CONTINUACIÓN…
NUEVOS RELAMPAGOS acompañados de espantosos truenos, hacían estremecer a Caldevilla, que con los ojos fijos en la balandra, quería explicarse la causa de que se hubiese apróximado tanto, con riesgos de estrellarse.
La balandra continuaba avanzando con prodigiosa rapidez, había perdido el ancla, y vagaba a merced de las olas sin rumbo fijo, mientras Bernardo y Agustín dormían.
Quiso Caldevilla arrojarse al mar para ir en auxilio de sus hijos, pero cuando iba a verificarlo, retrocedió espantado porque a la luz de los relámpagos, vio a sus pies, casi varada en tierra, una enorme tintorera, y otro poco más lejos, otros dos tiburones que parecían venir en busca de la hembra. Un paso más y todo habría concluido para él; pero aún no había sonado su postrimera hora, y evitó aquel peligro.
La noche estaba oscura; negra, tan negra como su conciencia. Un copioso sudor, efecto de la ruda faena a que se había entregado, estaba a punto de acabar con sus debilitadas fuerzas. Fúnebres pensamientos habían tomado asiento en las regiones de su febril cerebro, y miraba pasar con una rapidez vertiginosa, todos los actos de su pasada vida.
El ruido de las olas al romperse contra los arrecifes de la costa, los silbidos del viento al pasar por las cavidades de las rocas, el horrízono estruendo de la tempestad, y la cárdena luz de los relámpagos, parecían presagiarle unos funerales dignos de sus sangrientas hazañas.
Lágrimas ardientes brotaban de sus escaldados ojos, porque el peligro que corrían sus hijos, era grande, terrible, inevitable. El naufragio en aquella costa con un tiempo tan borrascoso era la muerte, porque la multitud de fieras marinas que salen de sus antros, arrastradas por el torbellino de los desencadenados elementos, hacen casi imposible la salvación de los desgraciados que se ponen a su alcance.
Harto conocida le era la voracidad de aquellos tigres del océano, porque conservaba en la memoria la escena ocurrida diez y nueve años antes a muy poca distancia del lugar en que se encontraba, y al pensar en que pudiera repetirse quizá dentro de poco, se estremecía de horror.
Era terrible el castigo impuesto por la mano de Dios, a ese miserable a quien atormentaba la idea del próximo martirio de sus hijos; hubiera querido rescatar sus faltas a costa de su sangre para evitarse un sufrimiento tan terrible; pero ya no era tiempo, sentía oprimida su conciencia con el peso de sus horrendos crímenes y se entregaba a la desesperación más espantosa. ¡Mis hijos! ¡Mis hijos! Exclamaba. Yo no quiero que mueran; no quiero que perezcan presa de los voraces tiburones.
La balandra seguía corriendo impulsada por el furioso vendaval, y corría también Caldevilla en seguimiento suyo.
Se pasaba la mano por la frente como si quisiera desechar las terribles memorias del pasado; pero no podía conseguirlo. Atormentábalo el recuerdo de sus odiosos crímenes, y tenía ante la vista los fantasmas aquellos; el Negro, las mujeres y los niños, el mar y el río de sangre.
De pronto se detuvo; parecióle escuchar los nombres de sus hijos, y no se había engañado, acababa de estrellarse la balandra contra los arrecifes, y los dos hermanos habían pronunciado aquellos nombres, cuando el choque los hizo despertar.
¡Bernardo! ¡Agustín! Habían dicho en el momento en que la balandra principiaba a hundirse, y los dos se agarraron de las puntas de aquellos arrecifes, para no ser arrastrados al abismo.
Caldevilla había escuchado aquellos nombres, había visto a la luz de los relámpagos la situación de sus hijos sobre aquellos peñascos, y despreciando todos los peligros, se arrojó al agua para ir a socorrerlos.
Doscientos metros lo separaban de aquellos seres cuya vida intentaba salvar; pero a pesar de la energía de su carácter sus miembros entumecidos se negaban a secundarlo, porque estaban paralizados por los calambres originados por el frio, y como no podía sumergirse para evitar que las olas lo arrastrasen hacia la orilla, avanzaba muy poco o nada, no obstante ser un nadador de primera fuerza.
Tres veces divisó a muy poca distancia los restos de la balandra que se hundía rápidamente en el abismo, y tres veces se vio arrojado sobre la playa por el impulso de las embravecidas olas. Horribles blasfemias salían de su boca temblorosa y contraída por el frio, y luchaba y luchaba sin cesar, pero llegó un momento en que le fue preciso detenerse para tomar aliento; se dejó caer desfallecido sobre la arena de la playa, y cosa extraña, un calambre más fuerte que los anteriores, lo hizo contraerse por completo, ponerse de rodillas, y levantar los ojos hacia el cielo.
Un relámpago mucho más intenso que los demás iluminó el espacio, y por un solo instante divisó Caldevilla a sus dos hijos sostenidos el uno por el otro para no ser arrastrados por el embate de las olas. En aquel momento se puso de pie, cesó de molestarlo el calambre que lo atormentaba, se sintió más fuerte y se arrojó de nuevo al mar siguiendo la dirección del arrecife en donde acababa de verlos.
Y ya sea por un esfuerzo de su indomable voluntad le hiciese dominar la fatiga que sentía, o ya qué una reacción saludable hubiese hecho cesar los calambres que tanto lo hicieron sufrir momentos antes, avanzaba con toda la rapidez posible, sobreponiéndose a la impetuosidad de las corrientes, que durante las tempestades se dirigen siempre sobre la costa, y en cinco minutos, había salvado ya la mitad de la distancia que lo separaba de sus amados hijos.
Entre tanto se hacían más y más fuertes las ráfagas del viento, Agustín y Bernardo se sostenían aunque con trabajo sobre la roca que les servía de asilo, y Caldevilla nadaba con esfuerzo para acercarse a ellos.
Tras larga lucha con las irritadas olas, llegó al sitio donde se encontraban sus hijos, vio con espanto el inmenso peligro que corrían en caso de venir los tiburones, ya que tenían el agua a la cintura, y les encareció la necesidad de ir a tierra sin pérdida de tiempo.
Ya iban a echarse a nado y esperaban tan solo que un relámpago les permitiese ver la dirección que debían tomar cuando escucharon a muy poca distancia estas palabras:
–¡Vira por redondo! Porque nos estrellamos.
Rasgóse en aquel momento el seno de las nubes; descendió sobre el mar una verdadera catarata de fuego, y a su brillante luz vio Caldevilla encallada también como la suya otra balandra a diez metros de distancia, y a un hombre allí de pie junto a la proa.
–¡Don Joaquín! exclamó Caldevilla al fijarse en el rostro de aquel hombre
–¡Caldevilla! Dijo Joaquin Tiburcio, porque él era.
–¡Padre! Dijo Agustín ¡Estoy herido!
–¡Padre los tiburones! Exclamó Bernardo.
–¡Sánchez, María, Juanita! Dijo Caldevilla, y tomando a cada uno de sus hijos por un brazo en un rapto de locura, los arrastró al abismo, á tiempo que otra descarga eléctrica más poderosa todavía, iluminó el espacio.
Poco tiempo después llegaba un hombre a Montepío. Era el náufrago aquel de la balandra, era Joaquín Tiburcio, que refirió espantado la horrible escena de que fue testigo.
FIN.
