Pongamos todo en perspectiva // Carlos Villalobos
A veces, la política se parece demasiado al futbol aunque muchos sesudos intelectuales quieran convencernos de lo contrario. Nos pasamos semanas discutiendo la alineación, especulando sobre el resultado, anticipando conflictos y armando escenarios catastróficos. Pero llega la hora señalada, el árbitro pita, el balón comienza a rodar y la realidad manda a dormir a todas las ideas concebidas por la ansiedad.
Llevábamos meses hablando de seguridad, de organización, del caos institucional y del miedo a que la inauguración se convirtiera en un campo de batalla. Sin embargo, contra todos los pronósticos y con toda la tensión a cuestas, el torneo arrancó y aunque suene a obviedad, eso importa más de lo que parece.
El primer gol de un partido tiene un efecto curioso, no necesariamente define el resultado, pero cambia el estado de ánimo de golpe. Rompe la tensión, obliga a replantear estrategias y deja que el juego encuentre su cauce. Con el arranque del Mundial ocurrió algo similar. Ver el Estadio Azteca en todo su esplendor (me niego a llamarlo como la FIFA quiere) y el foco puesto en la cancha cambió la conversación pública de golpe.
Claro, eso no significa que los problemas se hayan esfumado ya que la CNTE mantiene una movilización que, desde cualquier lectura democrática seria, es legítima, pero ha puesto en aprietos miles de mexicanos al cerrar vialidades y aprovechar la oportunidad que representa un evento como el mundial. Protestar no es una concesión del poder, es un derecho, pero una movilización, por más justa que sea, a veces produce efectos que se les escapan de las manos a quienes la encabezan.
La historia reciente tiene ejemplos incómodos como el de 2014 donde Brasil llegó a su Mundial con una ola de protestas que cuestionaba la corrupción, el gasto público y la desigualdad. Demandas reales y justísimas, sin embargo, con el paso del tiempo, ese clima de descontento fue secuestrado por otros actores políticos para erosionar a las instituciones. El resultado final de ese proceso terminó pavimentando el camino para que Jair Bolsonaro llegara al poder. No por culpa de las protestas, sino porque otros entendieron perfectamente cómo capitalizar el caos.
Por eso la pregunta sigue en el aire: ¿A quién le conviene hoy que la tensión escale? ¿Quién se beneficia si la conversación suelta las demandas concretas y se vuelve pura narrativa de desastre? Cuando los movimientos sociales pierden el control del micrófono, alguien más se apropia de él.
Lo ocurrido en esta primera jornada nos deja una lección importante: a pesar de los bloqueos, la presión política y los reflectores globales encima, el saldo fue blanco, y eso no es poca cosa. En una época donde el conflicto vende más que la normalidad, evitar la violencia en un país movilizado exige organización, contención y responsabilidad de todas las partes. Los saldos blancos casi nunca son noticia, pero lograrlos cuesta.
Mientras tanto, el fútbol hizo lo que mejor sabe hacer: acaparar la atención, al menos esta vez la selección mexicana cumplió ganando.
Los tres puntos están en la bolsa y, matemáticamente, en fase de grupos eso es lo único que importa. Pero, siendo honestos, el funcionamiento dejó un mar de dudas, fue una victoria desangelada. Hubo lapsos de desconexión en los que el equipo parecía más preocupado por no equivocarse que por imponer condiciones. Se ganó, sí, pero difícilmente alguien salió del estadio convencido de que tenemos una Selección para competirle a las potencias del torneo.
Nos queda mucho torneo por delante, faltan negociaciones y faltan partidos decisivos, quizá la enseñanza más útil de estos días sea entender que ni los triunfos apretados ni los conflictos estancados son el final de la historia.
El balón ya está rodando, ahora toca ver a quién le alcanza el aire para jugar los siguientes noventa minutos.
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