POR ARMANDO RAMÍREZ RODRÍGUEZ .
Capítulo 11.
DE LA CIUDAD DE LA LUZ, A LA TIERRA DE LOS DIOSES
Estamos a unos días de nuestro viaje al viejo continente, volveré a estar en el paisaje Helénico y en las islas del Adriático. Mis amigos y familia nos despidieron con una cena, entre ellos Loncho, Edda, Paco, Addy y Galo. Freya y yo platicábamos que iríamos a Génova o Florencia en tren para llegar a Atenas; habíamos conseguido un Flexi-Plass que nos daba derecho a cinco días de trayecto por tren. Del Pireo regresar en un crucero atravesando las Islas Jónicas y posteriormente Venecia. Bueno… empezamos a soñar.
Un día después fuimos a misa en el convento de las madres capuchinas, y elevamos oraciones por Chabelita. Le pedimos nos acompañara en forma de ángel en nuestro recorrido. Aunque también no dejábamos de tener cierta inquietud, ya que los niños se quedarían solos en la escuela y el consultorio también lo dejaría por unas semanas.
En aquel día esperado, llegamos a la central de autobuses de Xalapa para viajar en ADO hacia la Ciudad de México, donde tomaríamos un taxi hacía el aeropuerto. El taxi en la Ciudad de México nos cobró 7000 pesos; alcanzamos apresurados al mostrador de Iberia para documentar, sin embargo, aquella prisa resultó pueril, ya que pasamos largas horas de espera, para después hacernos saber que el avión estaba con ciertos problemas debido a que el tren de aterrizaje no funcionaba.
La aerolínea mandó a quienes habíamos perdido el vuelo al hotel Holiday Inn. Donde a pesar de que la estancia fue agradable al igual que la comida, quisimos cambiar de línea, pero resulto imposible, a lo cual decidimos esperar ya que nos dimos cuenta que llegaríamos a tiempo al congreso. En pleno vuelo Freya estaba muy asustada por las turbulencias que atravesábamos; la nave hacia escala en Montreal, y llegando aquella zona los tenebrosos movimientos se fueron disipando, volviendo la calma junto con el disfrute del trayecto.
Llegamos a Barcelona y nos hospedamos en el Hotel Lecorts, entre las calles Travesera y Nicaragua, donde obtuvimos un buen descuento por asistir y ser parte del congreso. Después de instalarnos, me fui caminando al auditorio de La Banca Catalana donde se celebraría la convención. Al llegar me encontré con los doctores Heredia, Portabella y Malthus, a quienes saludé con gran entusiasmo por volvernos a encontrar con un interés común, el amor por la profesión y las experiencias de vida que habíamos obtenido ejerciéndola. Me invadió cierta nostalgia de recordar mis ayeres siendo estudiante en aquellos recintos.
Muchos años estuvo prohibido hablar en catalán (la dictadura que niega a los hombres a pensar) entre mis apuntes aún conservaba la primera invitación que se hizo en ese idioma, llevaba como título «El ojo y la diabetes». Durante las horas que estaba asistiendo al congreso nuestros amigos catalanes Manola y Jaime Flamarich, invitaron a Freya a un lugar llamado vaso de oro a disfrutar de unas cervezas frías mientras se ponían al día de nuestra recién llegada a tierras catalanas. Después al restaurante típico Campix a comer una típica Paella de bienvenida con almejas y vino Campix.
La siguiente mañana, me dirigí hacia el congreso para recibir emocionado y por demás jubiloso, mi diploma sobre Avances de oftalmología y cirugía. Todo el día fue de gran satisfacción por haber sido participe de una convención tan importante, organizada por el Instituto Barraquer donde orgullosamente soy egresado y me formé como especialista. El instituto tiene una gran historia en su haber. Fue inaugurado en 1941 por el profesor Ignacio Barraquer, quien fue el primer catedrático en oftalmología en Barcelona. El profesor creó una novedosa intervención para las cataratas, que logró gran difusión en el resto de Europa, alcanzando un enorme e importante auge del instituto.

