Visión Política, Por Edgar Palma Gómez

La democracia en el PRI está de luto

 En el antiguo imperio romano, el poder se concentraba en una sola persona, el emperador, “El Cesar”; nada se movía sin su aprobación, sus deseos debías ser obedecidos como ordenes divinas, y así, los grandes emperadores -como Tiberio, Calígula, Nerón, entre otros-, embriagados de poder cometieron graves excesos, mismos que han quedado grabados en la memoria de la historia.

                Los emperadores romanos debían controlar, y mantener feliz a su pueblo –de aquí la frase, “al pueblo pan y circo”-, esta estrategia les resultaba exitosa porque daba respuesta a ciertos componentes básicos de la existencia humana: al dolor y a la necesidad se satisfacía con pan, con alimentos obtenidos sin esfuerzo; al hastío, el desánimo y el desgano se respondía con las fuertes emociones del espectáculo en la arena del circo. De igual manera, mantenían controlado a un prostituido  Senado, que era conformado por los 30 patricios, y que se suponía eran “la voz del pueblo”. Por otro lado, los emperadores romanos debían tener conocimientos del arte de la guerra, o en su caso, muchos fueron grandes conquistadores; aspecto que les permitía tener un control absoluto de sus fuerzas armadas.

                Muchos emperadores eran megalómanos, –estado psicopatológico caracterizado por delirios de riqueza, poder, u omnipotencia a menudo el término se asocia a delirios de grandeza y a una obsesión compulsiva por tener el control de todo, incluyendo emociones-, nadie podía estar al mismo nivel, ni por encima del emperador. El control era absoluto. Pero, -como siempre, existe “el pero”-, la historia nos enseña una gran lección, los imperios y los emperadores megalómanos, tarde o temprano, terminan por caer.

                Debemos de considerar que muchas culturas en el mundo han transitado por el mismo camino de los romanos, -incluso, antes que ellos, muchos imperios sucumbieron gracias a los excesos de sus reyes o emperadores-. En este sentido, nuestro país no ha sido la excepción, y a lo largo de nuestra historia, los mexicanos han sido sometidos de distintas maneras; con la espada y la cruz, durante la conquista y reinado español; con el archiduque de Austria Maximiliano y Carlota de Habsburgo; con Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón, mejor conocido como Antonio López de Santa Ana, que fue Presidente de México en diez ocasiones; con Porfirio Díaz Mori, que estuvo en el poder por más de 30 año; y en el México contemporáneo, con el PRI, que se mantuvo en el poder  70 años.

                La característica principal del dominio priísta, fue sin duda, el presidencialismo exacerbado, donde el Presidente en turno era “divinizado”, sus deseos eran incuestionables, y como nos ha enseñado la historia, los excesos cometidos por el régimen gobernante logro que en el año 2000, los mexicanos dijeran con su voto, “ya basta”, y fue así como sucumbió el partido tricolor.

                Después de su derrota, los priístas tuvieron que voltear a ver a aquellos que habían olvidado por tantos años, sus militantes, si, aquellas personas –o simples mortales-, que a diario se levantan para trabajar jornadas de 8 a 12 horas, y ganar apenas el salario mínimo. Mientras los líderes “charros” se enriquecían y gozaban de total impunidad. Fue así, como los líderes priístas abrieron los ojos, y entendieron que estos “líderes” ya no eran garantía de lograr votos en las urnas, a menos que fueran comprados.

                La reestructuración del PRI en todos sus niveles fue una tarea obligada; la caída había significado una dura, pero necesaria lección, era renovarse o morir. Sin embargo, esta lección parece que no quiere ser aprendida en Veracruz.

                Hace seis años, el aspirante a la candidatura priísta al gobierno del estado, Fidel Herrera Beltrán, -cinco veces diputado federal, y una vez Senador-, pedía y exigía que el Gobernador Miguel Alemán sacara las manos del proceso de selección. Pero, ¿cuál era el motivo de aquella exigencia?, que él no era el candidato elegido del alemanismo. Sin embargo, su reclamo fue escuchado, y primero, fue elegido como candidato por los priístas, y después, fue elegido por los veracruzanos como Gobernador.

                Lamentablemente, quien hace seis años pedía democracia, hoy es quien la niega; las aspiraciones de aquellos que tenían el deseo de sucederlo, fueron reprimidas, -y , no sólo es el caso de Héctor Yunes Landa, a quien le negaron el registro como precandidato, y que soporto a una dirigencia partidista parcial y corrupta, y el espionaje y hostigamiento de todo el aparato estatal-, sino que, también se quedaron a mitad del camino José Yunes Zorrilla, y Ranulfo Marquez, -actual Secretario de Despacho-.

 

                No voy a negarlo, respeto al Gobernador y estimo al amigo Fidel Herrera Beltrán, a quien conozco desde que era diputado federal, y tuve la oportunidad de cubrir su campaña proselitista, y después colaborar en su administración. Pero, debo ser honesto y congruente con mis actos, -y con mi labor como columnista-, y por este motivo, debo expresar que la designación de Javier Duarte como precandidato único del PRI, es un grave error que se verá reflejado en las urnas.

                Es un error pensar que  el diputado federal represente  a una nueva generación de políticos, no, representa a un grupo de jóvenes incrustados en el poder, que tarde o temprano, traicionarán por acción u omisión a su impulsor, y que en este caso, es el mismo Gobernador de Veracruz, Fidel Herrera Beltrán. Y, lo peor, que han visto en el poder, la oportunidad de servirse, y no servir al pueblo que eligió a su jefe.

                Hoy más que nunca, puedo afirmar una cosa, que la democracia en el PRI esta de luto, y que el Palacio de Gobierno se puede pintar de azul o naranja, después del 4 de julio.