Sáb. Jun 6th, 2026

Continuación…

RECOPILACIÓN 1LOS DEMÄS PRESOS presenciaron aquella ejecución mudos de terror y de espanto, y cuando Caldevilla les ordenó pidiesen al Teniente los puñales, todos obedecieron, y fueron a recibirlos de las manos de aquel, yendo luego a colocarse en el sitio que antes ocupaban. Desnudóse también Caldevilla, se armó de un puñal como los otros, y enseguida les dijo: –«Vamos a arrojarnos todos al mar divididos en dos mitades. Tú Pedro mandarás la primera y procurarás subir al abordaje por el costado del estribor; yo mandaré la segunda y subiré por el babor; pero es indispensable que el ataque sea simultáneo y rápido, si queremos vencer. Ya sabéis lo que tenemos que hacer; mas como pudierais caer en la tentación de desertar, escuchad la orden que voy a dar y que ha de ser fielmente ejecutada, ¡Teniente!  Luego que nos hayamos arrojado al agua, colocaréis vuestros soldados a quince pasos de distancia uno de otro, por toda la orilla a derecha e izquierda de este sitio, y haréis morir a punta de bayoneta a cualquiera que retroceda, principiando por mí. Tal es vuestra consigna. Si la fortuna nos favorece, enviaré el bote antes de amanecer para recoger nuestros vestidos: entonces podréis retiraros y decir al General, que tan pronto como el tiempo varíe, anclaré al costado de Ulúa.

Si la fortuna nos es adversa, le diréis lo que habéis visto, y nada más.

Colocó el Teniente a los soldados en la forma indicada por Caldevilla, mientras éste y los diez y nueve presos restantes se arrojaban al agua, y nadaban hacia la lancha procurando no hacer ni el menor ruido, hasta que lograron acercarse a ella y rodearla.

Nadie velaba a bordo; todos los tripulantes de la lancha dormían confiados en que no era posible una sorpresa con un tiempo tan crudo, y aún los dos centinelas que estaban a babor y a estribor, se habían dormido profundamente. Ambos estaban rebujados en sus mantas, y no pudieron despertar. Pedro y Caldevilla que habían subido los primeros al abordaje, procedieron como maestros consumados, y llevaron a cabo su tarea sin dejar a sus víctimas el tiempo de quejarse.

Tarde, muy tarde sonó la voz de alarma entre los tripulantes de la lancha; porque ya no era tiempo de salvarse. La mayor parte de los asaltantes se encontraban a bordo, y ellos estaban o desarmados o entorpecidos por el sueño. La mitad de aquellos desgraciados fueron maniatados; los otros cayeron bajo los puñales de aquellas fieras desencadenadas.

A la mañana siguiente, se ofreció a la vista un espectáculo tan espantoso como repugnante: doce cadáveres yacían tendidos en el fondo de la lancha, diez de ellos pertenecían a su tripulación y dos a los compañeros de Caldevilla.

Estaban tendidos sobre un enorme cuajarón de sangre, y algunos respiraban todavía.

Era preciso desembarazarse de aquellos restos, cuya vista causaba una invencible repugnancia, y lo habrían verificado desde luego, si no esperasen el regreso del bote en que habían ido a tierra cuatro de sus compañeros en busca de los vestidos, y por cuya seguridad temían, si excitada la voracidad de los tiburones que tanto abundan en aquellas costas, hicieran zozobrar la embarcación, cosa no muy difícil, si se atiende a que hay algunos de aquellos monstruos, de mayores dimensiones que las que tenía el pequeño bote de la lancha.

Cuando regresaron con los vestidos y estando ya todos a bordo, dio principio la operación de arrojar al agua los cadáveres que estaban en el fondo. Apenas arrojaron el primero, cuando vieron  acudir dos enormes tiburones que se lo dividieron, permaneciendo a flor de agua, como si esperasen nuevas víctimas que devorar. Aumentábase a cada momento el número de aquellos voraces animales, y los compañeros de Caldevilla, se divertían arrojando al agua los otros cadáveres por distintos lados a la vez, para ver como rivalizaban en velocidad aquellos bandidos del mar, que se precipitaban sobre ellos para devorarlos.

Informado el Teniente por los que fueron en busca de los vestidos, del éxito feliz que había tenido la expedición, dio la orden de marcha a los soldados, y a las dos de la tarde de aquel día, llegó a Veracruz, en donde, después de acuartelar a su tropa, fue a dar cuenta al General Santa Anna, del resultado de su comisión.

Hizo Caldevilla lavar la sangre depositada en el fondo de la lancha, y como se había calmado enteramente el viento, mandó levar anclas, y se dirigió a Veracruz en donde dio fondo al día siguiente a las ocho de la mañana frente al Castillo de San Juan de Ulúa.

EL GENERAL SANTA ANNA CUMPLIO…

CONTINUARÁ…