Mar. Feb 20th, 2024

Chamanes, hechiceros, curanderos y herbolarios conocedores de las propiedades curativas de las plantas, así como sicólogos empíricos, los ha habido desde tiempos inmemoriales. Recordemos que en el pasado prehispánico el chamanismo fue elemento del pensamiento religioso y tuvo gran influencia en la vida de la comunidad.

La idea religiosa de nuestros antepasados autóctonos estuvo plagada de supersticiones. El padre Sahagún, en su obra Historia General de las cosas de la Nueva España, anota que “Los naturales tenían muchos agüeros donde adivinar cosas pasadas y futuras”.

Precisamente, en 1580, Juan de Medina, alcalde mayor de Tlacotalpan, en su Relación de Tuxtla anotó “…adoran a Ochilobos que es el demonio y lo tenían pintado en piedras y en bultos de barro que hazian, (sic), sacrifican a este ídolo algunos esclavos…”. Por supuesto, estos rituales religiosos de los pueblos prehispánicos, no eran exclusivos de la zona de Catemaco, sino eran practicados en todos los asentamientos de esta y otras regiones del territorio azteca.

En el libro “Los sueños y los días. Chamanismo y nahualismo en el México actual», editado por el INAH, los antropólogos Miguel A. Bartolomé y Alicia M. Barabas plantean que la práctica de chamanismo se ha mantenido por milenios, en las comunidades indígenas y se ha transformado acorde a las necesidades de los distintos grupos sociales.

Algunas crónicas aseguran que en Catemaco los antiguos chamanes rendían culto a Huichilobos, dios del mal, en un adoratorio situado en una cueva del cerro que fue llamado “Mono Blanco” por los españoles, porque también así nombraban al demonio.

El etnólogo Álvaro Brizuela Absalón, en su interesante ensayo “Ritos de iniciación en el sur de Veracruz” , cita al estudioso de mitos y ritos Mircea Eliades, para quien “…el chamanismo es un conjunto de métodos extáticos y terapéuticos ordenados a obtener el contacto con el universo paralelo, aunque invisible de los espíritus y el apoyo de estos últimos en la gestión de los asuntos humanos”

En épocas prehispánicas, en un paraje del cerro, donde se bifurcaban caminos, se reunían los hechiceros y sacerdotes para ofrendar, ayunar y hacer sacrificios, conjurar los malos augurios y solicitar poderes a la deidad. Se dice también que el cerro Mono Blanco era uno de los vértices del mágico triángulo que incluía, además del cerro, la isla de Agaltepec (rica en vestigios de adoratorios) y cierto lugar en la costa opuesta del lago.

Efectuaban el ritual precisamente en marzo, alrededor del solsticio de primavera, coincidiendo con ciertos movimientos astrales y con la época de floración y de cosechas… Y ¿Quién diría que tenía que ser el primer viernes…? Tal vez, ello fue producto del sincretismo religioso, ya que en el rito católico el día viernes tiene especial significado, comenzando porque Cristo fue crucificado en viernes…Además, las consejas populares dicen que los días viernes son los propicios para hechizos y curaciones, pues ese día andan “sueltas” las fuerzas oscuras…Y un refrán asegura que “quien matara víbora en viernes, tiene la buena suerte asegurada”.

Algunos ritos prehispánicos se sincretizaron con los ritos cristianos, Otros, por temor a la iglesia y a la Inquisición, fueron celosamente guardados y practicados en secreto, aplicando antiguos conocimientos de herbolaria y la aportación de los ritos santería traídos a América por los esclavos africanos. Y con el paso de las centurias la imaginaria popular envolvió esos esos oficios casi herméticos, con un velo de mito y de misterio.

El cerro de Mono Blanco, aledaño al poblado de Catemaco, donde dicen que mora el diablo en una tenebrosa cueva, quedó como el sitio de reunión de algunos hechiceros y símbolo de la brujería. En torno a ello se han tejido mil y una leyendas. Y a la sombra de los verdaderos curanderos sabios en herbolaria, han surgido charlatanes, a quienes ese rico filón les ha dado fama y fortuna.

Acerca del cerro Mono Blanco, el etnólogo Brizuela Absalón plantea que el hombre religioso realiza rituales que establecen un vínculo entre la Tierra y el Cielo, a través de una montaña o de una cueva; y que a través de los rituales crea una relación en la que entrecruzan Cielo, Tierra e Inframundo…Concluye el investigador que: “Uno de esos espacios, es el cerro de Mano Blanco.”

En su ensayo, Brizuela, recoge el testimonio de un iniciado en su visitas al cerro: “El curandero Palermo Hernández, originario de Sayula, ya fallecido, relató que para iniciarse, visitó siete veces el Mono Blanco, también ascendió al Volcán de San Martín -para el corte de vegetales-, y estuvo en la Cueva de la Laguna Encantada, él afirmó que era requisito visitar el Mono Blanco por siete años consecutivos, una vez cumplido, ya se tiene el permiso, entonces puede llevar a otro, siempre y cuando guarden los preceptos..”.

A través de los años, en el ámbito catemarqueño cobraron renombre ciertos personajes extraños que, en su momento, se proclamaron estudiosos de lo oculto, maestros de las magias de todos colores, depositarios de la sabiduría y dueños de sobrenaturales poderes. Y pasaron a forman parte de la mitología local.

Así, se recuerda a la bruja Carolina, con sus nocturnos recorridos por el pueblo, siempre custodiada por una jauría de bravos perros. A don Valentín, cuyas agujas “mágicas” señalaban en qué órgano del cuerpo estaba el “mal del encantamiento”. Al cuate Julián y sus “limpias curativas”; Hilario, “el chupador” especialista en curar el “mal de ojo”; don Jacinto, que hacía bailar una la tijera para deshacer conjuros…

Con sigilo, y a veces con temor, se hablaba de la mujer nahual que con malas artes dormía a su marido, en punto de las doce de la noche para despojarse de la humana piel, adoptar la figura de una marrana o la de un toro y salir a las calles a espantar gente. Poco se nombra a aquel don Manuel, eficaz curandero que, además, hacía volar tecolotes y murciélagos rellenos de trapo. O al siniestro brujo Abraján, cuyo cadáver fue arrastrado y devorado por siete perros negros, en una noche tormentosa.

Y más reciente en la memoria está don Gonzalo, llamado el “brujo mayor”. Su fama traspasó las fronteras y fue visitado por personalidades de la política y del espectáculo. Realizó increíbles curaciones combinando el conocimiento de la botánica, una innegable e innata psicología y los recursos de la medicina alopática. Aseguraba que poseía poderes otorgados nada menos que por “el rey de la tierra”, con quien – decían- se entrevistaba con frecuencia.

¿Verdad o mentira? Como todo lo que no tiene explicación racional, la llamada brujería se pasea en el filo de la navaja, entre la credulidad y la duda. El campo de la paranormal, de lo oculto e insólito es propicio para la creación de mitos. Y, por tanto, propicio también para la proliferación de seudo chamanes o curanderos que prometen hasta lo imposible; y, previa alta tarifa, dan limpias, quitan males, chupan espantos, exorcizan demonios, atraen al ser amado, alejan la envidia, aseguran el éxito o adivinan la suerte…

Por estos rumbos catemaqueños abundan los “consultorios” con pintorescos nombres… “El salto del tigre” , “El dragón rojo” , “ El brinco del león” , “La tumba de las calacas” , “El búho negro” , “Jorge el grande” , “El lobo negro” ,”El Indio”, “La cueva del diablo”…”La cabra infernal”… Así que… entre brujos andamos…

Si bien el primitivo y puro chamanismo y los mitos que lo rodean son herencia prehispánica, parte de nuestra cultura; de ninguna manera son los únicos aspectos identificadores de nuestra tierra… Catemaco no es tierra de brujos… La magia de estas tierras va más allá de ritos de tinieblas; es permanente y hechiza, pero no con los negros conjuros de la charlatanería, sino con la belleza de sus paisajes, sus valores, sus artistas y la calidez y hospitalidad de su gente…

Los ritos del primer viernes de marzo son una de tantas faceta de ancestrales tradiciones. Fue a partir de un fallido “congreso” de brujería, organizado hace más de 40 años, por el entonces Departamento de Turismo estatal, que se dio a esa tradición, visos de show carnavalero, mantenido hasta ahora.

Rodeado por estrategias de mercadotecnia, el primer viernes ha devenido en ceremonias y festivales alejados de su original esencia, para atraer a turistas ávidos de aventuras y de lo misterioso…Pero también a quienes aferrados a una fe, andan en pos del chamán de buena fe que le resuelva sus problemas y angustias.

En cuanto al diablo, es sabido cómo la imaginaria popular se apropió de la medieval imagen del demonio que difundió el cristianismo. Famosos artistas como los grabadores alemanes Durero y Holbein, dieron la pauta para caracterizar la estampa que la iglesia católica distribuyó por todos los confines: grandes cuernos, orejón retorcidos bigotes, barba de piocha, pata de cabra y larga cola, todo colorado, oloroso a azufre y armado de amenazador tridente.

Y a las denominaciones clásicas: Satanás, Luzbel , Mefistófeles, Belcebú o Lucifer… nuestros pueblos le han endilgado otros nombres más coloquiales como el amigo, el tío, el cadejo, el compadre, el chamuco, el pingo, el colorado, el malo, el maligno, el rey de la tierra, el señor de las tinieblas, el coludo, el cachudo, el horrible, el tabane, el familiar, el Ave María Purísima, el malo, el cachafás, el pata de cabra, el innombrable, el pecado, el siniestro, el feo… ¡Uf!

Hace muchos años se hablaba –en voz muy baja- de algunos catemaqueños de alma atravesada, que establecieron relación con el siniestro personaje, a través de tenebrosos pactos. Eran los famosos “empactados” – o “empautados”, les decía la gente-, de quienes las consejas guardan larga lista.

Referían que esos valientes –o desalmados- firmaban con su propia sangre los diabólicos

tratos. Y a cambio de su alma o del alma de algún ser querido, el tío les concedía diversos poderes sobrenaturales, como transformarse en animal, convertir hojas de árbol de cacao en billetes, ser afortunado en negocios, en amores, en los gallos o en los naipes, poseer el don de la ubicuidad, volverse invisible o conocer los secretos de la nigromancia, de todas las magias y de la brujería…

Contaban los viejos que el maligno citaba a los elegidos en parajes solitarios del lago o de la montaña. Entonces tomaba forma humana, la de un gallardo caballero montando imponente corcel. Así ocultaba sus horrendas características, y el grato aroma de su chisporroteante puro opacaba el infernal olor a azufre –signo inequívoco de su presencia.

También se narraban historias de quienes por no respetar el pacto, por mala conducta o por mala suerte, literalmente, se los llevaba el diablo a rastras por el antiguo y penumbroso camino del Arenal, allá por los rumbos del Mono Blanco…

Los sobrevivientes de esas agresiones diabólicas aparecían entre el monte, más muertos que vivos, con graves huellas de haber sido arañados y arrastrados. Algunas víctimas se libraron de las garras satánicas gracias a que “se encomendaron a la Virgen del Carmen”.

Antiguamente abundaban relatos de quienes habían sido “asustados por el diablo”, metamorfoseado en bolas de lumbre, fuegos fatuos, sombras negras, remolinos, víboras, tecolotes, perros y gatos negros, en chaneques o en un niño dientón. Igualmente era común oír contar sobre el terrible “chiflido del pecado”, que sorprendía a la gente en campo abierto, a orillas del lago o en lugares solitarios. La víctima quedaba pasmada y tenía que acudir a un chupador, para que lo despojara del espanto.

En estos tiempos, tanto se ha desmitificado al diablo, que ya no se habla de pactos ni de apariciones demoníacas. Tampoco se oye que a alguien “se lo llevó el diablo”, le chifle o lo espante…Sin embargo, aún muchos aseguran que el demonio tiene su guarida en una cueva del cerro de Mono Blanco, donde cada primer viernes de marzo preside ritos muy alejados de nuestras tradiciones y “modernos aquelarres” organizados por brujos que se dicen discípulos y “herederos del rey de las tinieblas”.

Así, la imagen diablesca, ya muy devaluada, sólo se mantiene vigente en los cartones de la lotería, en los grabados de Posada, en algunos juguetes típicos de la cartonería mexicana, en las pastorelas navideñas y en los diablitos correlones de nuestra típica y original mojiganga.

Repetimos. Catemaco No es tierra de brujos. Si, tierra poseedora de la magia: de sus paisajes, su gastronomía, sus genuinas tradiciones y el calor amistoso y hospitalario de su gente.

©shg

Foto. AGE