• Cuando caminamos por el malecón…

Fue por los lejanos años 58 o 59 del siglo pasado, cuando la construcción de la central hidroeléctrica de Chilapan, requeriría el agua del lago catemaqueño para mover las turbinas. Ello originó que se destruyeran las playas ribereñas del poblado y en su lugar se levantara ese Malecón, al que el tiempo nos acostumbró, pero nunca se compara con la belleza de lo destruido.

Las razones para ese atentado nunca se supieron con certeza; el peregrino argumento esgrimido fue que “evitaría  las inundaciones”.

Pero la magia de la imaginación nos permite retroceder en el tiempo e intentar hacer un breve –y quizás incompleto-  recorrido por ese sitio. Así, cuando caminamos por el malecón catemaqueño, recordamos que ahí se extendía la bellísima playa que bordeaba al poblado. Comenzaba en el Puente “Canseco” y terminaba en el zacatal de “Coniapan”, muy cerca de la Punta de la Pesquería.

Fina y limpia arena. En algunos puntos abundante en “platitos”, fragmentos de loza pulidos por el  constante flujo y reflujo de las olas. Centenarios y majestuosos árboles de apompo y amate daban su sombra a la vasta playa. Ocho o diez metros habría de la “orilla” a las casas situadas enfrente. Cuando  la marea subía, esa distancia se acortaba. Lo mismo ocurría en temporada de lluvias.

En ocasiones,  intentamos recorrer con la memoria esa playa  que disfrutamos cuando niños y aún no había malecón… Hacia el poniente, casi al pie del puente Canseco, muchos árboles de eucalipto y sauces llorones ponían un toque de verdor  al  paraje donde se asentaban  “cantinuchas” y el matadero o rastro municipal, siempre resguardado por  zopilotes.

A partir de ahí, hacia el oriente se prolongaba la playa, que en determinados puntos formaba pequeñas bahías o salientes puntas rocosas cubiertas de limo y sembradas de sauces. La abundante arboleda de los patios, unida a la fronda de los centenarios árboles de apompo y amate formaba un largo corredor de grata  sombra.

Precisamente en muchos parajes, bajo la sombra protectora de los añosos árboles, estaban las típicas lavanderas. Mujeres cuyos días transcurrían a orillas del lago…Y a su derredor se extendía el colorido espectáculo de los tendederos, donde multicolores prendas se secaban al sol y danzaban al ritmo de la brisa lacustre.

A la sombra de un apompo, o  entre las retorcidas raíces de un amate, grandes piedras servían de “lavaderos”; eran rocas volcánicas, pulidas por el continuo uso. Ahí, el duro trabajo de lavar se convertía en jolgorio, porque entre el grupo de mujeres surgía la camaradería solidaria, la ocurrencia, el chiste… y el chisme. Ahí se sabía y se difundían, de boca a boca, los últimos acontecimientos del pueblo…

En ese ajetreo playero, los bebés eran mantenidos a buen recaudo, porque –según antigua creencia– si los descuidaban podían ser robados por los chaneques. Mientras, los niños mayores  retozaban encaramados en los árboles, jugando o perfeccionando su libre estilo de natación. Y en ese conglomerado no faltaban los perros, de todos colores y tamaños, fieles compinches de jornadas, insustituibles compañeros de  juegos infantiles y experimentados nadadores.

Al caer la tarde, el grupo de mujeres se disgregaba. Reunían la ropa en grandes y redondos bultos que transportaban en la cabeza… Iban a casa, a descansar para al amanecer repetir la jornada…

No muy lejos de la orilla y de sus mujeres los hombres del agua, los pescadores, surcaban en sus frágiles barcas las quietas corrientes, poniendo trampas o efectuando lances de chinchorro para atrapar los codiciados especímenes del lago: anguila, topote, pepesca, y las deliciosas mojaras.

Por cierto, en la proa de muchas embarcaciones destacaban pintorescos apelativos, como “Carmelita”,” Mi Cielito”, “Ojitos Traidores”, “La que se fue”,  “la Colorada”,” La barca de Guaymas”, ”La barca de oro”…

Cada pescador ocupaba un sitio en la playa. Era responsable de cuidarlo y limpiarlo. De ese espacio  –que no llegaba a ser propiedad- salía a la pesca y ahí retornaba. Ahí varaba  su canoa, la calafateaba, y extendía a secar o reparar sus atarrayas… Generalmente esas labores de mantenimiento atraían amigos, incluyendo virtuosos de la jarana. De ahí que al calor de toritos y machucados y al ritmo del son, las horas transcurrían alegres.

Cuando las fuertes suradas o los nortes de San Martín erizaban las tranquilas aguas, los pescadores -como niños grandes- armaban grandes pandorgas y barriletes para elevarlos y desafiar a las nubes, en una fiesta que ponía puntos de color papel china sobre el cielo catemaqueño… o, en todo tiempo por las tardes, después de la faena, se divertían jugando al ya olvidado “tángano”.

Día a día, al caer la tarde, por algunas calles se escuchaba el tropel de nutridos hatos de ganado  que, entre silbidos e improperios de mayorales y vaqueros, se dispersaban por la playa para abrevar. Y no faltaba algún ejemplar vacuno que ponía la nota colorida, al alejarse del grupo para lanzar topes a diestra y siniestra, ante la provocación de juguetones muchachos.

Por ahí, en algunos predios baldíos -que entonces abundaban- tendían y reparaban las redes de arrastre los “caladores”.  Eran pescadores entrenados en la pesca mayor, herederos de las artes de pesca traídas por gente del Papaloapan. Utilizaban grandes piraguas y extensas redes.

Cotidianamente, de madrugada salían lago adentro para, luego de varios “arrastres”, retornar a puntos fijos de la playa con la pesca obtenida. Varias eran las “calas”, grandes eran la de don Pedro García, de su hermano Segundo García y la última que operó,  de don Eliseo García.

Un punto importante y referente de la vida del poblado era el Paso Real, extenso playón que se adentraba varios metros en el lago. Ahí se esperaba la  llegada de los caladores, ahí se realizaba la venta y distribución del pescado y de los productos agropecuarios procedentes de la ribera opuesta.

Cuando se abrió carretera del Golfo, aún la comunicación no era fluida, por tanto, el turismo apenas comenzaba a despuntar. Pocos restaurantes había a la orilla del lago, recordamos el “Julita “y “La Luna”, cerca del Paso Real… y por ahí el salón bar “El retiro”. Los paseos por el lago eran a bordo de lanchas y botes de remo…Aunque ya, ha poco tiempo, Julián, “El Brujo”, Moreno, inauguraría  rutas turísticas  con sus lanchas de motor fuera de borda.

Donde actualmente se sitúa una fábrica de hielo, funcionó un aserradero. Por ello ese sitio de la orilla estaba ocupado con grandes trozas, listas para ser aserradas… y tal vez ningún niño de esos barrios resistió la tentación de jugar en el polvo de aserrín acumulado en la playa.

En otro sitio más hacia el este, donde desemboca la calle Corregidora, estuvo otro aserradero que un mal día fue consumido por el fuego. Tiempo después, en ese predio fue instalada  una arena de box y lucha libre  –al parecer la primera que hubo en Catemaco–.

Sobre la confluencia con la calle Ocampo existió un bellísimo paraje rocoso y accidentado, cubierto de añosos árboles de apompo, con una limpia poza de donde surgía un claro y fresco arroyo; ahí era otro centro de lavanderas…Y a unos metros, lago adentro, estaba la punta de “Xaltipa”, exactamente donde hoy se levanta el monumento al Pescador… Y muy cerca, el embarcadero donde atracaba “El Pavo” un ya mítico barquito con motor diésel que daba servicio de cabotaje, transportando pasaje  y un sinnúmero de productos, por las congregaciones de  la costa.

Metros adelante, en la desembocadura de la calle Bravo, bajo un imponente y milenario amate, estaba lo que, tal vez, habría sido el primer “club deportivo” de la localidad: las “bañaderas”, propiedad de don Felipe Absalón, con sus respectivos vestidores, muelles y trampolines de madera; sitio  donde la  juventud de esos años se refrescaba y practicaba la natación…

Casi para llegar a las extensas playas de Coniapan (donde actualmente se encuentra la terminal del ADO) se encontraba el restaurante bar “Linda Vista”, famoso por los bailes que sus propietarios, la familia Ortiz, organizaba en Navidad y Año Nuevo… por cierto en Linda Vista había una parvada de agresivos gansos, que cada vez que caminaba por ahí, de la mano de mi abuelo, las aves tundían a picotazos mis piernas descubiertas por el pantalón corto.

Y frente al último tramo de playa bella y limpia, en los zacatales de Coniapan, donde ahora se encuentra un hotel que rescató el primigenio nombre, las ranas mantenían un ininterrumpido concierto que, sobre todo por las noches, se escuchaba en media población… Más allá entre el verdor de la arboleda y cerca de  la Punta de la pesquería, resaltaba una blanca edificación de piedra que nunca fue terminada, a la que  el pueblo nombraba el “Chalet”. Y era una referencia por esos lugares…

A lo largo de la playa una gran variedad de aves lacustres adornaban el paisaje. Viudas, Martín pescador, torcazas, pichos, aves canoras y las imprescindibles garzas blancas aparecían por todos los rumbos, a todas horas, haciendo por la vida, atrapando peces, almejas o ategogolos para  sustento.

Desde siempre, los negros y tornasolados  tordos o “pichos” han sido y son aves  complementarias del paisaje. Nutridas parvadas anidaban en los árboles más frondosos. Y al amanecer y anochecer de cada día, entonaban su  concierto insuperable. …“Cantan porque dan gracias a Dios, por el amanecer y el anochecer de un día más…”, decía mi abuelita”-

Y aún es estos tiempos de tanto desprecio a la naturaleza, los pichos continúan –como hace  años– con sus conciertos, matutino y vespertino, en los ya escasos espacios arbolados del malecón.

Cada año, en tiempo de aguas, la playa cambiaba. La  crecida del lago  inundaba los espacios aledaños… El  suceso  era esperado por los vecinos ribereños, no como tragedia, sino como un fenómeno repetido anualmente,  al que estaban acostumbrados.

Por ello se preparaban: muchas casas de madera estaban construidas sobre zancos, estilo palafitos, para librar la crecida… y al pie estaba el indispensable cayuco, único medio de transporte. Entonces esas calles inundadas surcadas por pequeños botes daban a nuestros ojos niños, la estampa de una Venecia muy sotaventina.

La playa era intocada y cuidada, mínima la contaminación. Se respetaba la floresta y el ambiente. La zona de playa –patrimonio de todos- salvo la ocupada por las bañaderas, estaba libre de    palapas, embarcaderos improvisados, pangas, barracas y puestos. Sobre la arena descansaban  las barcas y las redes… La vida transcurría  plácida, pero productiva, entre pesca, venta, tertulia, fandango y juegos… Sin tener idea concreta de lo “sustentable”, de manera empírica las actividades giraban en torno al concepto.

Pero ese paraíso desapareció. Un día, a principios de los años 60, el todopoderoso gobierno, que jamás escucha la voz ciudadana, decidió que la corriente del lago impulsara una hidroeléctrica; y  era necesario destruir la playa. El pueblo calló y aceptó… Sólo algunos ciudadanos con valor civil, protestaron…

Como pobre compensación a lo irreparable fue construido el malecón, al que constantemente se le hacen “remodelaciones”… pero no ha llegado a igualar la belleza incomparable de las extensas y limpias playas, con sus centenarios y majestuosos árboles, las características canoas y la algarabía de los bañistas y paseantes, de los pescadores y de las lavanderas, personajes característicos de este pueblo de pescadores.

Cuando recorremos el malecón, no podemos dejar de añorar aquella extensa playa de fina arena, en la quedaron guardadas la huellas de un Catemaco al que el “progreso”  despojó de su original belleza.

(shg)