• Los Tuxtlas… ¿parque nacional?

En los años treinta del siglo pasado, durante la presidencia del general Lázaro Cárdenas se puso énfasis en rescatar y hacer productivas las riquezas naturales.

Por supuesto, el área forestal fue de especial interés para el Presidente, quien designó al ingeniero Miguel Ángel de Quevedo –el Apóstol del árbol- como director del Departamento Forestal, de Caza y Pesca.

El ingeniero de Quevedo convocó a ingenieros agrónomos, técnicos y especialistas en recursos forestales. Se organizaron brigadas que recorrieron el país para efectuar el inventario de las zonas arbóreas…

Uno de los brigadistas, el ingeniero Antonio H. Sosa, tuvo la encomienda de estudiar la Región de Los Tuxtla, donde vivió varios meses. Al retornar a la ciudad de México, escribió un amplio y documentado ensayo basado en sus observaciones: “En la selva de los Tuxtlas”, que fue publicado en la revista “Protección a la naturaleza”, en noviembre de 1935, ilustrado con fotografías y cartas topográficas…

El ensayo abunda en datos precisos sobre la topografía, hidrografía y clima de la región; sobre el lago de Catemaco, sus dimensiones, sus afluentes, etc. En un párrafo, el autor anota: “es uno de los lagos más bellos de toda la República. Paisajes lacustres que se extienden hasta las serranías marginales, cubiertas de bosques, islas que surgen de las aguas, donde se abrigan innumerables aves: garzas, patos, grullas, zambullidores…”

La descripción de Montepío es profusa; habla de los ríos Col y Máquina, de las limpias playas y los cerrados bosques; del volcán San Martín. Como dato curioso hace referencia a “El Rayo”, barquito que regularmente surtía de provisiones a los guarda faros de Roca Partida y Zapotitlán.

Entre las conclusiones del estudio destacan estas anotaciones: “Las selvas que conocimos yendo de San Andrés a Montepío pueden compararse con los bosques del Camerún africano, o con los bosques húmedos de la cuenca amazónica de Bolivia. Son bosques admirables que escapan a toda ponderación; sombríos, húmedos, espesísimos, donde el hombre se siente empequeñecido ante el imperio de la vegetación. No creíamos que México pudiera poseer todavía tesoros botánicos tan preciosos como este…”

Y para conservar esa riqueza de flora y fauna, el ingeniero Sosa recomendaba la creación de un parque nacional, cuyos límites fijaba tentativamente de la siguiente manera: al Norte la costa del Golfo; al Sur las montañas de Santiago Tuxtla; al Este San Juan Pajapan: y al Oeste Punta Puntilla y Cerro Prieto, La extensión comprendería toda la región de Los Tuxtlas, con la riqueza arbórea que rodeaba al lago de Catemaco y al volcán San Martín.

Se desconoce por qué no se llevó a cabo este proyecto. ¿Burocratismo, omisión o desinterés? Y nuestra riqueza verde quedó a merced de la destrucción, cuyos efectos son patentes
ahora.

Hace ocho décadas, cuando la palabra ecología no entraba en el diccionario, ni había movimientos ambientalistas, ni secretarías u organismos gubernamentales destinados a preservar el medio ambiente, un mexicano preocupado por el futuro de nuestros bosques proponía una acción salvadora, que entonces no encontró eco…

Casi cuarenta años después, la UNAM rescató un reducto de selva donde estableció la Estación de Biología Tropical Los Tuxtlas. Lo mismo hizo la Universidad Veracruzana en un paraje selvàtico de la localidad de Pipiapan.

Pero aquellas selvas que impresionaron al ingeniero Antonio H. Sosa, donde “el verde imponía su imperio”, sucumbieron bajo el hacha, la motosierra, el fuego y la depredación criminal…

Aquellos antiguos bosques se transformaron en potreros y colinas devastadas… amenazadas por un futuro gris y desolado.

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