Es grave la muerte de sicarios y malandros en el fuego cruzado. Pero más grave es la muerte de la población civil. Niños, chicos, mujeres, ancianos. Además, niños huérfanos y parejas viudas. Casi casi, en Veracruz, el Memorial de la Muerte.
Nadie sabe el número de muertos desde hace unos 28 años cuando Patricio Chirinos era gobernador y el primer cartel apareció en Veracruz. Y fue en la ciudad jarocha.
Desde entonces, por un lado, el tiradero de cadáveres. Y por el otro, el tiradero de impunidad.
Pero más todavía:
Desde entonces, digamos, el tráfico de armas. Los carteles y cartelitos, anexos y conexos, con armas sofisticadas para ajustar cuentas y sembrar el terrorismo.
De entrada, habría de recordarse que en el país ha de tramitarse un permiso para andar armado.
Y segundo, y como la más alta producción de armas se ubica en Estados Unidos, entonces, nadie dudaría, como tesis universal, que de por medio se atraviesa el tráfico.
Incluso, y como varios Carteles operando en Veracruz actúan en el resto del mundo y hasta Italia y Rusia llegan, entonces, desde el otro extremo del mundo la compra de armas.
Bastaría referir lo que el reportero Robert Fisk, recién fallecido, publicara en su libro de mil 432 páginas, La Gran Guerra, y donde demuestra que Anastacio Somoza, dictador de Nicaragua, solía comprar a armas a Israel de igual manera como también los Sandinistas y Augusto Pinochet para derrocar a Salvador Allende, el primer presidente socialista llegado al poder por las urnas.
Hay, pues, un obsceno tráfico de armas. Quizá de Estados Unidos a Veracruz.
Y bueno, nadie puede esperar ni pedir moralidad a los traficantes de armas pues equivale a pedir recato a una bailarina de strep-tease, pues su audacia corpórea significa razón natural de ser, existir y proyectarse.
Ellos son, en conjunto, quienes venden y compran las armas, los comerciantes de la muerte.
TRÁFICO DE ARMAS
Sabrá el chamán las armas utilizadas por los malandros en Veracruz.
Pero se antoja y, por ejemplo, que desde Magnums hasta R-15, los famosos llamados “Cuernos de chivo”.
También, bombas molotov. En otros tiempos, incluso, cuando en la vía pública incendiaban automóviles y autobuses de pasajeros, hasta misiles.
En el centro de la república llegaron a usar misiles capaces de tumbar un helicóptero oficial.
Por lo general, dicen los que saben, los carteles están mucho mejor armados que los policías de la secretaría de Seguridad Pública y la Fuerza Civil y los Policías Ministeriales de la Fiscalía General.
Incluso, y como queda claro, entrenados para matar, dispuestos a perder la vida en un rafagueo, fuego cruzado, choque de trenes.
El caso es que del ajuste de cuentas entre ellos riñendo por la jugosa plaza Veracruz se fue contra la población civil, y contra la que disponen de armas sofisticadas.
Hay tráfico de armas y pasan por las Aduanas del país, y las que el entonces subsecretario de Hacienda y Crédito Público con el presidente José López Portillo, Agustín Acosta Lagunes, consideraba un botín político.
Tiempo aquel, y por ejemplo, cuando algunos reporteros consagrados de la Ciudad de México solían traficar con trailers cargados de mercancía para venderse en el interior del país.
Muchos años después, la industria bélica de Estados Unidos sigue teniendo en México la tierra pródiga, la tierra prometida, el paraíso terrenal.
Peor cuando ni los diputados locales y federales ni Senadores de la República cabildean ante el diablo, de ser necesario, para seguir la pista al tráfico de armas.
A lo más que han llegado es, como la profesora y senadora Gloria Sánchez, a descubrir, primero, la existencia de una Conspiración Mediática para tumbar a Cuitláhuac García como gobernador, y segundo, a descubrir otra Conspiración Mediática para derrocar a Félix Salgado Macedonio, acusado de cinco ultrajes y acosos, como candidato de MORENA a la silla imperial y faraónica, embrujada, de Guerrero.
FUEGO CRUZADO Y BALAS PERDIDAS
El tráfico de armas constituye el otro gran negocio colateral en Veracruz, de igual manera como en el resto del país.
Si aquí, de norte a sur y de este a oeste del territorio jarocho operan “casi todos los Carteles”, entonces, el tráfico de armas es, será, cuantioso.
Más cuando Veracruz ocupa los primeros lugares nacionales en secuestros, feminicidios y extorsiones.
En vez de andar peleando por las vacunas chinas y rusas, los legisladores federales y locales bien pudieran concentrarse en el tráfico de armas de Estados Unidos a México quizá, quizá, quizá, como una posibilidad para, cuando menos, endurecer el tránsito con mayor vigilancia.
Más, en un Veracruz con número incalculable de niños huérfanos y parejas viudas.
Y cuando, de ñapa, los panteones municipales son insuficientes para atender tanta demanda, y como en Coatzacoalcos, están sepultando los cadáveres en los pasillos.
Una política restrictiva, aplicada con severidad, vigilada en el día con día y noche con noche, dificultaría acaso el tráfico de armas.
Y las corporaciones policiacas empezarían a ganar espacios.
Y Veracruz, como el resto del país, entraría en la pacificación tan soñada y deseada.
Bastaría referir que resulta extraño y raro encontrar una familia sin un pariente, un amigo, un compadre, un vecino, un conocido que dejara de sufrir un secuestro, una desaparición y un asesinato.Y de ñapa, asesinado en un fuego cruzado, un ajuste de cuentas, una bala perdida.

