Dolor y sufrimiento

Hay dolor y sufrimiento. Cicatrices en muchos casos que nunca cerrarán. Las heridas abiertas de Veracruz. Por ejemplo:

Las madres mutiladas con hijos secuestrados, desaparecidos y asesinados.

Las madres integradas en Colectivos buscando a sus hijos en fosas clandestinas.

Los familiares del montón de cadáveres en Veracruz.

Y el montón de impunidad como una barbarie sin nombre.

Los padres con hijos menores de edad plagiados y desaparecidos como la niña Reina Sofía, de doce años de edad, de Naolinco.

Los niños huérfanos, y de los que, y por desventura, nadie se ha ocupado en el destripadero de cadáveres.

Y las parejas viudas, intentando sobrevivir al tiempo más infausto de sus vidas cuando la pareja fue secuestrada y desaparecida, quizá ultrajada si era mujer, acaso pozoleada, quizá cocinada, para disolver los restos humanos en químicos y luego arrojarlos a un río, una laguna, el Golfo de México, incluso, y evitar rastro alguno.

Los Colectivos organizando marchas, plantones, caminatas, protestas, resistencia pacífica, tocando la puerta de la autoridad y la puerta seguir cerrada como si le hablaran a un político, funcionario público, sordo.

Las familias a la deriva económica y social cuando el jefe de familia ha sido desaparecido, quizá asesinado.

Y lo más angustiante, y en todos los casos, un día, una noche, así nomás, desaparecer, y pasar los días y las semanas y los meses en la incertidumbre y la zozobra sin saber nada, absolutamente nada, del destino del familiar.

Y lo peor, volar con la imaginación a mundos inexplorados, siempre inventados, pensando en dónde estará y si estará bien y si habrá comido y si estaría tomando la medicina y si lo habrán golpeado y torturado.

Y todos los días, en el desayuno, la comida y la cena, mirar vacía la silla de la mesa donde solía sentarse.

Y ver su recámara en el silencio atroz. Y no saber si conservar su ropa o de plano guardarla por ahí en una caja o en todo caso, obsequiarla, incluso, hasta para el tianguis en la colonia popular.

Más, mucho más, cuando han transcurrido un año, dos, tres, sin una noticia sobre su paradero.

Es la peor tragedia humana. Vivir con el sobresalto de si el familiar está vivo o muerto.

El sufrimiento y el dolor sin nombre.

DERECHO A VIVIR CON DIGNIDAD

Se trata del peor de los tiempos para los derechos humanos, por cierto, la izquierda en el mando sexenal, aquella que desde sus orígenes gritonea que la razón superior de su causa social y partidista son los derechos humanos.

Igualdad, fraternidad y libertad clamaron en la Revolución Francesa.

El legítimo derecho humano a vivir. Y a vivir con dignidad cada hora y aprovechando cada día para seguir creciendo un poco en el desarrollo humano y personal.

El derecho a un trabajo digno, estable, retribuido con justicia social.

El derecho a la calidad educativa. Y a la buena política de salud pública.

Y ni se diga la garantía constitucional de conservar la tranquilidad y la seguridad y la procuración de justicia, ágil y expedita.

Y es que cuando todos los días y noches, en la esquina de la casa merodean el asalto, el secuestro, la desaparición, el ultraje y el asesinato, un Veracruz oliendo a pólvora y sangre, nadie puede vivir y estar en paz.

Peor tantito cuando un secuestro y una desaparición siguen a otros y a otros y a otros y sobrevienen los homicidios y continúan imparables, multiplicándose como los peces y los panes, los conejos y los ácaros y la humedad.

Peor aún, cuando el miedo a vivir transfigura “en el miedo al miedo”, el miedo de afuera y el miedo de adentro, y cuando las familias, la población, los ciudadanos de a pie, sienten, huelen, perciben, olfatean que la vida peligra.

Es cuando, y entre otras cositas, el llamado Estado de Derecho es relevado por el Estado Fallido, el Estado Delincuencial, el Estado Malandresco.

Y cuando la capacidad de gobernar se ha perdido y entonces, desde el púlpito del palacio repiten como chachalacas la frase memorable, citable y recordable de que pronto, pronto, pronto, habrá justicia y pronto, pronto, pronto, acabará la impunidad.

Las grandes mentiras de la historia y que, incluso, ni siquiera, vaya, las tribus políticas y gobernantes lo creen, porque al mismo tiempo, saben de la demagogia barata y ruin y atroz en que han caído, “atrapados y sin salida”.

En el otro lado del charco, el dolor y el sufrimiento se multiplican.

Pero los pueblos, dice el viejito del rancho, son como las mulas. Un día, cargadas a lo máximo, arremolinadas por el fuete del capataz, se frenan y se enmulan. Y ni un paso pa’lante ni un paso pa’atrás.

Luego, se zangolotean y tiran la carga y más enmuladas se ponen. Entonces, es cuando en los pueblos aparece la resistencia pacífica, resistencia ciudadana, resistencia electoral para ajustar cuentas en las urnas.