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Ago 30, 2018
  • El compromiso cívico por lo armónico
  • El rencor no puede envenenarnos

“Creado el verso a imagen del verbo, surgió el mandato de conjugarlo, y hubo de hacerse en justicia para armonizar el ser con el estar”.

En un mundo cada vez más fragmentado y endiosado por atmósferas crueles, el compromiso cívico es fundamental para enhebrar otro tipo de comportamientos y actitudes ante la vida, cuando menos más fusionados y solidarios en el sentir, para mejorar de este modo nuestro distintivo sostenimiento humano. Por desgracia, hace tiempo que nos hemos dejado abandonar, irresponsablemente, por un abecedario de intereses mercantilistas, a través de los necios pedestales del poder, que lo único que hacen es disgregarnos, para llegar a ese pánico visceral de enfrentamientos, donde el odio y la venganza son munición permanente, volviéndonos inhumanos y estúpidos.

La realidad está ahí, no se puede omitir. En muchas partes del planeta, el grado de represión es tan alto, que se está forzando al exilio a ciudadanos, por el simple hecho de opinar diferente a su gobierno, a sus líderes, casi siempre más preocupados por si mismos que por los demás. Desde luego, los gobernantes que no aman su misión de servidores al bien común, que no dan lo mejor por la causa colectiva, que no escuchan al que opina distinto, difícilmente pueden contribuir a poner concordia en el andar. A veces también nos llama la atención la debilidad de las reacciones internacionales, ante hechos tan deleznables como la irracionalidad del caminante.

Lo cierto es que contamos con demasiados intereses particulares y muy cómodamente el rendimiento económico llega a prevalecer sobre el justo bien social, llegando a manipular la información para no ver afectados sus proyectos. Sería bueno despojarse de ese fascinante manjar de don dinero. Porque, ciertamente, hubo un tiempo en el que todo era poesía, y por ende, creado el verso a imagen del verbo, surgió el mandato de conjugarlo, y hubo de hacerse en rectitud, pues sin él es muy complicado armonizar nada, máxime en esta época contemporánea, donde la globalización nos ha unido, pero no hermanado. Es nuestra gran asignatura pendiente. Ojalá aprendamos a cambiar, a movilizarnos con el corazón y no con las espadas en pie, con el fin de modificar hasta los mismos procesos económicos y sociales, haciéndolos más plenamente humanísticos, o sea, más poéticos. En el fondo, una balada no es algo que cotiza, sino el sol que nos permite mirar y ver, y hasta concebir nuestros concretos vínculos de poetas en camino.

Por eso, es a través de una justa inspiración, germinada casi siempre después de una crisis, que es lo que sinceramente nos obliga a revisar nuestra calzada, cómo se proyecta un modo nuevo de cohabitar. Quizás apoyándonos en las experiencias positivas y rechazando las negativas, podamos afrontar las dificultades con más tesón, y desplegar un planeta de mayor convivencia, no de conveniencias, que son ventajas para unos y desdichas para otros. Ya está bien de mercadeos, de poner armas en vez de alma en el camino. La verdad que cuesta creer que con casi 22 años de existencia, el Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares  sigue esperando a que lo ratifique alguno de los ocho países con capacidad para desarrollar armas nucleares. Tenemos que despertar de este absurdo negocio, puesto que las tragedias humanas y ambientales, resultado de los ensayos nucleares, son razones de peso para ese cambio de actitudes.

Puede que a muchos moradores les falte esa fuerza moral indispensable para comprometerse, con efectiva autenticidad, en ese afán por lo armónico, que es lo que realmente nos injerta ilusión y fortaleza; pero ha llegado el momento de concertar unidos nuestra propia existencia. Por tanto, hemos de considerarnos en conjunto miembros de un saber ser, pero también de un saber estar más allá de los gestos y las palabras, con nuestra propia conciencia de lucha acompasada y acompañada en favor de toda la humanidad, poniendo en alza los valores de la solidaridad, la equidad, lo ético y la libertad. Considero, en consecuencia, que somos una sociedad que necesita esperanzarse, revivir de las cenizas injustas, para llevar por doquier, con renovado ardor, el anuncio de caminar acorde con los designios de la paz.

Sea como fuere, el ánimo de una humanidad, que requiere fraternizarse, se forja en muchos niveles, empezando por el ambiente familiar que demanda respeto y unión de sus progenitores, y finalizando por el propio compromiso de los Estados y sus gobiernos, haciendo valer los principios enraizados en el espíritu de toda democracia. Pongamos el lunar del desarme como punto final del poema. Y las penas váyanse, que ya no riman ni reman en tierra. Soñar también ayuda a vivir.

 

“Una sociedad bárbara dominadora todo lo destruye, pues se construye en el odio y se levanta en la venganza”

 

Para cualquier ser humano, la vida ha de tomarse como una misión a resolver en comunidad, puesto que nada por si mismo podemos hacer. Sólo manteniéndonos unidos podremos transmitir a las generaciones futuras un planeta más habitable, más social y más seguro. Ojalá algún día desaparezcan de la faz de la tierra los sembradores del odio y la venganza, los espíritus cautivos del mal, las necedades de los individuos, para llevarnos hacia otros estilos de vida más auténticos y responsables. Realmente, me causa pavor este mundo de negociantes, sin escrúpulos, insaciable, corrupto a más no poder, que no acierta a extender la mano, ni sabe llorar con los que lloran. Cuánta tristeza hay en los excluidos, pero también cuánto endiosamiento injertamos a la hora de querer subirnos al carro de los triunfantes. Ante este panorama absurdo y cruel, la lucha por la verdadera justicia es inevitable. Es tiempo de mirar a nuestro alrededor y de actuar con clemencia. No pongamos más grilletes a la aurora. Despertemos aplacando, avivemos otros horizontes más indulgentes, despojados de toda falsedad, pues más allá de las apariencias es como se construye la paz, pues ya debieran empezarnos a cansar las repetitivas situaciones de enfrentamientos sin sentido.

Miremos nuestra propia historia de irracionales vencedores y vencidos, cuando uno debiera vencerse a sí mismo, y ser más amor que guerrero. No puedo creer que continuemos activando inciviles momentos de otro tiempo. Sirvan esos memorandos históricos para un cambio de actitudes. Ganaremos armonía si somos más comprensivos. Ciertamente, ha llegado el momento de llamar a la unidad, de convivir sin reproches, de aceptar otros caminos más esperanzadores y justos. Unos no lo pueden derrochar todo, reduciendo su gozo a la epidemia del consumo, mientras otros carecen de lo necesario para vivir. ¡Qué mundo tan salvaje es éste! Muchos inmigrantes ilegales han tenido que participar en matrimonios simulados para obtener permisos de residencia. Por eso, en medio de esta vorágine actual, hacen falta otros políticos más servidores, también otras políticas más poéticas, además de otros pedestales más solidarios con el prójimo. La cuestión no es tenerlo todo, sino repartirlo mejor; tampoco probarlo todo, sino el compartirlo bien. Con cerca de un millón de refugiados viviendo en Bangladesh desde hace un año, los rohinyás están al borde de otra tragedia pues expertos de la ONU advierten que el plan de respuesta apenas tiene un tercio de los fondos que necesita para cerrar el año. Quitémonos armas y pongamos más alma en nuestras acciones. Al fin y al cabo, necesitamos pocas cosas para desterrar de nosotros el dolor. Quizás voluntad, coraje para no dejarnos arrastrar por la violencia y mucha paciencia para hacer posible la mansedumbre del alma.

Frente al momento actual, y a pesar de los diversos frentes terroríficos abiertos, hemos de ser audaces y sin desfallecer hemos de navegar tierra adentro, para que todas las culturas se hallen en  esas aguas profundas donde todo es más verdadero. El miedo no puede paralizarnos. Activemos nuestro propio valor, y desde esa valentía inherente a cada cual, no habrá tormenta que nos pare. Cada día es un nuevo engrandecerse, para buscar la respuesta verdadera a tantas preguntas, más allá de los ideológicos esquemas mundanos. Movilizarnos es de humanos e indudablemente un camino de desarrollo interior, en antítesis a la tendencia actual del individualismo consumista que termina aislándonos en la búsqueda del bienestar al margen de los demás. En consecuencia, no nos dejemos asfixiar por las contrariedades del camino, es menester muchas veces hacer silencio para poder discernir, en otras ocasiones será preciso alzar la voz para penetrar en los corazones, y por siempre interroguémonos sin distracciones, cuando menos para superar la oposición del maligno. Desde luego, una sociedad bárbara, dominadora y sin principios, todo lo destruye sin importarle nada, pues se construye en el odio y se levanta en la venganza. Sea como fuere, no tiene sentido vengarse, ya que uno se asemeja de este modo a su enemigo. Lo mejor, lo más saludable para nuestros propios salones interiores, es reconciliarse con uno mismo y sus análogos, verse con otro talante distinto, siempre conciliador. No caigamos en la tentativa de lavar con sangre, la misma sangre derramada, tomando así la revancha como abecedario. Desertemos del ojo por ojo, diente por diente.