
Hermilo Coto / San Andrés Tuxtla, Ver.—Apostados en los peldaños, pero en la cima de la fe y la esperanza, ataviados con la desolación, pero también con la sonrisa y la emoción de la “consolación”, con el sincretismo del pensamiento ecuánime, abrazando su causa, que no es ni más ni menos que la magisterial; hoy tocando su fondo, llegando a la conciencia y al corazón, al cerebro y al alma del “ludir magister”, al hombre que enseña y que instruye, que hace y que recrea sueños y esperanzas. Al hombre que con su sutil enseñanza y su ruda entrega, busca integrar al sujeto de la historia y a la historia del sujeto con su humilde lucha.
La causa que es ni más ni menos que, la análoga a los “otros” que a través de la palabra o el silencio buscan interpretar con una prosa infinita, o una canción poética, o con un discurso preñado claro y conciso para reclamar el concepto del derecho legal y o finalmente del derecho divino, del incandescente, del irrefutable incuestionable derecho a ser y del permanecer; del reconocimiento de la legitimación de su nombre, como la expresión más sólida que recrea y cualifica y cuantifica su entrega a una lucha común y sin tregua.
Aquí, apostados reivindicando su sentir, su historia, su permanencia; aludiendo la vida, reclamándole a las “suertes divinas”, y a la omnipresencia”, los abrigue, de amor, pensamiento y voluntad. Y como tempestad, les permita emitir la palabra. Les dé una y otra vez la ternura, los lleve al rezago de su sombra, los cubra con el manto sereno, los aliviane y los ensalce; les dé reconocimiento a su lucha. Les reconforte con justicia.
Ahí, sin claudicar, apostados, sobre el cuerpo de peldaños, vetustos, álgidos, tenues, color ocre, pero con el pensamiento claro y objetivo en la cima de un hermoso cielo, claro, profundo, en la búsqueda de la razón y la palabra; en la aplicación de la consigna, y desde esa postura, desde esa actitud, desde esa sonrisa y desde esa desolación y consolación, y de ese optimismo, buscar incansablemente la analogía por reivindicar su nombre y darle una y otra vez el reconocimiento a su concepto, el de su historia: el ser, y deber ser del maestro.
