Mis recuerdos de San Andrés

Sin duda, San Andrés es una ciudad amada por quienes en esta región nacimos. Este catemaqueño declara que muchos referentes, muchos lazos, le unen a la Sultana de los Tuxtlas, como la llamó su ilustre primer cronista, don León Medel y Alvarado.

“Relicario de recuerdos” le llamaría yo. Y parafraseando a otro ilustre tuxtleco, don Eduardo Turrent Rosas, autor del bello libro San Andrés de mis recuerdos, titulo estas líneas: “Mis recuerdos de San Andrés…”

Hay tal afinidad entre San Andrés y Catemaco que imagino al apóstol San Andrés –pescador de origen- surcando el lago, con el previo permiso de San Juan Bautista y la misma Virgen del Carmen, patrones del lacustre pueblo.

En San Andrés, vivimos, la recorrimos y la disfrutamos. Un tiempo ahí fuimos estudiantes. Ahí nos enamoramos y llevamos serenatas a las sanandrescanas de juveniles amores.

Mis reminiscencias se remontan al siglo pasado, cuando San Andrés aún era una quieta población, con bellísimas casonas, testimonios del auge tabacalero…Ciudad ya centenaria que despertaba al silbato del tren, con calles empedradas en las que resonaba el andar de los caballos lecheros.

San Andrés que madrugaba en el concurrido mercado, situado en el centro de la población. Centro de abasto popular y termómetro del diario transcurrir de la comunidad; donde hombres y mujeres llegados de los rumbos de la Glorieta, de Otapan, del Cebollal, de la Estación o de Ranchoapan emprendían, con la oferta y la demanda, el diario afán de hacer por la vida…

El mercado con sus fondas –recuerdo a doña Tibi Turrent-; las canasteras vendedoras de legumbres, las tortillas de mano, las frutas de la estación, los dulces, los merolicos, los cargadores, los perros vagabundos…Y ambientado con sus puestos, su policromía, sus aromas, su aglomeración, sus personajes y su barullo… Luego, el mercado se estableció donde estuvo el cuartel del 9º. Regimiento de caballería y también la escuela secundaria Isaac Ochoterena.

Un poco desdibujado acude al recuerdo la plaza principal: El palacio municipal de amplios portales; las entradas al mercado, distinguidas por una especie de torrecillas de madera que figuraban torreones de castillo. En esa acera estaban la farmacia Rueda, el puesto de revistas de don Beto Moreno, la tienda La Novedades, La zapatería Madero…

Enfrente, el arbolado parque poblado de ruidosos pichos, con sus refresquerías y su quiosco de arabescos; su banca “changay” reservada a los notables del pueblo y un estanquillo, de nombre “México” que –creo- fue la primera librería. Muy cerca la estatua del Presidente Juárez… Al norte, La imponente Catedral con su extenso y elevado atrio. Bella estampa de típico pueblo sotaventino.

Señoriales casas al sur…y al este la antigua y cantonal escuela primaria Landero y Coss … Y enfrente, la casa del obispado en cuyo corredor observé con curiosidad, en muchas ocasiones, al obispo don Jesús Villarreal y Fierro ir de aquí para allá, libro en mano, leyendo, meditando.

Era tiempos cuando los expedíos de gasolina estaban en la casa López Mirado, y si no recuerdo mal había otra gasolinera en la casa de doña Aurora de Corte. Luego vendría de orden de esos expendios de combustible debería estar fuera de centro.

A esta ciudad veníamos, o nos traían cuando niños…a que nos vacunara don Eustaquio Gamino en la “sanidad”, situada en una casona vecina de la Escuela Josefa Ortiz de Domínguez, enfrente del concurrido restaurant “Lolita”, primera terminal de los Autobuses de Oriente, que viajaban a Veracruz, Xalapa y México…

Nos median calzado en la zapatería “Madero” de Chito y Tavo Pérez Turrent…A contemplar la gran estrella de madera y cristal, en la tienda de don Manuel Álvarez Campa; a comprar buen café en La Popular de los hermanos Calzada y de paso ver el anuncio de “Pedro Alonso vende Barato”…o entreternos viendo el aparador de La Sorpresa, de don Andrés Ocaña.

Adquiríamos ropa y telas en La Flechita, en La Sorpresa de los Ocaña, o con El Cuate Rogelio. Y si queríamos casimir, ahí estaba Yayo Álvarez; luego también lo haríamos en la tienda de Tino Torres…

Los útiles escolares estaban en La Oficina de Chucho Villegas… Novedades finas y de buen gusto se encontraban en La Moda de doña Lola de la Maza… Y si de abarrotes se trataba pues acudíamos a La Central de Huber y Limón, en el ” ombligo” del mercado, con don Beto Gonzáles , el güero Nicanor o con Alfredo Toto …y de pasada comparábamos nuestra infantil estatura con la pirámide formada con metates de piedra, de diversos tamaños, en la tienda don Andrés Ortega… Ah, pero en épocas de Navidad era imperdonable no surtirse en la tienda de ultramarinos de los Quiala…

Había que echar un vistazo al aparador de La ferretería La Prueba, de don Bernardo Rojas- seguramente por ahí andaría Albano, que llegaría a ser el tercer Cronista- . O íbamos a ver qué novedades ofrecía La Regional de don Manuel Bremont… Y para los juegos, trompos, pelotas de esponja o soldadito de plomo era recomendable visitar El Juguetito de Práxedes Rodríguez.

Y no estaba de más admirar los finos radios Punto azul que vendían en Las Novedades, atendida por el catemaqueño Carlos, el Gallego Rodríguez, y por ahí limpiando el mostrador andaba “el Caco” …

Comprábamos pan en La Fama; aún perdura el sabor de la “caprichos” Y por los primeros días de enero acudíamos a La Palma, de don Carlos Isla y doña Rosita, a escoger los juguetes que pediríamos a los Santos Reyes, asesorados por la atenta amiga Chavelita Navarrete…

Por cierto, en La Palma jugaba un niño larguirucho, nieto de los dueños, era Carlos Isla de la Maza, el escritor, con quien muchos años después, compartí labores creativas en una agencia de Publicidad Ferrer.

Y cuando dolía la muela, caso frecuente…pues a un lado del parque estaba el dentista, don Tino Hernández, cuya paciencia y fino trato hacia soportable la estancia en su consultorio; lo insoportable llegaba a la hora de aplicar la fresa o el temible “ungüento de acero” para extraer la pieza enferma.

Por cierto, en ese consultorio leí por primera vez un ejemplar de la revista Siempre ¡ Y ahí conocí a otro muchacho, hijo de Tino, luego mi compañero en la carrera de Publicidad y oficio, como redactores publicitarios; me refiero por supuesto al laureado poeta Francisco, Chico, Hernández Pérez..

En los soleados y calurosos días de mayo lo refrescante era saborear un helado con Chalo Hernández en su nevería La Siberia…o en El Popito de doña María Pires… Y deleitarse con las gaseosas y paletas del Polo Norte…o probar los refrescos Pinito del Güero Absalón que también vendía botellones de agua “mineral” “Coyagua”, cuyo eslogan aseguraba: “tome Coyagua y tomará Coyame”

Nunca olvidábamos comprar las historietas recientes en el estanquillo de don Beto Moreno, o con los de Sedas, que después fue de la familia Silva.…

Y si las dolencias se apoderaban de nuestra infantil humanidad, había que ir al doctor…Ahí estaban los médicos Armando Ramírez Sánchez, Leodegario Toto Linares, Manuel Pretelín Flores, Joaquín de la Llave y Puerto…

O acudir con el viejo amigo y médico familiar Raúl S Agudín, también escritor, cronista y explorador, cuyo consultorio quedó grabado en el recuerdo por la cantidad de insólitos objetos que atesoraba, incluido un cráneo que -contaba el galeno- perteneció a una bella mujer que murió en sus brazos, cuando él era pasante… y nadie la reclamó….

Y para medicinas… la preferida era la Farmacia Rueda del siempre amable don Juan Rueda Labarbe, y Jacinto, segundo de abordo en alquimias y fórmulas, además ofrecía un variado surtido de fina perfumería y productos fotográficos…Pero también estaban La Cruz Roja de don Aurelio Ballados Lara, beisbolero de corazón. La Guadalupana, de don Tacho Mantilla, papá de los amigos Agustín y Memo ….Y por ahí se leía un anuncio: “ya se acerca la Quialina, cargadita en medicinas”

Recuerdo al San Andrés pintoresco, de típica arquitectura sotaventina, casonas de dos plantas con sus techos de teja… La Glorieta, pequeño y grato parquecillo entrada y salida de la ciudad a la vera de la casa del coronel Ibérico Fariña…donde ahora se encuentra la terminal del ADO. Recuerdo a don Ibérico. Siempre portando el uniforme militar.

De la Glorieta partía la avenida Juárez, que cada mañana se vestía con el colorido de las marchantas «canasteras» que bajaban de las congregaciones cercanas hacia el mercado; y en sus canastas traían una rica variedad, flores y verduras, productos de las hortalizas aledañas, en las que se combinaban, en gama caprichosa, todos los colores del espectro…

Presente en la memoria, en la avenida Juárez; el rumoroso río Puchuapan, con su puente colonial, su ceiba centenaria y sus lavaderos; la peluquería de Artaldo, que parecía que tenía la misma edad de puente. Enfrente, las bodegas de don Alfredo S Pretelín…, más allá, donde hoy es la posada San Martín, la estación de los autobuses ADO. Puchuapan es un lugar referencial. El arquitecto y escritor sanadrescano Roberto Ramírez Rodríguez escribió que, tal vez, en ese sitio comenzó el poblado…

Y hacia arriba, la casa de las ranitas, de don Carlos Isla. Y en la misma calle, hacia el centro, flanqueada de pinos, la tienda de don José Muñíz Álvarez, La cristalería La Palma, la mueblería Teleradio Comercia con su muy variado surtido de discos de modal y más allá la tienda don

Fachito con sus telas y rebozos.

Pasando la callejuela, que ahora lleva el nombre del doctor Raúl S Argudín, la señorial casona del Hotel Fernández, donde se hospedó el presidente Obregón en su vista a las Tuxtlas ,en 1923 y la esquina de La Regional de don Manuel Bremont con su novedades…y la atención de Ramón, que entre cliente y cliente, dibujaba una caricatura.

Y por la calle del antiguo Obispado ya destacaban las grandes y surtidas bodegas de azúcar de los hermanos López Miranda…y a pocos metros sombreada por un enorme framboyán se encontraba la escuela experimental Freinet con su fundador Patricio, y los maestros Julio, Eulogio, Marta, Norma y otros nombres que escapan a la memoria… Y antes de llegar al centenario y colonial templo de Santa Rosa, la imponente residencia estilo californiano de la familia González Morando, actualmente demolida.

Las calles del centro, la mayoría empedradas, en las que resonaban las herraduras de los cuacos, unas apenas asfaltadas, pero todas pobladas de árboles…La calle Bocanegra que llevaba al barrio de Campeche y más allá, al Cebollal, a la laguna encantada y hasta la Máquina vieja…

Espléndidas casonas de calle Madero, el Casino Sanandresano,La imponente casona de don Luis Carrión; los billares y el bar Vinos Finos de don Carlos A Pérez, la sastrería El Figurín de don Pico Carrillo -que cortó primer traje formal-, además agencia oficial de la Lotería Nacional.

La Diana de la familia Ramos Fuster, El hotel Almendrito; en la esquina, la tienda el salón de belleza de Toñita Turrent, con sus secadoras de pelo como cascos de astronauta. Los cocteles de la cuates Cházaro. La casa de familia de don Toño Turrent, y el amigo Jaime… Las deliciosas nieves, paletas y demás golosinas de doña Nena González frente a la iglesita de Santa Rosa…o la larga calle de la estación…

Los pintorescos barrios, Belén grande y Belén chico con sus jardines, sus dagames, huertos y callecitas tortuosas y empedradas…donde los tercos vientos, nortes del San Martín, formaban remolinos y no dejaban títeres con cabeza…

Frente a la antigua Secundaria, situada, donde hoy está La Posada San José, en casa de las maestras Maldonado, estaba el laboratorio clínico de la química María Teresa García Cadena, también escritora y periodista. Era mi tía materna y gracias a ella conocí San Andrés y lo hice mío…

Precisamente, ahí en su laboratorio, conocí a un adolescente inquieto que hurgaba en el microscopio y luego sería prestigiado radiólogo e ilustre cronista de esta ciudad, me refiero el bien recordado, generosos y culto amigo Albano Rojas Aldana…

Chichipilco, es un punto verde y feliz en la memoria…lo conocí de la mano de una prima y conmigo se quedó, para siempre, en el recuerdo la belleza de ese espacio de paz con su tupida y verde fronda, sus dagames, árboles frutales prodigiosos y el quiosco decorado por la pintora Toñita de la Cera…y al derredor un barrio acogedor y amigable…y muy cerca el boscaje de la hacienda-huerto El Jardín de la familia Solana.

La calle de la estación, las tiendas de don Jenaro Mateu, de don Carlos Rodríguez, de Baraquiel Hernández, las bodegas de los Carrión, de don Casimiro Vázquez, dueño de los juegos mecánicos “Carnaval Estrella “… y más allá la bifurcación del camino, a Ranchoapan y a la Estación del ferrocarril…

La Estación. Un edificio evocador de la era porfiriana, sitio de encuentros y despedidas, de salidas y llegadas. A bordo de su cansado y lento tren, como de juguetería, salieron las riquezas de nuestra tierra y por ahí llegaron migrantes, circos, y toda clase de mercancías y novedades. En ese trenecito emprendimos tediosos viajes de 70 kilómetros, hasta la “lejana” villa de Juan Rodríguez Clara. La salida tempranera y la llegada vespertina del tren ramal daban vida al barrio.

No puedo dejar de mencionar algunos personajes, sólo algunos de los tantos que conocí, a quienes debo amistad y enseñanza, como el maestro Adalberto Toto Linares, editor del periódico Adelante, luego El Diario de Los Tuxtlas. Fue mi primer maestro de periodismo. Su periódico, -ahí recuerdo a la gentil Virginia- publicó mis primeros textos…

A Ramiro Gracia Bernal, apasionado de la comunicación, quien me brindó las páginas del semanario Palestra…Albano Rojas Aldana, ya Cronista, y acervo enciclopédico de San Andrés.

Don Esteban B Delgado, impresor que alentó mi vocación por las artes gráficas y me enseñó los principios de la tipografía, la paciencia de Pepe Arévalo sabedor de los secretos de imprenta. Al historiador y primer cronista don León Medel y Alvarado que me regaló muchas interesantes pláticas y anécdotas. A mi primer maestro de dibujo, el pintor Jorge Escalera, culto, siempre caballeroso, y de estudiada palabra…A la anecdótica plática de don Joel Sosa Moreno… la simpatía e ilustrada charla de don Fito Olvera…la amistad generosa de la maestra Ernestina Gutiérrez Reyes. Y en de legajos y archivos, en el Registro Público recuerdo a don Felipe Pérez, por cierto, catemaqueño, con su inseparable puro.

Y si de palabras hablo, rememoro la palabra ríspida y sabia del gran maestro Patricio Redondo; la sustanciosa plática del culto y clásico poeta Yeyo Ballados, el Fóforo, universitario vasconcelista, amistad generosa que me abrió las puertas al mundo del cuento y sus autores con Allan Poe y Borges… La amable simpatía y charla interesante y apresurada del estimado don Juan Rueda…

Al serio doctor Juacho de la Llave, director de la prepa. El maestro Primitivo Baltazar con su blanca vestimenta y sus clases de matemáticas e inglés…El profesor Adalberto Toto Linares y su clase de geografía…y química con su hermano, el doctor Leodegario. La recreación histórica, envuelta en excelente y bella narrativa de doña Ena Díaz de Limón…el tradicionalismo de doña Ana Cadena… la florida prosa de doña Graciela Moreno de Hess… Y aquel señor, que vendía paletas de Polo Norte, frente a La Palma, y anunciaba las paletas golpeando la tapa de cajón de madera… cuyo nombre nunca supe

Y de pronto, un día, en Santiago Tuxtla se inició la radio XEDQ. Cuando la trasladaron a San Andrés, fue la Radio Alegría de toda la región…recuerdo entre sus gerentes a don Aurelio García y a Benito Ramos Fuster… Los locutores…Ramiro Gracia, Paco Álvarez, Clemente Arturo, Facundo, Carlitos Azamar Hagmayer, Chito Álvarez…Hugo Tépach…

No debo dejar de referir el recuerdo de los dos únicos cines…el Lux y el Estrella, “el cine de las multitudes y las mujeres bellas», rezaba su slogan. Ahí en la penumbra gozamos el séptimo arte, en funciones de permanencia voluntaria o del dos por un boleto…Y en esas salas también presenciamos teatro, ballet, las giras de la famosa Caravana Corona y a magos y faquires, cuyos nombres se han olvidado…

La referencia al cine no sería completa sin mencionar a un personaje complementario del ambiente de la época: a Nando Navarrete, recorriendo calles y anunciando, con estentórea voz, las funciones cinematográficas…Y qué tal las fotos…para ello estaban prestos Quintín Alvarado en Alvacolor y también el “Studio fotográfico” de Jorge Alvarez…Y si de bicicletas se trata, ahí estaban los hermanos Torres.

Y por ahí, en el recuerdo, en alguna calle o esquina, cual ráfaga, se cuela la imagen triste y gris del ciego Agustín, entonando raras tonadilla, mientras golpeaba el piso con su metálico bordón.

Tradicionalista por esencia, San Andrés ha mantenido ancestrales costumbres y tradiciones. Recuerdo los “presentes” del 8 y 12 de diciembre, las “parrandas navideñas” , al “viejo de fin de año”… y en particular a la mojiganga con sus personajes chuscos, “porfirias”, “tarascas”, “el torito” que pasaba de mano en mano para corretear a la chamacada…y los “gigantes y cabezones”, especialistas en perseguir a las muchachas…

Y si hablo de tradicionalismo, por ahí andaba otro chamaco, ducho en esos menesteres culturales, Fito Soler siempre acompañando a su mamá doña Ticha…Quiza ya imaginaba Fito que con el tiempo llegaría a destacar en el periodismo impreso y radiofónico.

Por cierto, la mojiganga, herencia hispana enriquecida por el humor tuxtleco, está siendo desvirtuada con la inclusión de personajes de moda. Ello amenaza con borrar una de las tradiciones más representativas del ingenio y creatividad populares…

Siempre llamó mi atención la gigantesca estrella luminosa que cada temporada navideña alumbraba los caminos del barrio de Belén Grande, costumbre iniciada por el maestro orfebre don Silvestre Ortiz… Y era casi obligatorio visitar con las primas el Nacimiento que instalaban las señoritas, a quienes llamaban “las Cundas”, en su casa, la única cercana al centro de la ciudad, con techo de zacate

Y en mi memoria está impresa la imagen de un señor –cuyo nombre nunca supe- que cada año, por días decembrinos, bajaba por la calle Juárez con su cargamento de fantásticas estrellas forradas de celofán, por él elaboradas…

Recuerdos… recuerdos… continuarán… porque muchas vivencias gratas relacionadas con esta centenaria y querida ciudad quedan en el tintero, guardadas entre las recordanzas, esperando aflorar en la palabra escrita

Porque, San Andrés Tuxtla es presencia en el ánimo, en el sentimiento fraterno, en la querencia de muchos tuxtlecos. Es un referente en mi pasado y presente…por eso la amo y siempre está vigente en el recuerdo…

©shg.