POR ARMANDO RAMÍREZ RODRÍGUEZ.
Capítulo 26.
SANTIAGO DE COMPOSTELA
El 27 de agosto del año 2007 sucedió un acontecimiento de relevancia cosmológica; el planeta Marte se acercaba a la Tierra, se apreciaba con dirección al este, huyendo de venus o despidiéndose de nosotros. Aquellos mágicos e inexplicables eventos del cosmos contrastaban con situaciones complicadas que atravesada; por ello decidí que debían quedarse atrás y volar a través del Océano Atlántico. Alejándome así de las vicisitudes; tal y como se habían trasladado los planetas.
Caía la tarde llegando a Madrid, acompañado de mi esposa Freya y Bella María. El trayecto había resultado por demás cansado, pero nuestra felicidad de encontrarnos nuevamente en el viejo mundo nos alegraba en demasía. Sentíamos un cierto aire de familiaridad al estar por fin en la ciudad. Lo primero que hicimos fue recorrer las calles madrileñas con su algarabía característica. Pasamos por el Museo del Jamón en la Gran Vía, atravesamos la Plazuela de Canalejas y llegamos a la calle de la Cruz donde se ubicaba nuestro hotel, el famoso Cantábrico. El sol se asomaba tímidamente logrando un placido clima templado; eso nos incitó a seguir paseando e ir a la Catedral a visitar a la Virgen de Almudena. Majestuosa arquitectura gótica con robustas columnas que representan el estilo de la época; así como sus enormes arcos y el Santo Cristo; el atrio con la cruz en el centro y una hermosa estampa de la virgen.
La patrona de Madrid es la Virgen de Almudena, proviene del árabe Almudena (el castillo) que según la leyenda en el año de 712 un herrero ocultó la imagen de la virgen de los musulmanes. Cuatrocientos años más tarde la imagen que había sido escondida siglos atrás fue descubierta por casualidad. En ese sitio repleto de misticismo y leyendas, encontré una hermosa representación de la Virgen del Carmen. Curiosamente a dos cuadras de ese lugar, existe otra iglesia donde se venera también la virgen del Carmen (santa patrona de los catemaqueños) ¡En donde venimos a encontrar! En la población de Catemaco hay tres representaciones de ella, ya que, al ser la santa patrona, hace su aparición cuando recorres las aguas de la laguna.
Después de nuestras primeras visitas turísticas, decidimos que era momento de relajarnos con alguna caña que se cruzara por nuestro andar, y empezamos la clásica marcha. Nos bajamos en la Plaza de España, está se encuentra en una bella zona ajardinada donde existe ambiente bullanguero por sus conciertos y bares. La plaza está rodeada de edificios emblemáticos, que en su momento fueron los primeros rascacielos de Madrid. Caminamos sin rumbo hasta llegar a Huerta, buscando los famosos pinchos y las patatas bravas madrileñas.
Al siguiente día emocionados de despertar en la bella capital española, decidimos tomar rumbo a la estación del sur, para buscar la línea de autobuses Aisa, la cual nos llevaría a nuestra siguiente parada, la población de Lugo, localizada en la región de Galicia. El trayecto era de un bello verde intenso, teniendo diversas especies de árboles nativos maderables los cuales adornaban el camino. Cruzamos varias poblaciones y observábamos personas trabajando en la noble labor del campo; cosechando, sembrando o arando. Atravesamos por el rio Miño, donde cuentan que los romanos tenían un manantial natural y un complejo termal que resultaba medicinal.
El sol se empezaba a ocultar y nuestras ansias por llegar se acrecentaban exponencialmente. Alrededor de las seis de la tarde la espera había terminado, estábamos llegando a la estación de Lugo. Lugo es la zona más antigua de Galicia. Se funda como Lucus Agusti, en nombre del emperador romano. Y a partir del año 50 a.C., se convierte en un importante núcleo cultural y artístico de la vida romana.
Mi hijo Armando nos esperaba en la estación con gran alegría y emoción desbordante. Nos abrazamos después de un largo tiempo de no vernos. Habíamos cruzado las aguas del Atlántico para reencontrarnos.
La casa de Armando estaba situada en el centro de la ciudad; para su tranquilidad a diez minutos caminando del hospital donde trabaja. Aunque su casa se ubicaba en la zona más concurrida, paradójicamente se sentía un apacible silencio. Estábamos muy cerca de los mercados, restaurantes de comida típica, quiosco de revistas y bancos. La famosa muralla de la ciudad se encontraba a solo 100 m, y la podíamos observar desde donde estábamos. La Muralla Romana de Lugo, fundada en el año 13 a.C., no ha cambiado su aspecto después de tantos siglos rodeando el casco histórico de la ciudad. Tocarla es palpar el pasado de esplendor de las primeras grandes civilizaciones de la humanidad.

