La inocencia de los niños.

Diciembre había llegado con sus noches oscuras y frías, sobre esas viejas casas de madera se regaba la fragancia del aromático dagame, los pascueros pasaban de un lado a otro con sus jaranas en la mano, llevando sobre sus hombros una carga de necesidades y esperanzas, así recorrían las calles penumbrosas del pueblo, anunciando con sus cantos el nacimiento de Jesús.

Nosotros éramos solo unos niños que salíamos a acostarnos fuera de la casa para ver la luna y las estrellas, ver su brillantez en la oscuridad de la noche, o para escuchar los cantos de las parrandas que se detenían de casa en casa.

Mi abuela, anciana de blanco cabello y hermosos ojos, cargada de esa sabiduría que los años provee nos decía:

-Miren esas tres estrellas juntas, son los tres Reyes Magos que ya vienen andando, ya los pascueros con sus jaranas lo andan anunciando, si se portan bien les traerán regalos bonitos.

A partir de ahí cada noche sacábamos un viejo catre acostándonos boca arriba para observar las estrellas en el cielo, con la idea de ver más cerca a los Reyes Magos. Pensábamos en los regalos que recibiríamos, ¿Qué será lo que nos toque? preguntábamos unos a otros. El sueño llegaba y nos íbamos a dormir pensando en el amanecer, cuando despertábamos anhelábamos la llegada de la noche para ver si las tres estrellas se habían acercado más a nosotros, pero las veíamos igual. Cuando le preguntábamos a la abuela porque no avanzaban, ella nos respondía:

-Ya llegaran, ellos desde allá arriba están observando cómo se comportan los niños, a las primeras horas del día seis de enero bajan, sin que nadie los vea, solo visitaran las casas de los que se portaron bien.

Nuestros rostros se llenaron de ilusiones y alegría de solo pensar que tendríamos un regalo, solo deseábamos uno, sin importar cual fuera. Nuestra felicidad se desvanecía al recordar que en la casa no teníamos nacimiento ni un arbolito de navidad, la abuela solo adornaba con vejigas y cadenas de papel de china sobre pita de dos cabos, eso nos llenaba de pesar y tristeza, pero la abuela adivinaba los pensamientos de los niños, siempre encontraba una respuesta a las preguntas:

-A los niños que no tienen nacimiento ni arbolito de navidad en la casa les dejan los regalos por los pies de su cama cuando están dormidos.

Esas palabras nos devolvían la esperanza, hacía que nuestros rostros recobraran la alegría y volviera la paz a nuestros corazones.

Pasaron las semanas y llego enero, los días se hicieron largos, duraron una eternidad nomas de pensar en la llegada de esa noche en que bajarían los Reyes Magos con sus regalos, las ilusiones eran tan grandes que no cabían en nuestros pechos, solo de pensar en el regalo que recibiríamos nos hacía vibrar de felicidad por dentro. Así llego el momento esperado y la abuela con su dulce voz nos dijo:

-Niños duérmanse temprano, porque si los Reyes los ven despiertos se irán y no entrarán a la casa.

Antes que el sol se ocultara ya estábamos desesperados por irnos a acostar, pero lo hicimos más tarde cuando la abuela nos dijo:

-Niños, ya es hora de ir a dormir, acuéstense que mañana hay que madrugar.

Mis hermanos se acostaron y en poco tiempo quedaron profundamente dormidos, con una enorme sonrisa en sus inocentes rostros, yo hacía un esfuerzo enorme para no dormirme, mis ojos se cerraban de sueño, me resistía a dormir. Me hice el dormido para engañar al sueño, pero estaba atento a cada ruido de la casa: escuché cuando se puso la tranca a la puerta, cuando se apagó el quinqué y todo quedó a oscuras, cuando todos se acostaron. A partir de ahí cada sonido me sobresaltaba, mi corazón latía a punto de salirse de mi pecho y terminé durmiéndome no se en que momento.

Al otro día muy temprano nos despertamos buscando por todas partes sin encontrar nada, revisamos una y otra vez sin ningún resultado, tristes a punto de llorar, en silencio fuimos en busca de la abuela y le preguntamos porque no nos habían traído nada si nos habíamos portado bien. Ella nos quedó viendo fijamente a la cara y en sus cansados ojos se veía la humedad de las lágrimas que se resistían a salir, respiro profundamente y con toda tranquilidad nos respondió:

-Hijos, a los Reyes Magos no les da tiempo de atender a todos los niños, pero lo más seguro es que alguien se portó mal, debió estar espiando y por eso se regresaron de la puerta.

Nos miramos unos a otros y se hizo un silencio profundo, lleno de pesar se desgarraba mi corazón, lloraba por dentro lagrimas amargas porque por mi culpa los Reyes Magos no habían entrado a la casa llevándose los regalos que correspondían a mis hermanitos.

Para mitigar ese dolor que mi abuela ya sabía, porque ella lo sabía todo, nos dijo:

-Pero yo les daré un rico regalo que hice para ustedes con mis propias manos.

A cada uno nos dio un pedazo grande de dulce de toronja con piloncillo y así juntos salimos a sentarnos en la banqueta de la calle para disfrutar su sabor y para ver a los niños del barrio jugar sus juguetes nuevos.