• Aquellas ferias de Semana Santa de la Virgen del Carmen…

Los días de Semana Santa como  la Fiesta Patronales de varias décadas atrás eran plenas en solemnidad y atractivos.

En Semana Mayor el fervor enmarcaba las jornadas. El morado luctuoso cubría los altares y las imágenes del templo. Tronar de las matracas suplía las silenciadas campanas. En el “aposentillo”, pequeña galera improvisada dentro del atrio, entre palmas de tepejilote y ramas de arrayán destacaban las imágenes del Cristo flagelado y de la Virgen dolorosa; en tanto se escuchaban rítmicos golpes de tambor y de cadenas que hacían más dramático el ambiente.

Solemnes eran los rituales que congregaban a la feligresía: La bendición de palmas el domingo de Ramos, el lavatorio de pies a los apóstoles, las siete palabras, la procesión del silencio y el descendimiento. Después, la renovación del Cirio Pascual y el sábado de Gloria con campanas a vuelo y el correr de los chamacos, huyendo de la tradicional “pela de sábado de gloria”.

En Catemaco se recuerda a un cura, de nombre Diego Manuel, quien en los años 50 tuvo La acertada idea de realizar la procesión del “camino el calvario” en viernes santo. Centuriones a caballo, las tres marías, judíos, fariseos y romanos fueron representados por fieles de la parroquia… El espectáculo recorrió varias calles del pueblo, seguido con entusiasmo y devoción. Pero al partir el sacerdote, no volvió a repetirse.

En los días de marzo o abril, significados por el inclemente sol e insoportables calores, Catemaco recibía un río de romeros que llegaban de lugares aledaños, de la sierra de Soteapan o de lejanos puntos del istmo y de la chontalpa.

Las romerías procedentes de la sierra eran pintorescas. Venían motivadas por su arraigada devoción a la Virgen del Carmen. Viajaban a pie y a lomo de bestia. La avanzada traía los estandartes representativos de las comunidades serranas, seguida de nutridos contingentes entraban al pueblo por el callejón de Solotepec, entre tronar de cohetes, entonando cantos religiosos y acompañados por música de bandas…Una fiesta de colores se desprendía de los “refajos”, vestimenta característica de las mujeres de la sierra.

Los peregrinos buscaban hospedaje en los aleros o corredores y en los patios de las casas; mientras las cabalgaduras eran confinadas en los potreros aledaños. Muchos romeros traían provisión de comestibles, consistente en totopostes, carne seca y ahumada, frijoles secos, pozole o popo. La completaban con “topote” asado, que abundaba en el pueblo…ya que, en un pueblo de pescadores, por doquier había hornos de leña destinados al asado del minúsculo y abundante pez del lago.

Históricamente, la realización de las ferias patronales de los tres pueblos tuxtlecos, Catemaco entre ellos, quedó oficialmente autorizada, a través de un decreto de 1886 del gobernador del Estado, Luis Mier y Terán.

Sin embargo, se tienen noticias de que por los años de 1860, vente años antes del decreto oficial, en los días santos ya era notoria la proliferación de romeros y la llegada de comerciantes procedentes del altiplano, los llamados “arribeños” o “chilangos” que ofrecían variadas novedades…

Así, poco a poco, fue conformándose la feria a la que pronto se agregaron mercaderes de Oaxaca, Puebla Córdoba y Orizaba, y con ellos los juegos mecánicos. Y esa feria se repetía, con ligeros variantes en el mes de julio, en las fiestas patronales de la Virgen del Carmen.

La imaginación nos lleva a suponer que en esos años, cuando aún no había ferrocarril ni carretera, aquellos primeros comerciantes ambulantes llegaban con su cargamento de mercancía a lomo de bestias, por lodosos caminos de herradura, activando así la arriería regional. Llegaban a través del embarcadero de Alonso Lázaro, donde se hacía conexión con los barcos de vapor que comunicaban Veracruz con los pueblos de la ribera del Papaloapan.…

Entrada la segunda década del siglo XX lo harían a través del tren ramal, puesto en servicio en 1913, que comunicaba la estación Ribes o El burro (ahora Juan Rodríguez Clara), con San Andrés Tuxtla. Y de ahí partían las recuas con destino a la villa de Catemaco.

La festividad dedicada la patrona Virgen del Carmen duraba también una semana. Su ritual religioso consistía en misas solemnes, en ocasiones celebradas por el obispo de la diócesis, orar y cantar a los “pies de la Virgen, en agradecimiento a favores concedidos. Sacar en procesión la imagen…acudir a orar al Tegal, una pequeña gruta en un paraje del lago –donde cuentan ocurrió la aparición-, bañarse en sus orillas y después…pasear la feria…

La religiosidad y el fervor popular tomaba visos dramáticos e impresionantes…Había fieles que recorrían de rodillas largas distancias y llegaban casi desmayados, con piernas y pies sangrantes, hasta el altar…Otros se “rameaban” con hirientes hierbas ante la imagen; había llanto silencioso o lúgubres lamentos… todo en señal de sacrificio o “arrepentimiento por los pecados”.

Ante la imagen de la Patrona, se “levantaba a los niños a los pies de la Virgen”. Ceremonia ancestral en la que un padrino, generalmente ocasional, cargaba al infante y lo “limpiaba” con hierbas de olor, mientras se rezaban invocaciones a la protección mariana. Y así en cada feria se multiplicaban los ahijados y los compadrazgos.

Pero había que agradecer a la patrona los milagros y dones concedidos. Por ello al “pagar la manda”, se le retribuía con joyas o monedas de oro y plata…Se dice que ríos de dinero entraban a las arcas parroquiales. Y los ancianos contaban que había quienes, agradecidos por los favores recibidos de la milagrosa imagen, le regalaban terrenos, ganado vacuno y otros valores materiales…

Así, la Virgen del Carmen fue poseedora de vastas extensiones de tierras laborables, haciendas, hatos ganaderos, joyería de oro y plata que estaban bajo la custodia de las Cofradías, y a la disposición de los mayordomos y, por supuesto, del clero…

Cuenta una leyenda que un mayordomo acostumbraba jugar briscas con la Virgen. Ella apostaba terrenos o ganado; él, sencillas monedas… Ya podemos imaginar quien sería el ganador de tales “sagradas” partidas de naipes..

Seguramente, la lejanía y lo incomunicado de estas regiones hizo que las leyes juaristas de Reforma no se aplicaran, en lo que respecta a los cultos y propiedades clericales…Fue hasta entrado el siglo XX, cuando durante el periodo del gobernador Adalberto Tejeda, se reglamentó lo concerniente a diezmos, limosnas, donaciones y bienes de la iglesia administrados por las llamadas juntas civiles…Inclusive, hubo una época de templos cerrados, como protesta por las medidas anti católicas del presidente Calles… Sin embargo, las ferias, tanto de semana santa como la patronal, nunca fueron suspendidas o interrumpidas, se aceptaban como una tradición que, además, activaba la economía regional. ….

En Semana Santa como en las fiestas patronales de julio las ferias se extendían al rededor del templo y del parque. Grandes manteados sostenidos por armazones de madera cobijaban los “puestos” de los “arribeños” que ofrecían un variado y atrayente surtido de productos y objetos artesanales: Loza de Puebla y Oaxaca; laqueados, madera y dulcería de Michoacán; Juguetería de Querétaro; dulces, artesanía de barro del Estado de México y de Jalisco…Pan de Oaxaca y Tlaxcala, piezas barnizadas y decoradas con motivos florales y mensajes alusivos: “para mi noviecita”, “para mi querida suegra”…

El dulce sabor y los mexicanos colores de chilacayotes, biznagas, camotes, peras, duraznos, tejocotes, higos, piña, coco y naranjas acitronadas; los cartuchos de cacahuates, garapiñados o en palanquetas; barquillos de cajeta, los anisillos, la colación y la alegría del amaranto.

Variada y prodigiosa juguetería. De madera y en miniatura: camas, mesas, cunas, trasteros; culebritas, cajitas sorpresa, carritos, yoyos, baleros, sube y baja escaleras, boxeadores, espadas, trompos. Trastos de cocina miniaturizados y elaborados en los más diversos materiales. Coloreteadas muñecas, gorros y máscaras de cartón maché. Diversidad de miniaturas de plomo o de vidrio soplado…

Zapatos y talabartería de Guanajuato; hilados y tejidos de Aguascalientes; arreos campiranos de Amozoc; peltre, herramientas, ropa, bisutería, de la ciudad de México…Frutas frescas de Puebla y Tlaxcala; Flores y Plantas de Morelos… Mientras, las fondas desplegaban variedad de deliciosos platillos, y no faltaban la gastronomía local con las auténticas y sabrosas mojarras y otros especímenes del lago, en sus diversos guisos.

Para los infantes y también para los adultos de ese tiempo, la atracción principal serían los juegos mecánicos, signo de modernidad en la época. Así, el “Carnaval Estrella” de don Casimiro Vázquez o las Atracciones López, ofrecían la aventura de abordar el carrusel de caballitos, las sillas voladoras y la rueda de la fortuna, aparatos que asombrarían a los paseantes… Primero movidos por tracción humana; luego impulsados por motores de explosión y por electricidad…Fueron pioneros de una serie de maravillosos ingenios mecánico electrónicos, gozo de la juventud contemporánea.

La novedad atraía a la multitud que se agolpaba en torno a los juegos mecánicos. Los caballitos, eran preferidos por los niños y algunos adultos, mientras los jóvenes optaban por el reto de las sillas voladoras y su vertiginosos giros…O la emoción de la Rueda de la fortuna, cuyas subidas y -sobre todo- las bajadas provocaban penoso estragos estomacales en los usuarios…que descendían del aparato mareados, con la mirada perdida y más verdes que un mango tierno…

Eran imprescindibles los fotógrafos ambulantes con sus incómodas cámaras de cajón. Y las llamativas escenografías de estridente colorido, pintadas sobre mantas o lonas y sostenidas por bastidores de madera. Sus temas eran escenas alusivas a las apariciones no sólo de la virgen de Catemaco, sino de las imágenes de la virgen de Guadalupe o de San Juan de los Lagos. Lo que hace suponer que su recorrido anual comprendía ferias de diversos lugares y santuarios.

Además de la escenografía, el fotógrafo traía un cargamento de variada utilería: Amplia colección de trajes de china poblana y de charro, rebozos, trajes y sombreros campiranos o de catrín, de diversos modelos y tamaños; botas, cinturones, cananas y pistolas… Y el indispensable caballo de madera, de tamaño natural… Los interesados escogían el traje a su gusto y medida…Y convertidos en apuestos jinetes o planchados citadinos se disponía a ser fotografiados.

Decidida la pose, el fotógrafo corría a meterse, medio cuerpo envuelto en el paño negro, tras la cámara para enfocar la escena… y “clic”… Después, el cliente se retiraba feliz con la foto, donde estaba retenido en tonos sepia un momento de feliz paseo por la feria, enmarcado por la leyenda: “Recuerdo de Catemaco y de la Virgen del Carmen”.

Como en toda feria pueblerina, no faltaban los “pajaritos de la suerte”. A ellos se acercaban los niños y parejas de enamorados…Los pequeños plumíferos “Pepito” o “Paquito” -a los que, dicen, hacían tragar un balín para impedir su vuelo-, se aprestaba a sacar, por unos granos de alpiste, los papelitos de la buena ventura…

Y entre el rebumbio se hacía notar el grito de “Venga, apueste, adivine… ¿Dónde quedó la bolita?”. Los timadores con su cajón forrado de franela verde, se escudaban entre la multitud con sus paleros, siempre a la caza de incautos que, cegados por la ambición, generalmente salían desplumados…Años después llegarían los tahúres con el tapete verde y la ruleta…

En alguna esquina del parque se establecían las tehuanas luciendo sus llamativos trajes típicos. En grandes canastas ofrecían camarón seco, totopostes de viento, coquitos de aceite, piezas de alfarería, así como    aretes, prendedores anillos y collares de oro oaxaqueño…

Mientras, desde la carpa de las loterías o  “polacas”, se esparcían los característicos gritos: “Pásele, pásele… Hay Campo, lugar y tablas…Corre y va corriendo”; y la gente abarrotaba los lugares y cartones de la lotería… Y de repente, mientras el gritón nombraba: “el sol, la dama… el negrito…” y demás parafernalia, se escuchaba el entusiasta grito de ¡Lotería¡… Mano, Lotería…! de quien, habiendo ganado recibía como premio un trasto de loza, vidrio o peltre o un adorno para la casa …

Y los jóvenes que querían probar o demostrar su buena puntería, abarrotaban las carpas de tiro al blanco…para dispararle a las figuritas de plomo, los tornillos o las canicas…Mientras, las damitas preferían los tendidos de tiro con aros, donde los premios eran atractivas figuras de yeso…

Por alguna esquina la carpa de los títeres de hilo, los “autómatas”, atraían a chicos y grandes con la graciosa magia de las marionetas que representaban a cantantes de moda o inocentes adaptaciones de cuentos clásicos…Y por doquier en cualquier campito y siempre atrasito de la raya, los merolicos con sus muñecos ventrículos, sus víboras, anunciaban tónicos milagrosos, yerbas, menjurjes y pomadas curalotodo. También abundaban los sacamuelas… y los videntes, consejeros de enamorados, adivinadores de la suerte y descubridores de objetos perdidos…

Entre las atracciones más visitadas estaba la carpa de la “mujer tortuga”, que tomó esas características como castigo por “desobedecer a sus padres”…. Y por ese mismo pecado, la “cabecita parlante” era exhibida en un stand donde, tanda tras tanda, contaba su negra y triste historia que haría llorar más de un inocente y crédulo espectador… Y repartidos por todos los rincones de la feria, un sinnúmero de vendedores de curiosidades y golosinas.

En las fiestas del Carmen, eran imprescindibles las “toreadas”. En el gran llano de el  Rodeo, se armaba un rústico redondel, que a las cuatro de la tarde era abarrotado por los amantes del jaripeo. En el ruedo se lucían los afamados caporales y jinetes de la vecina villa de Comoapan, dando faena a desnutridas pero ariscas vaquillas…Y también partía plaza uno que otro borrachito que ponía la nota chusca en la “fiesta brava”.

Para completar la diversión de la feria no falta el bailongo, amenizado por conjuntos filarmónicos de aficionados. A partir de 1894, cuando el alcalde don Francisco , tío Pancho, Mortera  Sinta inauguró el primer parque, se inició la costumbre de dar vueltas en torno al quiosco; las muchachas en sentido contrario al de los muchachos…

Para las primeras décadas el siglo XX ya destacaban algunos conjuntos instrumentales, el más conocido y famoso en la región fue el concierto de los hermanos Moreno, fundado y dirigido por don Darío Moreno Pérez. Con los años surgirían nuevos y excelentes grupos musicales – “Marimba orquesta”, les llamaban- que amenizaban bailes y tertulias, como los Hermanos Santos, los Hermanos Organista, los Taxilaga, los Patitos…

Mientras la banda o la marimba orquesta tocaba en el kiosco, al pie de la torre del Reloj el fandango hacia retumbar la tarima al compás de las jaranas y el son  de los grupos de Cándido Cruz y Santiago Martínez…Y donde había fandango no faltaban los tragos o “fajos” de rasposo aguardiente, los dulces y pegadores toritos de frutas y el café con piquete…

Y por ahí, comenzaban las carpas con venta de cerveza, atendidas por bellas istmeñas, “tecas”, las que venían a perturbar a los catemaqueños …Y  con el tiempo agregaron a su negocio la atracción de las sinfonolas.

Algunos paisanos abusaban del chínguere y se ponían tuturuscos, flotando entre los humos de las espirituosas bebidas. Y prestos, cual tecolotes, los gendarmes no se daban abasto a llevarse a la comandancia a quienes, pasados de cucharadas, cometían desmanes y contribuían al enriquecimiento de las arcas municipales con la consabida multa…

Otro acontecimiento, esperado con expectación por propios y extraños, era la mojiganga, herencia hispana, enriquecida con la picardía jarocha…Varios catemaqueños, en diversas épocas, con su entusiasmo y creatividad impulsaron ese espectáculo, entre ello se recuerda a los señores Crispín Absalón, Manuel Rojas, Carlos Domínguez, Bernardo Ortiz… Guillermo Moreno…

Recreaban personajes como la tarasca, el totole, el zapatero, y las porfirias – nombradas así en honor de don Porfirio-; recorrían el, pueblo al son de música de bandas de viento. Actualmente, otros promotores de la alegría como Meme Absalón, El Halcón o El Muñeco patrocinan mojigangas que, aunque alejadas de la esencia original, ponen nota chusca en las fiestas.

 Dentro del pequeño templo no cabía ni un alfiler. El espacio, de las puertas al altar, era acaparado por los devotos. En la penumbra del atiborrado recinto se confundían los aromas del incienso y el copal la cera quemada y la multitud…

Desde su nicho de cristal, en el altar barroco cubierto de laminillas de oro, la sagrada imagen presidía el interminable desfile de fieles que llegaban a sus pies implorantes de milagros y gracias…Ahí dejaban sus ofrendas: ramos de hierbas olorosas, flores, dinero y joyas, como agradecimiento a las favores recibidos o solicitados…Y del altar llevaban, como reliquia, estampas de la imagen…

Agregaremos que al “pagar la promesas”, los fieles devotos ofrendaban a la virgen, además de dinero y joyas, objetos diversos y raros  como  vestidos, velos y coronas de novia,  cirios de primera comunión, retratos, cabelleras naturales, copias de actas de casamiento, boletas escolares y demás variados documentos …

Después de cumplir sus compromisos religiosos, los visitantes, principalmente llegados de la sierra de Soteapan, se encaminaban al paraje de el Tegal, donde según la leyenda se apareció la Virgen. Ahí, transcurrían largos momentos, rezando y entonando alabanzas para luego cerrar el ritual con el obligado baño en las aguas del lago…

En la playa o agua adentro, los visitantes se dedicaban a sus abluciones rituales; las mujeres con el torso desnudo y los hombres en traje de Adán, sin pena o temor de ser vistos.…Y a todo lo largo de la ribera, a la sombra de los grandes y añosos árboles de apompo o de amate, abundaba templetes que ofrecían topote asado, aguas frescas de tamarindo y horchata; También se ofrecía vasos de tepache, aguardentosos machucados y toritos de frutas, como chochogo, jobo, nanche o chigalapolin…y los sabrosos raspados. Pabellones tricolores….

Durante toda la Semana Santa, del domingo de Ramos al de Pascua, o en las fiestas de julio, el pueblo vivía una festiva euforia, movimiento favorable para la iglesia, el comercio y la economía local.

Esta alegría popular que contagiaba a los demás pueblos de los Tuxtlas, tenía su cronista, que por cierto no era de Catemaco, sino del vecino poblado de Comoapan. Crescencio Brígido, mejor conocido como “Chenchano, el Vate Comoapeño”, versador empírico que se encargaba de difundir el programa de festejos y la crónica de los mismos, a través de series de cuartetas o décimas, impresas en volantes de papel china, que vendía por las calles.

Al correr del tiempo, las ferias fueron perdiendo sus características tradicionales. Ni la iglesia -principal beneficiaria de las generosas limosnas- ni las autoridades civiles, que recaudaban importantes ingresos extra, se preocuparon por conservar alentar esa manifestación popular…

Los cambios en los rituales religiosos, la indiferencia de los ministros del culto respecto a los usos y costumbres derivados del desconocimiento de la idiosincrasia catemaqueña, menguaron en mucho el flujo de devotos y, por tanto, disminuyeron  las limosnas y demás  entradas monetarias…

De igual manera, a las sucesivas autoridades civiles fueron restando interés en mantener el espíritu de una tradición centenaria, que fue cambiando, perdiendo mucho de sus características y esencia original.

Ya en años recientes, la facilidad del transporte permitió a los romeros regresar a su lugar de origen en breve tiempo, por lo que la visita al santuario catamequeño podía hacerse en un día…Así cesaron las grandes procesiones que llegaban de la sierra…Además Los giros comerciales fueron cambiando… Y la feria se convirtió en un desordenado conjunto de vendimias.

Los puestos de artesanías, frutas, dulces y juguetes típicos de antaño dieron paso al plástico, a la fayuca y productos de manufactura asiática…La fondas de comida típica local pasaron a ser expendedoras de tacos y tortas…Las antiguas atracciones fueron desapareciendo y llegó la invasión de cantinas, ruido incontrolable y basura por doquier… Acaso en la algarabía de los juegos mecánicos se refleje una porción de la alegría de  antaño…

En el recuerdo quedaron aquellas ferias, con sus atractivos espectáculos. Sus ventas de variados, sencillos y bellos objetos de artesanía, exquisitas golosinas… Y las romerías de fieles y paseantes que por una semana, y en torno a una devoción por una imagen religiosa, llegaban a interrumpir la monótona vida del poblado.

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