Dom. Jun 14th, 2026

LA LIBERTAD DE ESCOGER…

Desde el principio del mundo sabemos que cuando estamos en la edad donde ya  comprendemos la diferencia del  Bien y el Mal, dependerá de nosotros a cual nos inclinaremos. Entendemos que todas las cosas malas que hagamos tendrán su resultado y todas las cosas buenas tendrán su recompensa es decir que no hay ninguna duda  al escoger, depende pues de nuestras acciones  lo que recibiremos.

Pero también depende mucho de los buenos  principios que nuestros Padres nos  inculquen, para así recorrer nuestro camino con la certidumbre andar rectamente y con esto evitar hacer las cosas por las cuales podríamos tener problemas, dolor, decepciones, y aún llegar a tropezar en cosas o hechos de mayor envergadura  lo cual  podría  traernos mucho  pesar  o  peor aún destruirnos la vida y con esto a la familia que nos rodea.

Veamos este relato:

Había una vez un hombre que deseaba mucho adquirir un objeto determinado, que parecía ser más importante que cualquier otra cosa en su vida; para  poder adquirirlo tuvo que endeudarse.

“Se le había advertido que no debía endeudarse de tal forma, y particularmente se le había prevenido  acerca de su acreedor. Pero parecía muy importante tener lo que deseaba y, en especial, tenerlo inmediatamente; además, estaba seguro de que podría pagarlo más adelante.

Firmó entonces un contrato por el cual habría de pagar la deuda dentro de un tiempo específico. No se preocupó mucho acerca del hecho, ya que la fecha de pago parecía ser muy lejana; tuvo lo que deseaba en ese momento, y eso era lo único que le importaba. Su acreedor no era más que un vago recuerdo; de vez en cuando realizó algunos pequeños pagos, pensando que de alguna manera el día del ajuste final jamás había de llegar.

Pero como siempre, ese día llegó al cumplirse la fecha establecida en el contrato. La deuda no había sido pagada totalmente y su acreedor apareció y exigió el pago total.

Solamente entonces comprendió que su acreedor no sólo tenía el poder de quitarle todo lo que poseía, sino también de enviarlo a la prisión.

“No puedo pagarle  porque no tengo el dinero para hacerlo” confesó.

“Entonces, dijo el acreedor, “haremos que se cumpla el contrato, tomaremos  sus  posesiones  y  usted irá a la cárcel. Usted estuvo de acuerdo; fue su decisión. Firmó el contrato y ahora debemos ponerlo en acción”.

“¿No podría extenderme el plazo o perdonarme la deuda?”, suplicó el deudor. “¿Arreglar alguna forma para que pueda mantener mis propiedades y no ir a la prisión?. Seguramente usted cree en la misericordia. ¿No la tendrá conmigo?”

El acreedor contestó: “La misericordia siempre favorece sólo a uno, y en este caso solamente le servirá a usted. Si soy misericordioso quedaré sin mi dinero. Justicia es lo que demando. ¿Cree usted en la justicia?

“Creía en la justicia cuando firmé el contrato”, dijo el deudor. “Entonces estaba de mi lado, porque pensé que me protegería.

Entonces no necesitaba misericordia, ni pensé que jamás la necesitaría; estaba seguro de que la  justicia nos serviría igualmente a ambos”.

“Es la justicia que exige que usted pague el contrato o sufra la pena”, respondió el acreedor. “Esa es la ley. Usted  estuvo de acuerdo y así es como debe ser. La misericordia no puede robar a la justicia.”

De esa forma, uno demandaba la justicia y el otro rogaba por misericordia. Ninguno podía quedar satisfecho, excepto  a costa del otro.

“Si usted no perdona la deuda no habrá misericordia”, contestó el deudor.

“Pero si lo hago, no habrá justicia”, fue la respuesta.

Parecía que ambas leyes no se podían cumplir al mismo tiempo, son dos ideales que parecen contradecirse mutuamente ¿No hay forma en qué se pueda cumplir la justicia al mismo tiempo que la misericordia?

¡Hay una forma! La ley de la justicia puede ser satisfecha al mismo tiempo que se cumple la de la misericordia; pero se necesita alguien que interceda. Y eso fue lo que sucedió.

El deudor tenía un amigo que fue a ayudarle. El conocía muy bien al deudor y sabía que era hombre falto de previsión; sabía que era imprudente haberse metido en ese aprieto, no obstante, quería ayudarlo porque lo amaba. Entonces intercedió ante el acreedor y le hizo una oferta.

“Yo le pagaré la deuda si usted libera al deudor de su compromiso para que pueda mantener sus posesiones y no tenga que ir a la cárcel”.

Mientras el acreedor meditaba sobre la oferta, el mediador agregó: “Usted demandó justicia y, aun cuando él no puede pagarle, lo haré yo. Usted habrá sido justamente tratado y no podrá quejarse pues no sería justo”.

El acreedor  aceptó la propuesta.

El mediador le dijo entonces al deudor: “Si yo pago tu deuda, ¿me aceptarás como tu acreedor?”

Claro que sí exclamó el deudor. “Tú me salvas de la prisión y eres misericordioso conmigo”.

Entonces dijo el benefactor, “Tu me pagarás  la deuda a  mí  y yo estableceré las condiciones. No será fácil, pero será posible. Yo proveeré la forma en que puedas  hacerlo y no será necesario que vayas a la cárcel”.

Así  fue que el acreedor recibió su dinero. Se le trató justamente sin que hubiera necesidad de romper el contrato.

El deudor a su vez recibió misericordia. Ambas leyes habían sido cumplidas. Puesto que hubo un mediador, se había cumplido con la justicia y la misericordia quedó totalmente satisfecha.