Pequeña historia de una torre

Acérquese, amigo caminante. Acérquese y descanse a la sombra de mis muros. Escúcheme un momento…comparta conmigo un instante del tiempo catemaqueño.

 Aunque he cumplido cien años, aquí estoy, siempre erguida. Aún me sostienen estas paredes centenarias que han desafiado años, soles, vientos y tempestades. Sigo vigilante, marcando las buenas y malas horas de este pueblo de pescadores que arrulla sus ilusiones a orillas del bellísimo lago.

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Ocupo una esquina, al poniente del palacio municipal, casi frente al parque y cerca de la iglesia. Desde aquí contemplo a los que gobiernan, a los que pasean o van al templo; y a los que acuden a los consultorios médicos, a las tiendas, farmacias, bares y otros centros de reunión. Observo las casas, los patios, el entramado de las callejuelas y todos los sitios donde palpita la vida comunitaria, donde flotan los sueños y aterrizan las realidades.

Cada hora las campanas de mi reloj dan ritmo al tiempo catemaqueño, lo apuro, lo atraso y si me detengo, pienso que también se detiene la vida pueblerina.

Como es sabido, fui inaugurada el 15 de septiembre de 1900. Debo mi construcción a un hombre generoso que, sin ser nativo de la Villa, la quiso entrañablemente: el alcalde don Francisco Mortera Sinta. Soy testimonio de su espíritu progresista. Don Pancho (a cien años puedo tomarme la libertad de llamarlo así) quería que la torre pudiera contemplarse desde varios puntos del poblado. Y que el reloj marcara la pauta del diario acontecer.

Dirigió mi construcción el maestro de obras don Ventura Cárdenas. Su equipo de alarifes dio forma a la idea del señor alcalde. Mi alma es de laja, material extraído en el rancho de don Pedro Manuel García. Ahí se labraban los grandes bloques y una carreta tirada por bueyes los transportaba hasta aquí. Eran unidos con mezcla de arena y cal viva obtenida triturando y quemando grandes cantidades de huesos y conchas del lago.

Mi estilo es indefinido, con reminiscencias neoclásicas en mis tres cuerpos y en mi pequeña cúpula ochavada.

Siempre recuerdo el día de mi inauguración. Presentes don Pancho, don Ventura y sus familias, el obispo de Oaxaca, el jefe político del cantón e invitados de San Andrés, Santiago, Tlacotalpan, Acayucan –lugar de origen del alcalde-  y todo el pueblo de Catemaco.

Yo lucía encalada, muy blanca y radiante, en esa mañana fresca. Emocionada escuché el bando solemne, los discursos, las recitaciones y la banda militar. Veía los rostros alegres, sorprendidos, y las miradas que recorrían mis treinta y tantos metros “del suelo al cielo”. Recuerdo la animada verbena, con globos, serpentinas, confeti y música….Y por la noche el gran baile y los fuegos pirotécnicos.

Entonces, aun no estaba mi reloj. Precisamente por esos días fue desembarcado en Veracruz procedente de Alemania. Y con mucho cuidado fue traído hasta aquí, donde lo armó el mecánico coatepecano don Arnulfo Andrade, casado con la catemaqueña Francisca García.

Instalaron el reloj en 1901. Entonces, el maestro Andrade instruyó a don Crispín Absalón sobre la manera de darme cuerda y ajustarme la hora. Cuando don Arnulfo retornó a Coatepec, don Crispín quedó a cargo del mantenimiento. Y cada semana subía las ciento y pico de gradas para darme cuerda, aceitar el mecanismo y echar a las lechuzas que se refugiaban en mis oscuridades.

Cuando murió don Crispín quedé en manos de su hijo Eduardo, escribano y cronista, me atendió por muchos años. Más reciente recuerdo a otro amigo, Elías Figueroa, quien en ocasiones me dio cuerda y también se encargó de pintar mis paredes.

Hará unas tres o cuatro décadas, mi maquinaria alemana fue cambiada por otra de manufactura nacional; llevaron la original a una congregación cercana. Pero salió peor el remedio, pues esta máquina frecuentemente se detiene y sus manecillas quedan macando la misma hora por semanas.

Tener cien años y aún estar de pie ya es ganancia. Además soy testigo de la historia catemaqueña. En una centuria he conocido a más de cincuenta presidentes municipales, de todas las calañas. Unos, verdaderos señores; otros, para dar pena, que han saqueado y empobrecido al pueblo.

 Cerca de mí están los que gobiernan. Los escucho hablar, los veo actuar y disponer, llevo una bitácora detallada de cada periodo presidencial; la daré a conocer antes de que ordenen derruirme…porque me da la impresión de que ya les estorbo….Mire cómo me encerraron entre un cajero automático y unos baños públicos…

 Pero no me va tan mal. Desde aquí observo los cambios de generaciones. Un siglo de ver rostros y miradas, de escuchar quejas y protestas, me ha permitido conocer mejor a mi gente y comprender mejor sus necesidades, angustias y alegrías…

 A mis pies pasan todos: cuando se van a casar o a registrar a sus hijos, cuando van a la escuela, al templo, al cine, al baile o a la cantina… Y también doy el último adiós a los que llevan al panteón…Parafraseando al gran poeta León Felipe digo que “todo el ritmo del mundo, cerca de esta torre pasa…”

 La nostalgia me envuelve al rememorar aquel Catemaco de callecitas empedradas y acogedores aleros…Una villa apaciblemente bella… Sí, amigo, los recuerdos son fragmentos de la vida. Los recuerdos hacen vivir…pero también traicionan y lastiman…

Recuerdo el día que fundieron la campana Santa Marta en casa de tío Canuto y la vez que el rebelde Pedro Carvajal incendió el archivo municipal y la casa del alcalde…. Y aquella funesta mañana cuando el general Ortega colgó de los árboles del parque a varios catemaqueños inocentes…Y la tarde que se reconoció el Plan de los Tuxtlas, proclamado en la sierra por el general Miguel Alemán González.

Presente tengo la algarabía al llegar el primer auto Ford procedente de San Andrés Tuxtla…la visita del presidente Álvaro Obregón y el recibimiento que le dio el alcalde Hilarión Bernal…y la tarde que, por Maxacapan  hirieron de muerte al poeta y luchador social sanandrescano  Primitivo R. Valencia.

Revivo la olvidada alegría de las serenatas domingueras en el antiguo parque. Entonces, los jóvenes bailaban al compás del Concierto de los hermanos Moreno; recuerdo           que los muchachos daban vueltas al parque en sentido contrario al de Las muchachas.

No olvido la primera y pequeña iglesia de la Virgen, con su techo de tejas, su torrecita y sus retablos. Y recuerdo a muchos curas; unos verdaderos hombres de Dios; algunos con el los siete pecados capitales bajo la sotana… Y viene a la memoria aquel “padre González”, a quien se llevaron a la fuerza por ser cismático…Y quisiera olvidar la terrible noche, cuando una turba enardecida intentó asesinar al padre Arteaga. Dicen que los salvó la Virgen.

¡Ah! Me consta que la santísima Virgen era dueña de muchos bienes… y parte de esa riqueza quedó en manos de algunos mayordomos abusadores…Entre brumas recuerdo la iglesita cerrada en tiempos del gobernador Tejeda. También hago memoria de cómo manos impías saquearon las alcancías de la Virgen…Y tengo aún presentes los robos sacrílegos cometidos en épocas más recientes.

Y así como vi llegar el primer automóvil, me tocó dar fe de las camionetas “pasajeras” y de los carros que abrieron rutas de comunicación… Y allá por los años cuarenta contemplé el vuelo de los aeroplanos que bajaban y despegaban del campo aéreo de El Rodeo, con diversos destinos.

Mucho me dolió que derrumbaran el antiguo palacio municipal, para edificar uno nuevo y feo… Y sentí coraje e indignación cuando destruyeron las playas y el salto de Tepetapan, recuerdo que entonces sólo unos pocos ciudadanos protestaron.

 Fui testigo cuando un presidente municipal ordenó talar los árboles del parque…Y años después, cuando otro alcalde mandó derribar los aleros o corredores de muchas casas. Y no me explico por qué la ciudadanía ha tolerado tanta iniquidad de sus autoridades.

Me llené de gozo cuando inauguraron la Basílica que construyó el padre Arteaga, y el día que la Villa de Catemaco fue elevada a la categoría de Ciudad…y también cuando se supo que mi cuidad ya tenía su escudo.

 Por aquí, ante mí, han pasado presidentes de la República, gobernadores, diputados y un sinnúmero de candidatos, de esos que sólo prometen y nunca cumplen. También he visto pasar a obispos y gente de la artistiada, a profetas, predicadores, charlatanes, demagogos, saltimbanquis, aboneros…He sido testigo de coloridos desfiles, carreras deportivas, procesiones religiosas, mítines políticos…Y en una ocasión, junto a mi estuvieron los símbolos patrios.

Pero debo poner énfasis en que me desconcierta el afán de las autoridades por destruir…Y me apena la indiferencia ciudadana ante los atentados que sufre constantemente el patrimonio de todos…

Y cada tres años me divierte el alboroto de los aspirantes a la alcaldía. Ahora muchos quieren y presumen de “juventud” y de “muy preparados”, pero aún imberbes y con diplomas no llegan ni a la suelas de los señores presidentes de pasadas épocas. Pobre de mí pueblo con esa clase de aspirantes que no dan una…

 Dicen que “lo que ve el que vive”. Y qué cosas no he visto en mi larga vida…Con decirle que por mucho tiempo a mi lado estuvo la comandancia de policía… Ya se imaginará cuántas atrocidades presencié…

Mis escarapelados muros han servido de apoyo al cansancio o a  la borrachera de muchos transeúntes. Y han escuchado coloquios amorosos, confidencias, piropos, insultos, declaraciones, secretos, delaciones… A mi sombra han ocurrido discusiones, riñas y hechos de sangre. Puedo afirmar que la grandeza y la vileza humanas se han exhibido, con toda su crudeza, ante mí.

Ya el agobio de los años se refleja en las grietas de mis muros y en la fatiga de mi reloj. A veces me siento abandonada y me asalta el temor de que un día no lejano decreten mi demolición…Pero cuando una mirada cálida y amistosa se fija en mí, se pasea por mis paredes y se detienen en las carátulas de mi reloj, recobro el optimismo.

Hace años, en ciertas épocas me visitaban bandadas de golondrinas. Cómo me alegraban esas aves, cuántas cosas me contaban de sus viajes por el mundo, pero ya no vienen; ahora me conformo con alguna paloma que quiera escucharme; con las lechuzas, ni hablar, siempre andan desveladas…

…Mire el parque, parece un desierto, desolado y gris como el alma de los genios que lo dispusieron… Ahora hay concreto por todos lados, pero nadie se fija en la contaminación del lago, la basura, los drenajes inservibles y tantos destrozos al paisaje… ¡Pobre pueblo mío ¡ Tan pródigo y tan abandonado¡

 A veces aparecen a mis pies coronas y arreglos florales…que pronto se marchitan… pero no son para mí. Son para el Benemérito, cuyo monumento como tablero de ajedrez me arrimaron hace tiempo los hermanitos del compás y la escuadra.

Si, amigo… Soy una herencia de un pasado ya remoto. Conforme transcurren los años voy presenciando cómo se transforma mi pueblo. Sí, ya sé que oficialmente es ciudad, pero para mí no ha dejado de ser el pueblito querido… Le decía, ahora todo es moderno; los árboles y jardines parece que estorban. La moda es regar concreto por doquier.

Por los años cincuenta empecé a oír un nuevo vocablo; “turismo”. Y se inició una etapa en la vida del pueblo. El lago fue surcado por veloces lanchas de motor y las sencillas casas de huéspedes pasaron a ser hoteles y restoranes…Entonces comenzó el flujo de visitantes –turistas, los llaman-, que vienen a disfrutar las bellezas naturales y la gastronomía regional…Y como ve, actualmente, abundan instalaciones de servicios turísticos, de todo tipo.

Hasta hace unas décadas todos en la villa nos conocíamos, era como una gran familia. Yo los identificaba por la pinta de sus rostros o por sus voces, ahora es imposible. Se están acabando las raíces. Ya aquí habita mucha gente fuereña que no conozco. Por eso, cuando pasa alguien de pura cepa catemaqueña no lo pierdo de vista…Es como rencontrarme con las generaciones que le dieron lustre al pueblo.

Es común escuchar expresiones como “allá por el reloj”, “detrás de la torre” o “en la calle del reloj”. Eso demuestra que a mi edad soy un referente de la vida urbana. Además, creo que también soy un símbolo iconográfico de Catemaco.  Y, por cierto, la calle que pasa a mi lado lleva el nombre de una  poetisa catemaqueña: María Boettiger de Álvarez. Todo ello me enorgullece.

Y, mire amigo, cuántas palomas me rodean, más tarde llegarán las lechuzas, son aves muy confianzudas y se meten por mis hornacinas. Son mis compañeras de la noche…Pero también, en horas nocturnas y apacibles me lleno de murmullos… Apenas anochece, por los poros de mis muros comienzan a penetrar las voces, las risas, los suspiros y los ruidos del constante ajetreo de un pueblo que sueña, trabaja y progresa al compás del tiempo de mi reloj, y se cobija en el embrujo del lago…

Ya mis manecillas marcan la hora en que el sol se esfuma y se anuncia la noche, y la fresca brisa del lago comienza a envolvernos….

Amigo caminante, veo que ya te dispones a partir. Te doy las gracias por aceptar mi sombra. Gracias por tu compañía y por la caricia de tu mano en mi encalado muro…gracias por escuchar esta pequeña historia…