Columna 33, Por: Carlos Lucio Acosta

EL Gobierno de Veracruz
¿Las Buenas Relaciones?

Las palabras proféticas se cumplen al pie de la letra.
Los viejos políticos veracruzanos fundaron escuela de conocimiento sustentada en la solidez de la experiencia.
En diferentes constancias y circunstancias, coinciden en el mismo punto.
Los gobernadores Rafael Murillo Vidal y Rafael Hernández Ochoa, escribieron etapa importante en el terreno de las definiciones políticas y administrativas.

Palabras más, palabras menos.

Si el gobierno de Veracruz establece buenas relaciones con el gobierno central, al Estado le va bien, pero si el gobierno de Veracruz mantiene malas relaciones con el Gobierno Federal, al Estado le va mal.

Las relaciones institucionales de la periferia con el centro del poder no son cordiales, menos las de carácter personal.

La antipatía no es gratis, tiene antecedentes.

No guardan las distancias.

Alguien se quiere pasar de listo, acelerado por una turba de asalta presupuestos y con maestría en el desvío de recursos financieros procedentes del erario pú­blico.

Cuentan en la Cuenca del Papaloapan que si la prudencia no cabe en uno, puede caber en el otro.

Y el uno es prudente.

El hombre con un estilo discreto y ejecutivo de gobernar, afirma el historiador Enrique Krauze. Lo ha demostrado en varias oportunidades.

No sólo le han tomado el pelo, sino también le han visto la cara.

Y aguanta.

Tiene en su poder expedientes integrados y actualizados sobre hazañas específicas de diez personajes del primer círculo del poder político estatal con ampli­as posibilidades de recibir magistral jalón de orejas de consecuencias penales.

El presidente de la república puede tener todas imperfecciones físicas, deficiencias humanistas y desatinos administrativos, pero es el representante del Poder Ejecutivo Federal.

Y al presidente se le respeta. Y si no se le respeta, tiene las cuerdas necesarias para hacerse respetar.

El gobernante que reta en abierto o en privado al presidente de la república, la tiene perdida de antemano en el terreno que elija.

Es preocupante que políticos que se ostentan con amplio conocimiento y experiencias en el dominio de las ciencias, las artes y las técnicas de gobernar, incurran en este tipo de deslices caracterizados más en principiantes que en presuntos profesionales del quehacer público.

Encender la mecha es lo más sencillo, lo realmente difícil es controlar la intensidad de la flama.

Pasar por al alto o por abajo el peso de las tradiciones es peligroso.

En este país llamado México, en honor a la tribu fundadora de la Gran Tenochtitlán, existen cinco instituciones intocables, desde el punto de vista laico, y sagradas, desde la óptica dogmática.

La presidencia de la república, la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, Benito Juárez García, la virgen de Guadalupe y el Ejército Mexicano.

El solo pensar, hablar o escribir en contra de los símbolos más significativos de la nación, se incurre, de manera deliberada o accidental, en crimen de lesa humanidad o en pecado mortal.

Y estos delitos no tienen el menor atenuante ni aquí ni allá.

Lanzar dardos venenosos en contra del poder constitucionalmente establecido es adentrarse en áreas movedizas.

Quien se atreve a desafiar al representante del Poder Ejecutivo Federal no tiene la mínima idea a lo que le tira.

La vieja historia de David contra Goliath no cuaja ni como gelatina exprés.

Hace algunos sexenios, en el gobierno de Rafael Murillo Vidal, el efervescente senador electo Rafael Arriola Molina cuestionó al entonces presidente Luis Echeve­rría Álvarez en torno a ingresos generados por la Aduana Ma­rítima en Veracruz y la escasa retribución del gobierno Federal al Estado.

El representante popular jamás cobró la primera quincena de su salario legislativo, debido a que su expediente quedó congelado por decisión del principal accionista de la Organización Editorial Mexicana (OEM).

EL lanzar flechas envenenadas al Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas del país, puede tener respuestas de sabores nada agradables.

Recordemos lo que le paso a Luis Donaldo Colosio Murrieta por ver demasiado y a Carlos Alberto Madrazo por intentar democratizar las filas del Partido Revolucio­nario Institucional, para no ir tan lejos.

Desde luego que presidencia de la república no pretende, bajo ninguna circunstancia, adoptar los viejos moldes de la familia revolucionaria, pero de que tiene los hilos en la mano para jalar y luego poner orden en la cocina, ni duda cabe.

Y quien tenga la mínima sospecha, pues que haga la prueba del añejo y después pase copia con la fir­me intención de saber cómo le fue o como le fueron.

Punto.

Sólo para sus ojos…

Aplasté un pollo en el camino del aeropuerto.