Vie. Jun 19th, 2026
  • Chirinos no desplegó un gran movimiento de la clase política veracruzana, como ocurrió en la mayor parte de los estados priistas, para condenar y repudiar el crimen del político sonorense. Un hecho que el imaginario colectivo percibió como ‘un crimen de Estado’.

Gaudencio GARCÍA / 12HORAS / XALAPA, Ver.- Poco inmutó la noticia a Patricio Chirinos Calero, gobernador de Veracruz,  que corrió como pólvora en el país aquel aciago 23 de marzo de 1994: el asesinato del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio Murrieta.

Chirinos no desplegó un gran movimiento de la clase política veracruzana, como ocurrió en la mayor parte de los estados priistas, para condenar y repudiar el crimen del político sonorense. Un hecho que el imaginario colectivo percibió como ‘un crimen de Estado’.

Patricio, el nacido en Tamuín, San Luis Potosí, que hizo pasar su nacencia en Pánuco, Veracruz, secuestrado en la férula del férreo y ambicioso secretario general de Gobierno, Miguel Ángel Yunes Linares, presionado por la prensa, hizo una breve declaración para lamentar el crimen del malogrado  candidato presidencial, Luis Donaldo Colosio.

Estuvo ausente el discurso incendiario, duro y crítico, de los que solía elaborar Chirinos para Carlos Salinas.

Calero (1992/98), uno de los principales asesores del entonces y polémico presidente Carlos Salinas de Gortari – persistía el sombrío fraude de las elecciones presidenciales de 1988 que le arrebataron el triunfo al candidato de la izquierda, Cuauhtémoc Cárdenas-, fue notable  su mínima participación en los actos posteriores para exigir una investigación a fondo del asesinato del político sonorense.

El nacido en Tamuín pero radicado en Pánuco compartía su tiempo como gobernador de Veracruz y asesor del presidente Carlos Salinas. Pero el mayor tiempo lo absorbía Los Pinos, que a la postre le valió el mote de “La ardilla”.

La gubernatura de Veracruz, en la práctica, la ejercía con singular alegría y con todo el “pinche poder” el secretario general de Gobierno, Miguel Ángel Yunes, quien en los altos círculos políticos lo llamaban el ”Vicegobernador”.

Y, por supuesto, Yunes se regodeaba, disfrutaba de las mieles del poder, entonces con los periodistas locales y corresponsales era solícito, marcaba la agenda y había elogios al trabajo de la prensa.

No era el inquisidor, el verdugo y  el camaleón que se convertiría después de aquel sonoro descalabro, de aquella debacle que enfrentaría en las elecciones locales de 1997 como presidente estatal del PRI.

Una conspiración, una maquinación, un complot priista, encabezado por su correligionario Fidel Herrera Beltrán y Carlos Rodríguez  Velasco, entre otros distinguidos priistas,  sepultaron sus aspiraciones para suceder a Patricio Chirinos. Lo hicieron morder el polvo.

De ahí nació en parte el odio de Miguel Ángel en contra de quienes monopolizaban a la cúpula del PRI.

El tamuinense antes de escalar la gubernatura de Veracruz, que había sido disputada por el empresario Miguel Alemán Velasco para suceder a Dante Delgado Rannauro (1988/92) con la venia del exgobernador  y secretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios, tenía  lazos  afectivos con Luis Donaldo Colosio, quien fue su sucesor  en la Sedue.

El sonorense se había forjado al lado del presidente Carlos Salinas por mérito propio y producto de la “política del esfuerzo”. De la Sedue dio el gran salto para convertirse en el candidato presidencial, postulado  el 23 de noviembre de 1993. Por cuatro años dirigió el PRI, de 1988 a 1992. Su futuro era promisorio hasta que fue cegado el 23 de marzo de 1994.

El asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta marcaría la pauta de los que estaban en contra de la clase política nacional del PRI: el principal, el que renegó de su candidatura, el exRegente del entonces Distrito Federal,   Manuel Camacho Solís y, el otro, Patricio Chirinos Calero.

Quedó consignado para la posteridad y en las hemerotecas cómo en Veracruz fueron minimizados los homenajes de 1994 a 1998 los aniversarios del crimen proditorio del político sonorense que veía a un México con “hambre y sed de justicia”.

“Un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla. De mujeres y hombres afligidos por abuso de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales”.

Solo quedó la incertidumbre y la sombra del “asesino solitario”. Y la suspicacia.