La Pandemia de la Soledad

Desde Japón, ahora cuando el mundo se ha vuelto más que nunca una aldea global, anuncian nueva y terrorífica pandemia.

Es el virus de la soledad.

La soledad de adentro del corazón y de las neuronas, que tanto carcome y destruye.

En ningún momento, la soledad de afuera, que suele curarse con un cafecito con los amigos, comiendo palomitas en el cine en la oscuridad de la sala, quizá caminando en el bulevar, acaso mirando una gaviota solitaria navegando en el cielo sobre la bahía.

La soledad interior, pues.

El año pasado, y a partir del COVID, en Japón un total de veinte mil 919 personas se suicidaron. Llegó un momento cuando les fue imposible seguir viviendo y se quitaron la vida.

Incluso, en Japón acaban de crear una nueva secretaría de Estado. Se llama Ministerio de la Soledad.

En el Reino Unido, donde también están sintiendo y padeciendo la misma pandemia, ya levantaron la mano.

Desde luego, impacta. Pero desde hace muchísimos años, hace más de treinta años, el fotógrafo Víctor Sevillano Pérez lo decía de la siguiente manera:

“Hay mucha soledad en el mundo”.

Se refería a la soledad del corazón humano, aquella proveniente del desamor, del amor contrariado y de la infidelidad y de perder la emoción social.

Pero andaba en lo cierto. Digamos, se anticipó al COVID, a la recesión su compañera siniestra y sombría, y a lo peor entre lo peor, y lo que quizá pocos expertos habrían vislumbrado, como es la pandemia de la soledad.

En Japón, los expertos la atribuyen a par de razones fundamentales. Una, la desolación, y la otra, el capitalismo salvaje.

En el rubro de la desolación humana incluyen el camino al Gólgota cargando la cruz pesada sobre terreno lleno de espinas y cardos:

El primer paso, el dolor. El segundo, el sufrimiento. El tercero, la tristeza. El cuarto, la ansiedad. El quinto, la soledad. Y el sexto, el suicidio.

Son los seis pasos de la vida a la muerte.

Un pintor famoso en Japón y quien terminara suicidándose aseguraba que la soledad se cura con el sentido del humor, la ironía y “burlándonos de nosotros mismos”.

Cierto. Pero en su caso, la soledad causó el peor estrago de la vida cuando la persona decide suicidarse.

Significa, entonces, que en ningún momento el humor significa el antídoto ideal.

La soledad de adentro, pues, ni siquiera se cura o puede curarse haciendo el amor con la pareja amada.

Sus raíces son más profundas y canijas.

EL VIAJE A LA OSCURIDAD

El arzobispo Hipólito Reyes Larios aseguró en homilía dominical que si las personas observaran los Diez Mandamientos, entonces todos seríamos felices.

Incluso, hasta se acabaría con la infidelidad y que, bueno, forma parte de la naturaleza humana y en todos los niveles, y como dijera el hippie Enrique Peña Nieto, “aquel que esté libre de una infidelidad… que tire la primera piedra”.

El sicólogo del barrio asegura que la soledad nunca llegaría al corazón humano si cada persona estuviera a gusto y en paz consigo mismo, aceptando, entre otras cositas, la vida que le ha tocado llevar.

Pero, bueno, con todo, y como lo decretaran en Japón, el capitalismo salvaje, tan ligado al consumismo, los consumidores impulsivos y compulsivos, bien pudiera significar la punta del iceberg que termina en la soledad.

La soledad que arranca con la frustración cuando el ser humano quiere más y más y más, y por equis razones está limitado, y entonces, brinca a montón de emociones y en un viaje esotérico se suicida.

El caso es que en Japón, con el Ministerio de la Soledad o para la Soledad, los expertos estudian alguna filosofía de vida para evitar, ajá, que la gente se sienta sola.

Caray, Sócrates, predicando la filosofía en la plaza pública, terminó tomando cicuta y suicidándose.

El poeta Manuel Acuña, uno de los hombres más inteligentes del país, lúcido, incandescente, con grandes aptitudes y cualidades, tomó un vaso con cianuro para quitarse la vida luego de que la musa de entonces y de tantos poetas, Rosario de la Peña, eligiera al poeta Manuel María Flores como su pareja.

Cazador de leones, tigres y elefantes, pescador, apasionado de los toros, las peles de gallos y la carrera de caballos, playboy que enloquecía a las actrices más bellas y hermosas, boxeador, Premio Pulitzer en Estados Unidos y Premio Nobel de Literatura, Ernest Hemingway se pegó un tiro en la boca con una escopeta.

Todo lo tenía, pero nunca pudo enfrentar con dignidad la soledad por dentro, aun cuando el sicólogo dice que el ADN del suicidio que arrastraba (con la depresión por delante) lo llevó a fatal desenlace.

El caso es que en Japón y Gran Bretaña se están ocupando más, mucho más ahora de la pandemia de la soledad que del COVID y la recesión.

Así andan por allá las tribus en el poder político. Al ratito, igual, igualito que con el coronavirus, la nueva crisis, más que epidemiológica, neurológica, sicológica, se multiplicará en el resto del mundo y llegará aquí, entre nosotros.

Hora, pues, de “poner las barbas a remojar”. La soledad, el aislamiento, la indiferencia laboral y social, llevan a una vida improductiva. Y entonces, la vida económica sufrirá revés insuperable, cuando como en Japón, lleguemos a más de veinte mil personas suicidas por año y a lo que el escritor William Styron llamaba “un viaje a la oscuridad”.