MENSAJE DE NAVIDAD 2010

Foto: Archivo.

“Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador” (Lc 1, 46).

A todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Partiendo del cántico de María, mejor conocido como el Magníficat, les envío a todos ustedes un mensaje de Navidad.

El Papa Benedicto en la Exhortación apostólica Verbum Domini dice que: “es necesario mirar allí donde la reciprocidad entre la Palabra de Dios y la fe se han cumplido plenamente, o sea, en María Virgen, que con su sí a la Palabra de la Alianza y a su misión, cumple perfectamente la vocación divina de la humanidad” (No 27).

En este mismo sentido dice el Papa que en el magníficat se ve de qué manera ella se identifica con la Palabra y alaba al Señor con su misma Palabra.

El Magníficat es un retrato de su alma que: “pone de relieve que la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual entra y sale con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Así se pone de manifiesto, además, que sus pensamientos están en sintonía con el pensamiento de Dios, que su querer es un querer de Dios. Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada” (Verbum Domini No 28).

El motivo del cántico de María es la vida que viene de Dios y la razón que lo explica es el poder de Dios que cambia e invierte las situaciones de injusticia que se dan en la historia de Israel: “Destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada”. En nuestros días, por tanta violencia e inseguridad, hace falta esa acción de Dios; pero hace falta también que nosotros, a ejemplo de María, edifiquemos nuestra vida en la Palabra del Señor y en el Señor de la Palabra.

Que de nosotros no se diga: “vino a los suyos y los suyos no la recibieran”, sino: “a los que la recibieron les dio poder llegar a ser hijos de Dios a los que creen en su nombre” (Cfr. Jn 1, 10-11).

Nuestra esperanza debe estar en el Señor. Pero, la esperanza tiene su fundamento en la fe y su consecuencia en la caridad. Por esto, la esperanza es también tenacidad y perseverancia, es paciencia y constancia en las dificultades de cada día.

La cultura de muerte, de la que hablaba el Papa Juan Pablo II, se ha dejado sentir mucho más en este año que está por terminar.

Lo que estamos pasando comprueba que la violencia engendra más violencia, lo cual nos exige una fe más fuerte que se sobreponga a estas realidades, que las supere y las trascienda, poniendo nuestra confianza y esperanza en el Señor. Comprobamos una vez más como decía Pablo: “Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres!” (1 Co 15, 19).

En esta situación pongamos nuestra confianza en el Señor que en la historia de Israel: “Ha hecho sentir el poder de su brazo”.

La esperanza es parte de nuestra identidad cristiana y el hacer obras grandes “acordándose de su misericordia” es parte de la identidad de Dios. La encarnación es obra de la misericordia de Dios. En ella, Dios salió a nuestro encuentro, esa es nuestra esperanza, “la (gran esperanza) para poder vivir el propio presente, la gran esperanza que es, el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo,” (Verbum Domini 91), en su Hijo Jesús.

Por esto, nuestro júbilo y nuestra alegría están en el Señor. Con la encarnación de su Hijo el Padre celestial cumplió con creces y más allá de toda expectativa, las esperanzas de Israel y de toda la humanidad.

Por eso, la Navidad del Hijo de Dios nos llena de alegría y con Isabel saludamos a la Virgen María diciéndole: “Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre” (Lc 1, 42).

De la misma manera, con María nos dirigimos al Señor diciendo: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador porque puso sus ojos” en nuestra humanidad.

Cito nuevamente al Papa Benedicto XVI que dice: “Contemplando en la Madre de Dios una existencia totalmente modelada por la Palabra, también nosotros nos sentimos llamados a entrar en el misterio de la fe, con la que Cristo vino a habitar en nuestra vida. San Ambrosio nos recuerda que todo cristiano que cree, concibe en cierto sentido y engendra al Verbo de Dios en sí mismo: si, en cuanto a la carne, sólo existe una Madre de Cristo, en cuanto a la fe, en cambio, Cristo es el fruto de todos” (Verbum Domini No 28).

Que al celebrar esta Navidad, por la intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de la Palabra encarnada, experimentemos la presencia del “Emmanuel”, “Dios con nosotros”, y nos llenemos de su esperanza y alegría. ¡Que así sea! ¡Feliz navidad!

Mons. José Trinidad Zapata Ortiz, IV Obispo de San Andrés Tuxtla.