanzaron unas bombas molotov.

Y “mientras eran peras o manzanas”, los motociclistas se perdieron en la noche salvaje, no de Coatzacoalcos, sino de Veracruz.

Se fueron empapados con la lluvia pertinaz que caía. El mal tiempo en el Golfo de México, anunciado, incluso, con huracanes.

Tiempo huracanado el que se vive en el sur.

Los malos, dejando constancia de que aquí están disputando la jugosa plaza Veracruz.

La autopista de sur a norte.

Los tres puertos marítimos (Coatzacoalcos, Veracruz y Tuxpan) para la carga y descarga de droga.

El consumo de droga.

Las pistas clandestinas.

La proclividad policiaca y hasta de presidentes municipales para asociarse con los carteles.

El negociazo de los migrantes. Mujeres y hombres.

La prostitución.

El secuestro.

Las extorsiones.

El lavado de dinero.

Un jugoso mundo en disputa como en pocas, excepcionales entidades federativas de la república amorosa.

La república amorosa del “Amaos los unos a los otros”, de los abrazos y besitos, de los saluditos de mano a las madres de los capos, del perdón a los hijos detenidos de los jefes máximos de los carteles.

VIENTOS HURACANADOS

El mes de enero que camina polvoriento anuncia peores tempestades. Los narcos, recrudecidos.

El 7 de enero, los 9 cadáveres tirados en la carretera federal a la altura de Isla.

Los 4 cadáveres arrojados el 9 de enero en Rinconada, municipio de Emiliano Zapata, las goteras de Xalapa, la capital.

La bomba molotov a las oficinas de la Policía Estatal en Coatzacoalcos, la medianoche del diez de enero.

Días duros, rudos y difíciles.

Es, será, vivir con vientos huracanados en la secretaría de Seguridad Pública.

Todos los días, el secretario y su equipo y los jefes y subjefes y los comandantes y los policías, enfrentando la muerte, oliendo la pólvora, llevando la estadística de los muertos, los secuestrados, los desaparecidos, las fosas clandestinas.

Cada día, cada noche, el reporte de fuegos cruzados, muertos, crímenes, asaltos.

En cada nuevo amanecer, y antes de desayunar, el saldo de la violencia… que ni siquiera, vaya, el mejor lechero del mundo, el más sabroso cafecito negro, pudieran bajar.

Y saber y estar conscientes de que así, igualitos o peores, son todos los días y noches.

A veces, claro, más duro unos que otros, por ejemplo, cuando hay un feminicidio, peor tantito, si es un feminicidio infantil, una niña, y que además, pudo ser ultrajada.

Un cadáver colgando de un puente o un árbol.

Un cadáver flotando en el río.

Una cabeza decapitada.

Ta’canijo que la muerte sea, digamos, la materia prima del ejercicio laboral.

Todo, en nombre de la lucha, más que el poder político, por el poder económico.

La vida fácil y la vida loca que cantaría Ricky Martin.

Los 9 cadáveres tirados a la altura de Isla. Los 4 cadáveres en Rinconada. La bomba molotov en Coatzacoalcos.

Un ex Fiscal de Nuevo León lo dijo así:

“Ni Superman podría”.

TREINTA AÑOS DESPUÉS… TODO SIGUE IGUAL, IGUALITO

Con Patricio Chirinos Calero, los malandros llegaron a Veracruz y siguieron.

Con Miguel Alemán Velasco hasta se compraron doce casas de seguridad en el fraccionamiento Costa de Oro de Boca del Río, y caray, hasta vecinos se volvieron del gobernador de entonces.

Con Fidel Herrera Beltrán, se adueñaron de los cogobiernos en los penales y hasta un motín, huelga de hambre, armaron en el penal de Pacho Viejo.

Con Javier Duarte, organizaron el gran escape de tres penales de Veracruz, unos dicen que cien presos lograron huir, y otros, que fueron trescientos.

Además, claro, de que con Duarte encumbraron a Veracruz en la desaparición forzada y las fosas clandestinas.

Y ni se diga, Veracruz, convertido “en el peor rincón del mundo para el gremio reporteril” con diecinueve reporteros, fotógrafos, camarógrafos y editores asesinados, entre ellos, una periodista decapitada y dos más obligados a cavar su propia sepultura y luego enseguida el tiro de gracia.

Con Miguel Ángel Yunes Linares ahí siguieron, floreciendo en tierra fértil.

La mismita tierra fértil donde ahora están, dueños de la pelota, empujando la carreta con un oleaje volcánico de violencia.

Treinta años después, los tiros, las balas, el fuego cruzado, las bombas molotov, los cadáveres constituyen el paisaje urbano y suburbano, indígena y campesino de Veracruz.