Clemente
Clemente o “Cebollín” fue un joven campesino de la comunidad de Tonalapan, hijo y nieto de buenos músicos del lugar, era un muchacho muy divertido, de esa ranchería enclavada allá en lo alto del cerro, dedicado a la siembra de cebollín, berro y rábano que era lo que se producía en el lugar.
Por las tardes después de las labores del campo le gustaba sacar su butaque al patio para ponerse a tocar su guitarra de son, en ocasiones la misma música atraía a otros músicos como fueron su papá, su abuelo, su hermano, o algún vecino, así pasaba las tardes entre divertirse y practicar la ejecución de su instrumento.
Cuando había fiesta en algún rancho cercano o en algún barrio del pueblo era convidado, entonces alistaba su caballo y se echaba a andar, en ocasiones iba solo, en otras con muchachos de su edad que también les gustaba la diversión, así entre velorios, bodas, huapangos y decesos se fue fortaleciendo en la música.
Una tarde nublada de amenazante lluvia, ensilló su caballo para bajar al pueblo, ya que había sido convidado a una fiestecita por “Nana Tina”, una anciana que era del lugar, pero vivía en San Andrés, por el rumbo de San Pedro y no quería quedar mal, eran las fiestas de San Miguel Arcángel, a finales del mes de septiembre y la señora realizaba un velorio en su honor.
Desde temprano llevó a bañar su caballo al rio, ya cuando la tarde estaba a punto de caer lo ensilló y acomodó su guitarra en la cabeza de la silla, echándose andar por esos mangales tupidos que había en aquel entonces, que no dejaban pasar ni los rayos del sol.
Al dejar la arboleda para agarrar el camino de herradura, sintió que el caballo se barajustó y se negaba avanzar, no se había dado cuenta que en el primer claro de luz había una enorme serpiente de unas cuatro varas atravesada en el camino, sin moverse y con la cabeza levantada. Volteó para todos lados y no vio a nadie, como estaba solo le entró temor, pensó en regresarse, pero era hombre de campo que eso no le asustaba, en esos momentos era el caballo el que le preocupaba ya que se barajustaba y corcoveaba para no pasar, entonces pensó que no era nada bueno y en silencio se encomendó a Dios.
De pronto el animal bufando corcoveó y lo tiró de la silla, para su mala fortuna lo arrastró porque había quedado su pie trabado de uno de los estribos de la silla. Como a los doscientos metros el caballo se detuvo lo cual aprovechó para zafarse y sentarse nuevamente. Pensó en regresar, pero el hombre era terco y acicateó al caballo nuevamente al camino.
Al llegar al sitio ya no había nada, todo estaba tranquilo, un poco pensativo siguió a paso lento el camino al velorio de los Bustamante, allá en el barrio de San Pedro donde “Nana Tina” lo esperaba.
Cuando llegó ya había bastantes músicos, porque esa familia era muy de gusto, la tarima no daba tregua ante tantos bailadores y bailadoras, los músicos desgranando son tras son, que a la vuelta de una hora ya se le había olvidado el incidente.
Ya entrada la noche los caseros ofrecieron tamales y café a los asistentes, se descansó un poquito mientras se comía, lo que aprovechó Cebollín para ir a limpiarse ante el altar. Al llegar ante la imagen vio a los pies de San Miguel la culebra que le había tapado el paso, sintió que un escalofrió le corría por el cuerpo, pero a nadie dijo nada, pensó que era el “amigo” que no quería que llegara a alegrar la fiesta de San Miguelito, después regresó a tocar junto a la tarima y esperó a que amaneciera para volver a su casa, porque aún sentía el temor muy por dentro.

