POR ARMANDO RAMÍREZ RODRÍGUEZ .
Capítulo 7.
Cuando oía el tren que salía solemnemente todas las mañanas, al igual que el dobleteo de las campanas de la iglesia de la catedral. Me transportaba a un mundo de aventura, creado por las historias fantásticas que nos narraba el profesor sobre tierras lejanas que resultaban misteriosas y desconocidas. El dobleteo de las campanas representaba un mundo cabal dónde nuestra fe e imaginación tomaban forma. Aprendimos a soñar, y aún hoy, mantenemos su enseñanza de seguir creando sueños y conectando la realidad con una mágica utopía.
Mi Madre hacía la plaza en el corredor, las señoras de Tepanca traían todas las verduras colectadas de los alrededores; la señora Chepa venía desde Catemaco ofreciendo pescado fresco directo de la laguna. Cada domingo visitábamos a mis abuelos maternos en Catemaco, donde tenían un terreno y cultivaban toda la clase de frutas, verduras y granos. Mi madre traía todo lo que se le antojaba. Regresábamos felices de tener con nosotros el amor de Vita en cada uno de sus bocados que nos ofrecía para la semana.
En mi casa recibí la ley y el sentido del deber, simultáneamente existía aquella voz amorosa de mi madre. En aquel lugar donde alguna vez fue una calle empedrada, se encuentra actualmente mi hogar. La casa donde viví con mis padres fue victima del progreso y hoy es un recuerdo de papel perdurable tan solo en la memoria del tiempo.
LA ESCUELA
Mi profesor el Sr. Patricio Redondo Moreno, nacido en 1885 en el cubillo Guadalajara, España. Llega a San Andrés en 1940 e implanta la Técnica Freinet. En España luchó a favor de la República, pero el triunfo fascista de Francisco Franco lo manda al destierro. La vida lo guío hacía un pueblo con selva tropical cerca de las montañas y del mar, San Andrés.
Entusiasta y con todo un bagaje de historias y recuerdos, nos empieza a enseñar arte y literatura. Nuestra percepción fue de un revolucionario espiritual que nos mostró su humanística rebeldía contra la tiranía y la intolerancia, además la austeridad ejemplar en su condición humana. Gracias a la enseñanza de la literatura como arma de poder ante el mundo, nos transmitió el uso e importancia de la imprenta para expresar y exponer nuestras ideas y pensamientos. Publicamos varias revistas como Xóchitl, Nacú entre otras tantas que se escapan a la memoria.
La parte recreativa existió sin dejar de aprender, algunas tardes realizábamos juegos de ajedrez, así mismo aprendimos inolvidables cantos como doce cascabeles o arroyo claro. Melodías que eran el reflejo de la cosmovisión de años de ordenamientos políticos y sociales.
Todo era glorioso en él, su conducta humana, su apostolado, su enseñanza ejemplar, pero lo más importante y que resulta una paradoja, habiendo sido un extranjero en tierras lejanas de su patria, fue quien nos enseñó a amar a nuestro país. Lo cual habla de la gran calidad y ética como persona, de su compromiso y agradecimiento a la tierra que le había abierto las puertas. Y si, el profesor tenía mucho que agradecer a México, pero también nosotros descubrimos otros mundos a través de la cultura literaria y de sus grandes enseñanzas recreativas… nos enseño a soñar y aprendimos a imaginar.

