Mar. Jun 9th, 2026

“En esencia, somos criaturas sociales. Por ello, es cosa noble estar predispuestos a entendernos y a atendernos, a dar razón a todo lo que es justo”.

 

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Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor

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Necesitamos ganar confianza, entre pulsaciones diversas, a fin de retomar vínculos sustentados en el amor y en lo verídico, aunque nos duela. Nos lo acaban de indicar los astronautas de la Artemis II, justamente en Naciones Unidas: “la humanidad es capaz de hacer cosas extraordinarias cuando actúa junta”.  En efecto, la unión siempre hace la fuerza y la discordia la debilita. Sólo en un mundo, con una ciudadanía más corazón que coraza, es posible la unidad. La sinceridad, pues, al poder. Más vale vivir un minuto de vida honesta y franca, que mil años de hipocresía. Subsiguientemente, es vital ahondar mar adentro, a fin de conservar una tranquilidad y un equilibrio providencial, incluso en los períodos más críticos, cuando todo parece hundido por nuestras propias miserias.

Ha llegado el momento, tenemos que despertar de los falsos sueños mundanos, a pesar de nuestras debilidades. Querer hacerlo, es poder realizarlo. Precisamente, la tripulación del Artemis II, que tuvo la dicha de realizar el vuelo espacial tripulado más lejano de la historia, viajando más allá de la cara oculta de la luna y regresando sanos y salvos a la tierra, tras días intensos, exigentes e inspiradores; reavivaron, desde sus entrañas, el sentido de la participación humana compartida en la exploración del espacio. Indudablemente, somos seres en relación, que requiere de esa conciencia colectiva, más madura en el discernimiento, al conjugar diversos horizontes. Desde luego, activar el juicio de la verdad desde la bondad, nos acrecienta una escucha mutua y un análisis universal.

En esencia, somos criaturas sociales. Por ello, es cosa noble estar predispuestos a entendernos y a atendernos, a dar razón a todo lo que es justo. La equivocación, inherente a toda acción humana, resulta cruel; cuando se persevera voluntariamente en el error, floreciendo como algo diabólico, lo que nos demanda sanación urgente. Sea como fuere, el orbe de la nueva época global, como el mundo de los vuelos cósmicos y de las conquistas científicas y técnicas, tampoco puede endiosarse. Lo expresan también muy claro los astronautas, la experiencia más poderosa fue divisar el planeta, que parecía pequeño, frágil, casi etéreo contra la vasta oscuridad, como algo necesitado de protección. Es preciso y precioso, por tanto, que todos nosotros nos encontremos y nos reencontremos en unidad.

Sí unirse es el comienzo de todo avance, reunirse es el inicio que activa la cultura del abrazo leal, que es lo que nos hace cooperar y colaborar contiguos; porque, además, la salud es la entidad armónica que da valor a todos los años existenciales haciendo familia. No hay curación, sí nos dejamos guiar por el afán dominador de un desarrollo inhumano a más no poder, marcado y remarcado por graves injusticias, ante la falta de moral y ética que nos deja sin respiración. Una civilización, con perfil puramente materialista como la presente, se esclaviza ella misma con el penal de vicios y vacíos, que colecta. En todo caso y, a poco que nos adentremos en los paseos vivenciales, nos hallaremos con dramas que no pueden dejarnos indiferentes; son estos espacios maltrechos, los que precisan cuidado.

El néctar viviente es un requerimiento natural; ya no sólo corporal, también espiritual. De igual modo, que la vida dentro de la nave espacial, -como lo recordaban los tripulantes de la misión-, nos advierte de la implicación colectiva, también los que caminamos por aquí abajo, necesitamos sentirnos custodiados y queridos por el sentido humanitario de solidaridad. Por desgracia, nos mueve el interés mundano, que lo único que hace es disgregarnos, con riadas de tensiones y oleajes de violencias. Lo cardinal es el respeto hacia todo análogo. Dicho soplo, por ende, da aliento; y, como tal, tiene su tacto como primera condición para saber vivir. Sin embargo, cuando los que nos dirigen olvidan el rubor, los que nos doblegamos solemos perder la tolerancia. Toca enmendarse, pues, cada aurora.

Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor

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03 de mayo de 2026.-

_____________________________REFLEXIÓN POÉTICA—————————————————————————————————————————————–

 

COMPARTIENDO DIÁLOGOS CONMIGO MISMO

 

UNIDOS; A QUIEN LO ES TODO

 

SIN ÉL; NADA SOMOS: Jesucristo se refiere a sí mismo, narra los atributos etéreos de habitar en nosotros, como verdadero Dios y verdadero hombre. Es Dios-Hijo, semejante al Padre y al Espíritu Santo, que vino al mundo a buscar y a salvar lo que estaba perdido. La fe comporta alcanzarlo a diario, en las sencillas acciones de la efusión celeste, que componen nuestra jornada terrestre. Abramos las puertas del corazón y dejémonos guiar por sus claros pulsos rehabilitadores.

 

I.- CRISTO, PASAJE HACIA EL PADRE

 

El deleite de Jesús es custodiarnos,

estar a nuestro lado en todo bregar,

transmitirnos paz en nuestro andar,

despertarnos en el deseo de querer,

pues sólo amando uno se robustece.

Para eso se ha manifestado al orbe,

y ha venido a este mundo de lloros,

para que se acaben las turbaciones,

y empiece un tiempo de esperanza,

donde todo será evidencia y júbilo.

No desfallezcamos, pues, tampoco;

aunemos nuestros latidos en Cristo,

sigamos su trayecto hacia el Padre,

marchemos a la dicha de su piedad,

sin reincidir en la desdicha del mal.

II.- CRISTO, AUTENTICIDAD DEL PADRE

 

En este endiosado mundo maligno,

dividido y violento a más no poder,

se discute de verdades que no son,

se habla a chorros de aclamaciones,

que son loas de réditos mundanos.

En el espacio divino todo es verso,

verso que vive en el celeste verbo,

verbo que por sí mismo es verdad,

verdad que se hace bondad y amor,

para poder ser la percusión poética.

Volvamos sin temerlo al Salvador,

Él es la nívea pureza del cohabitar,

el maravilloso acorde de compañía,

la coherencia suprema en el hacer;

pues en el decir, va su propia vida.

III.- CRISTO, EXISTENCIA EN EL PADRE

El Hijo posee esa semejante savia

del Padre, que se alojaba en Dios

desde el principio, una vida llena

de latidos, con sabor a perfección,

crecida y recreada en lo armónico.

Con Jesús se degusta la existencia,

existencia que fluye como el agua,

agua que nos limpia las impurezas,

impurezas que se vuelven purezas,

pues por su santa cruz nos redime.

Habitando con Él, todo se renueva,

el vigor se forma en cada mañana,

y en cada aire como dador de luz;

que nos revive a vivir en su amor,

y nos vivifica a morar en su señal.

Víctor CORCOBA HERRERO

[email protected]