Aquel antiguo parque…

En nuestras ciudades y pueblos de traza hispana, la plaza o el parque es el corazón geográfico de la comunidad. Es punto de referencia y espejo que refleja los afanes, alegrías y tristezas pueblerinas…

Los parques, las plazas centrales son sitios para el descanso, el paseo y la convivencia familiar; para charlas, juegos…y para concentraciones de toda índole. Son lugares de encuentros y desencuentros, de romances, de amores y desamores…O simplemente para ver pasar el tiempo y la vida.

En los parques, respira y toma el sol el alma de los pueblos, se baña de luna, de alegría y de serenata…También el parque es el rostro, grato y amable, o inhóspitos y desagradable… que la comunidad muestra al visitante…

Catemaco carecía de un parque. Fue hacia 1894, cuando el progresista alcalde don Francisco Mortera Sinta – quien después mandaría construir la Torre del Reloj y la casa municipal- dispuso que el maestro de obras don Ventura Cárdenas trazara un parque “para solaz y esparcimiento del pueblo”, en un terreno baldío, situado en el centro, frente al templo…

El parque no ocupó todo el solar, se dejó un espacio precisamente frente al arco de calicanto de la entrada principal al atrio parroquial. Tiempo después ahí se colocó un busto en bronce del padre Hidalgo, que, según crónicas, el presidente Porfirio Díaz repartió entre los pueblos y ciudades cuyos alcaldes eran sus amigos. Muchos años estuvo ahí el busto del padre Hidalgo, entre puestos de santos, cirios, veladoras, flores y golosinas, hasta que en una ampliación del parque la efigie del prócer fue cambiada a otro sitio.

Para comienzos del siglo XX la plaza catemaqueña ya tenía forma. El parque –aún sin nombre-  era de pequeñas dimensiones, medía 37 por 32 metros y marcaba el centro del cuadrante formado por la casa del ayuntamiento y la torre del reloj al extremo norte; la estatua del padre Hidalgo y puestos de santería, la escuela en la casa de don Sandalio Suárez ( actualmente de la familia Brizuela), al sur; el templo al este y comercios variados al lado oeste…Precisamente en la esquina donde actualmente se encuentra un café, se situaba la casa y una tienda de abarrotes del alcalde, que fueron incendiadas en una incursión de rebeldes maderistas.…

En tiempos de la revolución, “rebeldes “o “alzados”, era el calificativo común que se daba a los grupos armados de diversa filiación: flores magonistas, maderistas, también fuerzas federales porfiristas y luego huertitas, que se guarnecían en diversos puntos de la sierra.

Con frecuencia bajaban al pueblo y acampaban en el parque. …. Al grito de 
¡Vienen los rebeldes…¡ la población se encerraba a piedra y lodo en sus casa .Y en muchas ocasiones los catemaqueños enfrentaron la espeluznante sorpresa de ver a gente de uno u otro bando o a indefensos y pacíficos civiles colgados de los frondosos árboles del parque…

Al triunfo de la revolución, el parque fue llamado “Francisco I Madero” en homenaje al presidente mártir… Deslavadas postales lo recrean: poblado de árboles de fresnos, dagames, almendros y limonarias, estación de las golondrinas viajeras; tenía bancas de hierro forjado entre prados y jardines que fueron encomendados al cuidado de distinguidas señoritas del lugar…Y al centro el pequeño y bello quiosco de latón con adornos arabescos…

Repartidos en el área, había postes con candilejas de mechero de aceite, que un encargado encendía noche a noche. Años después las bombillas eléctricas reemplazaron a los mecheros…Parvadas de pichos, golondrinas y palomas completaban el pintoresco cuadro…

Tarde a tarde la algarabía de los pichos alegraba ese espacio público. Al anochecer, luego de las faenas del día, muchos ciudadanos acudían a gozar del fresco y la paz del lugar. Los chamacos jugaban canicas y trompos en la “tierrita” de los prados, o se divertían con juegos grupales como la roña, el bote, la quemada, los encantados, los bandidos… Otros, bajo la tenue luz de los faroles, cazaban abejorros y grillos verdes a los que les ataban un hilo y los echaban a volar en competencia…

Desde el quiosco, cada noche de domingo, los llamados “conciertos” musicales locales como el renombrado concierto Moreno o músicos procedentes de lugares aledaños, amenizaban las retretas o serenatas. Era obligado “dar vueltas al parque”. Las muchachas casaderas y sus chaperonas caminaban del lado contrario al de los muchachos. Desconocemos de dónde llegó tal moda, pero quizás facilitaría el intercambio de miradas y piropos que devenían en invitación a bailar e inicio de noviazgo que, tal vez, culminaría en boda…

Y entre los pasillos se repartían los vendedores con sus tablas de exquisitos bocadillos de la confitería local: gaznates, masas finas, rosquetes, niño envuelto, melcochas, dulces de leche, de papaya, de toronja, de coco, en muchas variedades… besos de dama, galletas, merengues, charamuscas, piloncillo, naranjas, cartuchos de cacahuate, caramelos. ..y un largo y dulce etcétera… 
Había dos que tres neveros que en carretillas llevaban sus garrafas de rica y helada golosina. Por cierto, hace años era famoso un señor, cuya especialidad era la elaboración de pirulís y caramelos con figuras de animales (palomitas, gallitos, caballos, perros o gatos) de vistosos colores. Le llamaban “Dios lo ve”; el porqué de ese sobre nombre es historia parte…

Por muchas décadas, el parque cumplió su función como centro de la vida pueblerina. Ahí se concentraban los peregrinos que llegaban a rendir culto a la Virgen del Carmen. Era sitio de mítines en épocas de turbulencia política, y se llenaba de vendedores arribeños en días de las ferias… alojaba merolicos, fotógrafos, predicadores, cirqueros ambulantes y toda clase de gente rara que llegaba al pueblo a brindar distracción u objetos novedosos…

El parque era el lugar de los acontecimientos importantes… Una postal de la agencia México Fotográfico inmortalizó una escena, tal vez de los años 20, cuando un grupo de ciudadanos celebra, en el parque catemaqueño, la llegada del primer automóvil, seguramente sería un Ford…

En 1927, el parque Madero fue remozado. Sin cambiar sus características originales, se colocó alumbrado eléctrico de clásicas pentabolas, se reforestó y se agregaron bancas de cemento, que tenían escrito en su espaldar el nombre del donante. Una de esas bancas sobrevivió hasta la penúltima remodelación…recordamos que tenía la leyenda: “obsequio de Federico Zataraín. Año de 1927”. Quién sería. De dónde vino… Misterio no resuelto…

Frente o cerca del parque, con el correr de los años, se establecieron negocios que dieron movimiento al centro de la población… las tienda de don Felipe Absalón, la de los hermanos españoles Gervasio y Ricardo Villa, el taller de talabartería de doña Jerónima López, la Botica el “Sagrado Corazón” de Francisco, Panchito ,Rodríguez Mortera –que fuera nieto del alcalde Mortera; la tienda, bar y billares “El Oasis” de don Agustín Moreno Armengual, la casa de huéspedes de la familia Sobrevals…Y otra tienda, bar y billar llamada la “Cooperativa”, de los hermanos Moreno, situada en sitio en donde fuera la casas Mortera. Y frente al templo, abundaban los expendios de flores, y los puestos cirios y artículos religiosos de las hermanas Pérez Vidal.

Desde los años 20 y hasta entrados los años 50, el mercado de la población se ubicaba atrás de la casa del Ayuntamiento. Agrupaba carnicerías, pescaderías y tiendas de abarrotes que ofrecían alimentos y otros satisfactores de primera necesidad. También había fondas, tiendas de ropa, telas y misceláneas…La gente le llamaba “la plaza”, se entraba por un pasaje situado entre el “municipio” y la torre del reloj, frente al parque…

Por 1940, más de cuatro décadas después de su creación, el parque Madero conformó el centro urbano, el primer cuadro, de la aún Villa de Catemaco. A su derredor estaban la parroquia, el Ayuntamiento y la torre del reloj público… Tiendas y comercios ya mencionados completaban el cuadrante.

A mediados de esa década, en el parque se establecieron pequeños quioscos de madera y lámina, las “refresquerías” o “neverías” con su oferta de aguas frescas, de bebidas gaseosa, paletas y nieve, alquiler de bicicletas y la novedad de las aparatosas “sinfonolas” -luego les llamarían “rocolas”-, que por veinte centavos tocaba el disco con la música de moda. En esos años, estos establecimientos completaban la alegría de la vida pueblerina y eran los únicos lugares para la reunión de amigos o la cita de enamorados…

Se recuerdan la refresquería de las hermanas Cadena Azamar, la de don Ramón Hernández; la nevaría “Alaska “de don Indalecio, Lecho, Moreno García, la de don Juan Escobar García, con su bicicletas de alquiler, …y más acá en tiempo la paletería de don José Lucas,“Chelucas” Valencia Gracia… Cada uno de estos establecimientos tenía su especialidad: unos los helados, las paletas, la horchata y aguas de frutas; otros los raspados y los tricolores pabellones…

Hasta los años 60, las serenatas alegraban las noches del domingo con audiciones de música viva, a cargo de conjuntos musicales locales o de lugares aledaños. Eran animados bailes organizados por la llamada Junta de Mejoras Cívicas, Morales y Materiales, que surgieron durante el periodo del gobernador Ángel Carvajal Bernal… Así, cada domingo, los bailadores lucían sus mejores pasos por una simbólica cantidad…

Muchas décadas atrás, se celebraba el Carnaval la noche del martes con un animado baile y un divertido concurso de disfraces. En el parque se reunían entusiastas jóvenes disfrazados de los más variados personajes de la imaginaria popular: arlequines, colombinas, soldados, diablos, payasos, brujas, animales, y demás parafernalia… Daban vueltas y vueltas luciendo sus creativas galas y disfraces, entre un cerrado combate de flores. Mientras, pandillas de chamacos traviesos lo hacía con cascarones de huevo rellenos de harina…

A las 12 de la noche, la música hacia un silencio y entre la expectación general, los disfrazados se quitaban antifaces y máscaras y descubrían su identidad…Entonces el jurado, entregaba los premios a los ganadores. El baile cerraba la noche carnavalera…Al otro día, todos al templo a cumplir el ritual del miércoles de ceniza.

Por los años 40, a iniciativa de un grupo entusiastas ciudadanos se fundó el centro social “Casino Catemaqueño”, el más importante de su tiempo. Funcionó en una amplia casa de madera situada al extremo oeste del parque, donde actualmente está establecida una farmacia. Contaba con un salón de baile decorado con grandes espejos… surtido bar y mesas de dominó. Famosos eran los “rumbosos” bailes, el reglamentario del 12 de octubre, los de 15 de septiembre, de Navidad y Año Nuevo; las posadas las ramas navideñas y sus alegres “tertulias” o “tardeadas”, concurridas por la juventud de la época…Los bailes eran amenizados por renombrados conjuntos musicales de la localidad, de la región y, en especiales ocasiones, orquestas de renombre nacional….

Pero…allá por los años 50 llegó el “progreso”, había que adecuar el parque a los dictados de la “modernidad”…y un buen día los añosos árboles que lo circundaban fueron derribados y con ellos los nidos y las aves…Desaparecieron el quiosco , los jardines , las bancas de hierro y las de cemento y también las neverías…La antigua explanada donde estaba la estatua de Hidalgo y las ventas de santos, flores , cirios y el recordado puesto de doña Margarita Domínguez con sus juguetes y duces arribeños, fue anexada al parque. Poco tiempo después ese espacio fue habilitado como cancha de basquetbol. Una balaustrada limitó el perímetro del parque.

Por una ocurrencia del alcalde en turno el quiosco fue cambiado por una pérgola, en cuyo lado posterior alojaba un estanque con a especímenes piscícolas del lago… Una placa metálica con texto en alto relieve certificaba la “progresista acción del Ayuntamiento al de modernizar el parque”. Tan de buena factura era la placa que se le fueron desprendiendo las letras, hasta quedar ilegible… Y pronto el estanque se convirtió en depósito de basura…La forma de ese adefesio motivó que el humor popular lo bautizara como “la gasolinera” …

De la antigua arboleda no quedó vestigio. Pero, alguien previendo la desolación del lugar tuvo la feliz ocurrencia de sembrar unos árboles de framboyán en los pocos espacios destinados a jardines. Por muchos años, esos árboles de encendidas flores fueron el único motivo amable en la aridez del parque.

A pocos años, otra autoridad hizo modificar el parque. Se demolió la “pérgola” y se construyó una mole octagonal de dos plantas (como bunquer de la primera Guerra). En la planta baja de esa extravagante construcción, a la que llamaron “quiosco”, se establecieron refresquerías, como la de don José Lucas valencia y posteriormente la de Ismael, Mayeyo, Armengual. El parque continuó desolado, sin jardines ni más árboles que los framboyanes sobrevientas. …Sin embargo, continuó siendo el lugar tradicional de reunión popular en las tardes y los domingos…

La última “remodelación” ocurrió en recientes años, cuando a la administración municipal en turno se les ocurrió convertirlo una explanada, adecuada a grandes concentraciones… Se aumentó el área, restando metros a la calle María Boettiger, se construyó un remedo de los clásicos quioscos, se colocaron escasas bancas y en una esquina se instaló una barroca fuente que nunca ha funcionado y se habilita como taquería en tiempos de feria.

Ese páramo encementado tiene escasas y mínimas “áreas verdes”, donde fueron sembradas unas exóticas palmeras. Y como parece que aquí, los árboles son un estorbo, a nadie se lo ocurrió plantar árboles endémicos del lugar, que además de embellecer, regalaran su sombra y su frescura…

El antiguo, bello, arbolado y típico parque Francisco I Madero; sitio acogedor y amable creado por el alcalde Mortera haces más de cien años, fue borrado por la “modernidad”, en cuyo nombre se han cometido muchos atentados al patrimonio de nuestros pueblos…  Y las “” de autoridades que desconocen la función ambiental y social de los parques.

Aquel, original y pueblerino parque quedó retenido en   el recuerdo…y en el sepia de   foto y postales, que el tiempo y la nostalgia van deslavando… ©shg     Fotos: México Fotográfico