Hay un ejército incalculable de personas, ciudadanos de a pie, población electoral, para el gobierno.
Entre otros, son los invisibles de los desaparecidos. Según el cálculo oficial, unos cinco mil únicamente en Veracruz. 94 mil en el país.
Son los invisibles de los secuestrados. Y de los asesinados. Y de los feminicidios. Y los infanticidios.
Son los Colectivos, integrados con padres con hijos plagiados y desaparecidos.
Son las ONG, formadas con parte de la llamada sociedad civil y académicos de instituciones universitarias.
Son los cientos, miles de padres de familia reclamando a los suyos, quizá muchos sepultados en fosas clandestinas, hijos de la desaparición forzada, aquella resultante de la alianza de políticos, funcionarios públicos, jefes policiacos, policías y carteles y cartelitos.
Los invisibles son los 6 millones de los 8 millones de habitantes de Veracruz declarados por el INEGI en la pobreza, la miseria, el desempleo y la jodidez.
Ciudadanos, más que a pie, sin esperanzas de tantos sexenios que los han utilizado como elementos desechables en cada proceso electoral.
Son la denominada “carne de cañón”, “los acarreados” para hacer bulto en los eventos públicos.
Son, de igual manera, los 550, unos dicen que 600 mil, paisanos analfabetos, de 14 años de edad en adelante, que no saben leer ni escribir.
Y es el millón de paisanos con la escuela primaria inconclusa.
Y el otro millón con la escuela secundaria a medias.
Y los 600 mil con el bachillerato incompleto.
Y son los miles de jefes de familia (uno de cada tres hogares) que llevan el itacate y la torta a casa con el ingresito derivado del changarro en la vía pública.
Y los trabajadores informales sin las prestaciones económicas, sociales y médicas de ley.
Y los miles y miles de desempleados que todos los días apuestan a que la familia coma, digamos, de milagro.
Esos son, entre otros, los invisibles de Veracruz.
CARROÑERÍA SEXENAL
En el tiempo de las campañas electorales, a los invisibles les dan un refresquito y una tortita para gritonear el nombre del candidato a un cargo de elección popular en un mitin.
Y los ofrecen un bultito de cemento y un paquetito de láminas para el techo de sus casas, y por lo pronto, les dan una cachuchita y una camisetita.
Y luego, encumbrado el candidato, totalmente ignorados.
En el desdén, el menosprecio y el desprecio oficial.
Ahora, les dan una bequita bimensual oscilante entre dos y tres mil pesos y que únicamente durará hasta el año 2024, el fin del obradorismo.
Pero en vez de enseñar a pescar a la gente, les ofrecen el pescado y luego solo quedan los huesos anunciando la muerte de la esperanza social.
Y otra vez a empezar en una sórdida y siniestra carroñería.
Pero siempre vigente la profecía bíblica. Pobres naces. Pobre vives. Y pobre morirás.
La danza burda y ramplona de la esperanza, la ilusión, la quimera, la utopía.
Así fue el priismo. Y el panismo. Y el perredismo. Y el Morenismo.
“¡La vida es así y qué le vamos a hacer!” exclama un personaje literario de Carlos Fuentes Macías, el gran cronista de “La revolución de mayo, París 1968”.
Los invisibles de cada sexenio. “Los condenados de la muerte” decía Franz Fanon. “Los olvidados de Dios” según el cineasta Luis Buñuel. Los excluidos de acuerdo con el antropólogo Oscar Lewis.
NUNCA MIRADOS NI ESCUCHADOS
Los invisibles organizan marchas, caminatas, plantones ante los palacios municipales y el palacio estatal, hacen declaraciones encendidas, pronuncian discursos volcánicos, aparecen en los medios, se declaran en huelga de hambre, siguen al presidente de la república y al gobernador en protestas, y para su infortunio, nunca son mirados ni escuchados ni tomados en cuenta.
Y si alguna vez son citados en rueda de prensa, por ejemplo, son incluidos en la venta de esperanzas burdas, ramplonas y baratas.
Y aun cuando siguen luchando, abriendo el surco, ninguna autoridad “los pela”.
Hay quienes, como los Colectivos, tienen cinco, diez, años, clamando la aparición de los suyos.
Incluso, en su búsqueda frenética en las fosas clandestinas han juntado más de mil cadáveres y restos óseos y la Fiscalía General ahí los tiene, pendientes de una prueba ADN, argumentando que carecen de presupuesto oficial.
Peor tantito: hay ocasiones cuando en las fosas únicamente han encontrado unos cuantos pedacitos de un cadáver porque así fueron sepultados y lo que, claro, imposibilita una identificación, igual, igualito como en el tiempo sórdido de las dictaduras militares en América Latina, cuando los jefes políticos, presidentes de cada república amorosa del continente, ordenaban arrojar y desde el helicóptero de la muerte a las personas vivas en medio de un mar lleno de tiburones.
Es el Veracruz de las fosas clandestinas. Veracruz, un fosario, ha dicho el sacerdote José Alejandro Solalinde Guerra.
El fosario de los invisibles.
Los ciudadanos sin nombre, secuestrados hasta en sus propias casas, desaparecidos, que engordaron las fosas clandestinas.
Es el Veracruz bárbaro. El otro Veracruz. El Veracruz de la infamia.
