Mar. Jun 9th, 2026

POR ARMANDO RAMÍREZ RODRÍGUEZ.

Capítulo 32.

LOS CAMINANTES DEL IXTLÁN EN LA TIERRA DE OBSIDIANA
Transcurría la época colonial, cuando Gonzalo de Sandoval instaló un trapiche para moler caña de azúcar y transformarlo en aquel dulce néctar junto con una bebida que se habia popularizado entre los pobladores de la zona, el aguardiente. Dicha bebida hecha con la caña endémica de la zona se elaboraba en el ingenio «el uvero» (actualmente paso del ingenio) utilizando la fuerza hidráulica de una cascada de 12 m de altura que produce el rio Tecolutla en un lugar llamado Aztecalc, ahora Tula.
No había mano de obra para trabajar, y al enterarse Moctezuma Xocoyotzin le regaló a Cortés 100 hombres que llegaron del valle de la Anáhuac. Entre esas personas estaban: Ocelot, el tigre y Couaxixtec, víbora brava. Quienes a decir de los malos tratos que recibían del capataz, tuvieron que ultimarlo. Con ello iniciaron una rebelión y huyeron despavoridos refugiándose en la selva del Titépetl. En una aldea llamada Ixtlán, situada en una exuberante selva tropical a las faldas del imponente volcán. Específicamente en la parte oriente.
La rebelión hizo que la industria del ingenio cerrara sus puertas por el temor que había entre los plantadores y esclavos. Incontables historias emergieron de aquel lugar. Xochitepetl, flor de cerro, fue una joven de 18 años que huyó hacía el Ixtlán, y quien al cabo de los años contrajo matrimonio con Enrique Ramírez, un español capitán del bergantin, apodado el dragón, quien naufragó en Roca Partida.
Sus descendientes vivieron en el Ixtlán, y así como algunos pobladores al hacer erupción el volcán, se dispersaron buscando sitios donde establecerse. Entre aquella exuberante vegetación, algunas personas se asentaron en el cerro de Cacahuateno, en lo que posteriormente tomó el nombre de Catemaco. Otros buscando la tranquilidad del mar se dirigieron a Montepio. elgunos a Ranchoapan, Arroyo del rancho, San Andrés Tuxtla e Iztahuehuey, después conocido como Salina viejo: donde alguna vez vivieron los olmecas, también lamados hombres de sal. Quienes procesaban la sal rosada que se extraía de aquel lugar la cual utilizaban para realizar una ruta comercial hacia a tres zapotes.
En el San Martin se puede imaginar el Ixtlán entre el mito y la historia.
Esa historia que aún se distingue en el lugar, nos remonta a un pasado donde los gobernantes y sacerdotes enseñaban prácticas de agricultura con un pensamiento mágico religioso, a partir de su propia cosmovisión. En el Ixtlán tratamos de materializar al dios Quetzalcóatl, misticismo de la cultura náhuatl, donde la furia de la naturaleza destruyó pruebas de la existencia material de las prácticas religiosas de los lugareños. Aún hoy existen personas viviendo debajo del majestuoso volcán. Señor del monte, de los animales y de los chaneques. Subordinando hasta la Sierra de Sta. Martha y Soteapan, donde reina el tigre, Mecayapan el águila, Pajapan el gallo y Hueyapan el hombre de negro.
El historicismo del Ixtlán se ha transformado a través de la propia vida natural de la zona, la cual es rica en vegetación endémica; y aún conserva fauna de épocas antiquísimas. Esto a su vez ha hecho que se tejan relatos colectivos e individuales, de quienes hemos vivido y creció entre el misticismo de la historia social y natural que en ella han emergido.
Recuerdo el campo aledaño de San Andrés y Catemaco donde siempre caminé ardua y constantemente. Subí incontables veces el Cerro Amarillo donde los árboles son ricos en paixtle que, junto al dagame, extraíamos sus bellas flores blancas para adornar la casa en época navideña. Costumbre muy arraigada en todos los hogares, así como adornar la casa con el nacimiento, tradición judio-cristiana que sa perpetua en la zona junto a las tradiciones prehispánicas. Fiel prueba del sincretismo religioso y cultural del lugar.
Las figuras que adornaban el festejo de la navidad eran de barro y las casitas que se colocaban en el nacimiento de cartón. Las figuritas mostraban diversos animales (muchos no eran de la zona) como cisnes, borreguitos, caballos e incluso elefantes. También se veía el retablo con San José, la virgen y los tres reyes magos. Nuestra imaginación infantil se desbordaba esperando el seis de enero. Todas estas prácticas van desapareciendo al transitar de las generaciones, se vive un proceso de aculturación donde se han ido incorporado diversos elementos como el árbol de navidad y el papá Noel.
En Chigama había una poza cuyas paredes eran de barro gris, que utilizábamos en bloques para esculpir figuras y presentarlas en la clase de educación artística en la escuela secundaria. Los cerros de Mata Conejo y Venado, los subí varias veces compitiendo cada vez con mi propio récord. Recorrí la laguna encantada que desembocaba hasta Sihuapan, pasando por la comunidad de Sta. Rosa Abata. No sin antes adentrarme en la cueva del diablo, la cual por si sola resultaba tétrica;
refugio de miles de murciélagos que formaban en el suelo una gruesa capa de guano. Además, era lugar donde algunas personas se reunían para atraer o ahuyentar los espíritus malignos con gran conocimiento de herbolaria.
Entre mis historias personales de la zona, transité por el Cebollal y Maquina vieja. En el primero, el cultivo de cebolla morada se esperaba cada año con gran frenesí para después comercializarla, de ahí deriva su singular nombre. En Maquina vieja se buscaba desarrollar una fabrica de hilados y tejidos a base de la planta de algodón; sin embargo, el clima que muchas veces se mostraba adverso por tanta humedad acababa con los planes. Caminando por aquellas veredas que conectaban unas poblaciones con otras, llegué también a Tonalapan.
Una pequeña población rural que se sitúa a 3 km de San Andrés, y es la localidad más poblada del municipio. Es conocida por sus hermosas tejas que adornan las casas que aún conservan su arquitectura colonial.
Las pequeñas poblaciones que rodean el municipio, así como la región, conservan aún sus propias tradiciones. La ubicación entre ellas, aunque cercana, difiere en la praxis de los modos de vida creando historias que se han moldeado con el paso de los años. Convirtiéndose en testimonios de una época que subsiste entre las narraciones y en el tiempo mismo que permanece perenne en los vestigios naturales y materiales de cada uno de los rincones de la zona.