Mar. Abr 23rd, 2024

El 21 de diciembre de 2023 fue un día intenso para el CEO de A22, la empresa a la que Florentino Pérez y Joan Laporta encomendaron la labor de ayudar en la creación de la Superliga Europea. Bernd Reichart se paseó por los platós y estudios de todos los medios que quisieron entrevistarlo, repitiendo, incansable, que había terminado el monopolio de la UEFA, que los clubes habían recuperado su libertad.

Desde el otro frente de este conflicto, la UEFA rebajó la euforia, recordando que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) había confirmado la facultad que tiene para organizar competiciones entre clubes europeos. El propio Aleksander Ceferin, presidente de la UEFA, tiró de ironía, animando a que Real Madrid y Barcelona dieran inicio ya a la Superliga con los dos clubes como únicos participantes. Mientras tanto, buena parte de los mejores clubes europeos confirmaban su rechazo al proyecto liderado por Florentino y Laporta. Recientemente, la federación italiana (FIGC) ha aprobado una medida por la que los clubes deberán firmar un compromiso de no participar en competiciones organizadas al margen de la UEFA y en el Reino Unido preparan una ley para impedir que sus clubes abandonen las competiciones locales.

Florentino y Laporta se proclaman salvadores de un fútbol atrapado bajo el yugo de la UEFA y esta, a su vez, se declara defensora de un deporte democrático, en el que priman los méritos deportivos frente a la dictadura económica de los grandes clubes

Así se han vivido los días posteriores a la resolución del TJUE en las altas instancias del fútbol europeo. Con Reichart, Florentino y Laporta proclamándose salvadores de un fútbol atrapado bajo el yugo de la UEFA y esta, a su vez, declarándose defensora de un deporte democrático, en el que priman los méritos deportivos frente a la dictadura económica de los grandes clubes. La realidad, sin embargo, es que tanto unos como otros defienden modelos en los que la competición pivota alrededor del negocio y el actual conflicto no es más que una pelea por el control de las competiciones europeas de clubes.

Cuando nació la Copa de Europa a mediados de los años 50, la UEFA no se interesó demasiado por esta competición, pero supo rectificar a tiempo y para principios de los 70 ya organizaba las tres competiciones clásicas: Copa de Europa, Copa de la UEFA y Recopa de Europa. En los años 90, con la expansión de las televisiones privadas y el crecimiento de los derechos de emisión, el negocio del fútbol se multiplicó y aumentó también la presión de los clubes sobre la UEFA. Desde entonces se han sucedido periodos de mayor tranquilidad y otros más críticos, pero la tensión entre ambas partes y la amenaza de huida por parte de los grandes clubes siempre han estado presentes.

Como toda industria capitalista, el fútbol ha evolucionado hacia una concentración de riqueza. El dinero de las televisiones aumentó la brecha entre las diferentes ligas nacionales y la ley Bosman multiplicó el mercado de fichajes, concentrando a los mejores jugadores del mundo en las ligas más ricas de Europa. La UEFA creó la Champions League y poco después aumentó el número de participantes de las grandes ligas, al tiempo que concentraba los cuantiosos ingresos procedentes de la televisión entre los clubes que llegaban más lejos en la competición. Todos estos cambios contribuyeron definitivamente a la consolidación de una élite de clubes europeos, que no dudaron en seguir presionando para lograr aumentar sus ingresos. El argumento que utilizaron como amenaza nunca fue muy original: la creación de una competición al margen del control de la UEFA.

Este modelo de fútbol elitista dejó pronto sus primeras víctimas. Alejados de las instancias que generan ingresos millonarios, el Galatasaray fue en 2013 el último club de Europa del este en clasificarse para los cuartos de final de la Champions; el Dínamo de Kiev, en 1999, el último en alcanzar las semifinales. Para ver un campeón de Europa del este hay que remontarse a la vieja Copa de Europa, cuando el Estrella Roja de Belgrado se hizo con la trofeo en 1991. Al mismo tiempo, clubes europeos de ligas de un segundo nivel, como Ajax, Oporto o Benfica, ven cada año cómo sus mejores jugadores se marchan a los equipos más poderosos, frenando sus opciones de ganar la Champions.

La UEFA contribuyó a consolidar una élite de clubes que no tardó en convertirse en su mayor amenaza. En los últimos años, solo la compra de clubes por parte de las grandes fortunas del mundo ha permitido abrir este grupo exclusivo

La UEFA contribuyó a consolidar una élite de clubes que no tardó en convertirse en su mayor amenaza. En los últimos años, solo la compra de clubes por parte de las grandes fortunas del mundo ha permitido abrir este grupo exclusivo. Con el magnate ruso Roman Abramovich como pionero, seguido de la aparición de los clubes-estado, propiedad de los fondos de Emiratos Árabes Unidos, Qatar o Arabia Saudí, un puñado de clubes han logrado entrar en la élite gracias a los ingresos propios de sus inversores, siempre con un origen ajeno a la actividad del fútbol.

Ni la UEFA ni las ligas nacionales han servido para frenar este fenómeno que ahora amenaza a los clubes más dominantes y que ha animado a Real Madrid y Barcelona a buscar en la Superliga una forma de aumentar sus ingresos. Entre todos han dado forma a un fútbol convertido en un gran mercado, atractivo para los grandes inversores y que tiene en la multipropiedad su última expresión. El City Group, con el Manchester City a la cabeza y la participación en el Girona, es el máximo exponente de un modelo de negocio en el que los intereses de cada club quedan supeditados a los objetivos del grupo.

Tras la resolución del TJUE, tanto UEFA como Superliga han puesto mucho empeño en presentarse ante la opinión pública como garantes de los valores tradicionales del fútbol. La libertad de la que habla Bernd Reichart en defensa de la Superliga recuerda mucho al concepto de libertad que defiende el neoliberalismo, ese que busca la ausencia de regulación en la economía. La UEFA, por su parte, ha ido ahondado en un modelo de fútbol elitista, en el que el éxito deportivo es cada vez más dependiente del músculo financiero del club.

En cualquiera de los dos modelos enfrentados en este conflicto se defiende el deporte entendido como industria neoliberal. Maximizar el rendimiento económico aparece siempre como un método incuestionable para alcanzar los objetivos de la empresa, dejando de lado valores humanos o deportivos. Bajo estos principios, es inevitable que los aficionados pasen a ser tratados como clientes, objetivos de sus estrategias de venta y sus campañas de marketing.

Recientemente, Christopher Lee, CEO del estudio de arquitectura Populous, responsable del diseño de estadios como Wembley, Lusail o Emirates, declaró a The Athletic que “pensar en los aficionados como clientes a la hora de diseñar y gestionar un estadio es probablemente el mayor cambio en los últimos años”. Es el mismo principio que ha motivado la reforma de estadios como el Bernabéu o el Camp Nou y hacia el que caminará el fútbol en los próximos años, tanto si la UEFA se impone en este conflicto, como si finalmente la Superliga ve la luz.

Por lo que costaba una entrada para un partido de la Champions League hace 25 años, a día de hoy un aficionado puede ver ese mismo partido pero por televisión

Los clubes invierten millones buscando aumentar los ingresos en día de partido, convirtiendo sus estadios en centros comerciales y multiplicando el precio de los abonos. Por lo que costaba una entrada para un partido de la Champions League hace 25 años, a día de hoy un aficionado puede ver ese mismo partido pero por televisión. El que se define como deporte más popular del mundo exige a sus aficionados un gasto cada vez mayor, excluyendo a muchos de ellos y siendo sustituidos en los estadios por turistas o invitados de los patrocinadores. Cuando, en 2022, 30.000 aficionados del Eintracht de Frankfurt cubrieron el Camp Nou de blanco, Laporta debió salir a dar explicaciones y responsabilizó a los abonados del Barça de “hacer un mal uso del abono”. Lo cierto es que aquella curiosa estampa no era más que la consecuencia de la propia política económica del club.

Buena parte de los aficionados preferirán un fútbol en el que se igualen los presupuesto de los clubes y las posibilidades de salir campeón, pero ese modelo no está contemplado ni en la nueva Champions League, ni en la propuesta de la Superliga. Pase lo que pase en este conflicto, el fútbol caminará en una dirección muy diferente.