Hijos desaparecidos

Nada más duro y rudo que el dolor y el sufrimiento por la pérdida de un hijo.

La muerte natural, digamos, es inevitable. Y dura y ruda al mismo tiempo.

Peor, mucho peor, cuando el hijo es secuestrado. Y desaparecido.

Y pasan los días y las semanas y los meses y quizá los años, y el hijo, mujer u hombre, no regresan a casa.

Entonces, y ante los oídos sordos, en todo caso, ineficaces e ineficientes de la autoridad, solo resta integrar Colectivos, unirse a ellos, para su búsqueda frenética, ya en cárceles, casas de asistencia, fosas clandestinas.

Es un hueco en el corazón, las neuronas y el alma.

Un hueco gigantesco en el estómago que termina estallando los nervios cuando cada noche, en el insomnio, los padres, los hermanos, la pasan imaginando si estará con vida o muerto. Y si está con vida, si lo estarán tratando bien.

Peor, mucho peor, cuando, por ejemplo, los secuestradores se comunican y empieza la negociación por el rescate.

Horas desgastantes. Los nervios a punto de estallar.

La desesperación humana.

Peor cuando la familia paga el rescate integrado con préstamos familiares y hasta crédito bancario y devuelven al hijo secuestrado… pero sin vida.

Un cadáver tirado a orilla de carretera.

En el fondo de una barranca.

En medio de los cañaverales.

Quizá, flotando en algún río o laguna.

Es un dolor muy canijo.

El amor y el cariño de la madre y el padre y los hermanos, y la pareja si la tienen, en el centro huracanado de la angustia.

En el siglo pasado, se leían noticas de los secuestros y la desaparición forzada en los países de América Latina bajo la dictadura militar, el más sórdido y siniestro, el general Rafael Leónides Trujillo, cuarenta años como dictador en la República Dominicana, 7 años más que Porfirio Díaz Mori en México.

Y nunca creímos, pensamos, sentimos, imaginamos, que aquella pesadilla llegaría a la república amorosa, y menos, mucho menos, a Veracruz.

Veracruz, hoy, primer lugar nacional en secuestros y desapariciones.

Y en extorsiones.

Segundo lugar nacional en feminicidios.

Si la 4T hecha gobierno en Veracruz fuera capaz de frenar el oleaje violento, impetuoso, huracanado, catastrófico de los plagios y desapariciones, caray, el gobierno del Estado honraría a la población civil, y de paso, se enaltecería y encumbraría.

 

DESAPARICIÓN FORZADA

 

Hay otros graves pendientes sociales en el Estado jarocho.

Entre otros, uno, el desempleo. Cada vez, más jefes de familia cesantes. Los estragos de la recesión. La errática política económica para alentar la creación y recreación de fuentes de trabajo en las regiones indígenas, rurales y urbanas.

La baja, pésima calidad educativa. Bastaría recordar los 550 mil, 600 mil dicen otros, analfabetas de 14 años de edad en adelante.

Los niños con cáncer y leucemia, sin medicinas.

Veracruz, oliendo a pólvora y sangre.

Pero quizá el pendiente número uno es combatir con resultados concretos, específicos y macizos, la desaparición de personas.

Y, claro, la desaparición forzada.

Y es que «estamos atrapados y sin salida» en un nudo gordiano, el siguiente:

A mayor impunidad… más inseguridad, pues los transgresores de la ley saben que aquí «no pasa nada». Y siguen delinquiendo.

Pero, bueno, en el tiempo de la república amorosa y del mandamiento de «Amaos los unos a los otros», los ciudadanos que todos los días viven con sencillez y modestia confían en una baja considerable en el oleaje descarrilado de los hijos desaparecidos.

Hay días cuando la Comisión Estatal de Búsqueda ha boletinado hasta cinco desaparecidos, entre menores y adultos.

Muchas chicas. Señoras jóvenes.

Y es que se trata de un asunto de lesa humanidad.

Gravísimo dilema humanitario.

Por lo siguiente:

Si un hijo pierde a la madre y/o al padre se le llama huérfano.

Si un matrimonio se separa se les denomina divorciados.

Si una pareja muere se les dice viudos.

Pero si una madre y un padre pierden a un hijo, ninguna palabra ha inventado la Real Academia Española para definir el estado de cosas y de ánimo.

Más cuando el amor de unos padres nunca ha tenido límites. pues como sentencia el dicho, «el amor de unos padres se mide por lo que hicieron por los hijos».

 

ANGUSTIA Y DESESPERACIÓN

 

Mucho peor, cuando el hijo desaparece… porque se lo llevaron unos sicarios, unos malandros.

Y se lo llevaron, y como hipótesis número una, para exigir un rescate, por lo general, millonario.

Segunda, para la prostitución.

Tercera, para la trata de blancas.

Y a partir del momento, el caos más desesperante por su vida en cada nuevo amanecer y cada anochecer.

¡Qué duro y terrible llegar la noche y acostarse en casa, o fingir acostarse en casa, cuando la cama del hijo está vacía!

Y cuando al día siguiente y al otro y al otro, a la hora de desayunar, comer y cenar, la silla donde se sentaba continúa vacía.

Y cuando pasa un mes, un semestre, un año, y ninguna pista.

Y cuando se leen las noticias de que los Colectivos, integrados con padres con hijos desaparecidos, siguen buscando a los suyos.

¡Vaya dolor tan punzante que poco a poquito, va minando la vida!

Por esa misma razón, la autoridad bien pudiera volverse solidaria, humanitaria, generosa, y aplicar todo el aparato gubernamental a garantizar la seguridad en la vida como lo establece el llamado Estado de Derecho.

Hay días y noches cuando de plano se cree y siente que al Estado le vale.

Los desaparecidos son un tema incómodo para los funcionarios públicos.

94 (noventa y cuatro) mil desaparecidos en el país según el dato oficial.

94 mil familias en la más canija y ruda angustia y desesperación… como para vivir quebrados y arrodillados, pero al mismo tiempo, vaya paradoja, vivir con la esperanza de que pudieran encontrarse.

Y de los 94 mil, en el estado de Veracruz, cinco mil desaparecidos según el Colectivo «Madres en Busca», de Coatzacoalcos.