Añoranzas, Por: Elgie Cameron Calo

¿Donde está tu esperanza?

 

Atravesaba los cielos de México en un vuelo de Aeroméxico de Monterrey a Cancún, disfrutaba de la topografía territorial espectacular, con sus listones de carreteras que abrazaban todas las regiones.

Sus litorales peninsulares de yucatecos y de Quintana Roo. Con sus aguas de color azul turquesa y verde esmeralda, me robaban la respiración.

El horizonte azul e infinito me hablaba del poder de Dios; de su permanencia y eternidad. Mis ojos se pierden en la inmensidad de un Dios vivo.

Abajo en la tierra, las cosas andan mal. Mientras los candidatos a la Presidencia prometen sacar al país de una de las mayores crisis financieras que se extienden y conectan a nivel mundial, hay gente que llora; y después, ante la caída vertiginosa de las bolsas. La mía en especial, cae sin paracaídas.

Depositaron su “esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas”, según dice el autor del libro bíblico de Timoteo. Esperanzas tan inciertas, como las nubes llevadas por el viento, como todo lo que está sujetado por el tiempo; que hoy es, y mañana deja de ser. Como el canto del cisne, que suena bello y repentinamente se hace silencio de muerte.

No habrá mañana para mucha gente; el sol no brillará, ni el oro relucirá. Los números que brillaron, alucinantes, en la pantalla de la computadora, traerán el recuerdo de la ilusión perdida. Quien sabe, entonces se acuerden del “Dios vivo que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos”.

Según escribió San Pablo en su carta a Timoteo, “A veces, Dios permite que nos frustremos con la fogosidad de nuestros planes; con la superficialidad de nuestros sueños. Con frecuencia, él permite que andemos nuestros propios caminos, con la intención de enseñarnos el dolor que nos conduce de regreso a la única fuente de seguridad y permanencia.

Nunca es tarde para aprender; los sueños destruidos representan el amanecer de un nuevo día, cuando Dios está presente. Nada llegó a su final cuando el Dios eterno, que no conoce fin, asume el control de la vida.

Por eso hoy a pesar de tus frustraciones, despecho de tus derrotas, laza tu mirada al cielo, y contempla la benignidad, y la misericordia de un Dios que se preocupa por ti y está siempre con los brazos abiertos, listo a correr en tu auxilio.

No salgas hoy a enfrentar una nueva batalla de la vida, sin la seguridad de que tú confianza está depositada en, “el Dios vivo que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos”.