El espejo ajeno

Los políticos de Veracruz han de mirarse en sus colegas de la yunicidad y el duartazgo recién inhabilitados por la secretaría de la Función Pública.

Unos, 7 años. Otros, diez años sin poder, y por lo pronto, desempeñar un cargo público.

Entre ellos, los más connotados, Clementina Guerrero y Antonio Gómez Pelegrin, ex secretarios de Finanzas y Planeación.

El tesorero de SEFIPLAN, ex diputado federal y ex director del DIF, Antonio Tarek Abdalá.

Y el Oficial Mayor de la SEV, el panista Abel Cuevas.

Durante dos años, seis años, ellos usufructuaron las mieles del poder, y luego de cumplido el tiempo constitucional, el infierno total y absoluto.

Los días, con el riesgo de un paro cardiaco con los calambres y bajo sospecha y en la mira oficial… que por un presunto desvío de recursos y abuso de autoridad.

En el mejor de los casos, durante un sexenio en la cresta del poder. Y luego, caray, el peor de los mundos y que con todo, nada justifica los vientos huracanados soplando en contra de ellos.

El dictamen fue trascendido y en unos casos se ampararon o tramitan amparos. Y mientras llega el desenlace, están inhabilitados.

De algún modo son el espejo de lo que suele ocurrir en el ejercicio del poder ya porque se resbale, porque se acataron órdenes superiores y se apostó al silencio, digamos, para mantenerse en el frente de batalla, porque pudiera, quizá, tratarse de una venganza, una información sesgada y errónea.

La rectora de la Universidad Veracruzana, Sara Ladrón de Guevara, por ejemplo, estuvo en el programa “8 columnas” de TV Más y defendió a Clementina Guerrero, su antigua secretaria Académica.

Pero al mismo tiempo, vaya paradoja, inhabilitada por la secretaría de la Función Pública, digamos, en tiempo electoral.

Más, en medio de la fama pública de que México ocupa el primer lugar mundial en corrupción política.

Y más cuando las circunstancias son tierra favorable para ajustar cuentas, más allá de los resbalones en la administración pública.

Nada mejor, entonces, y para llevar la vida en paz y vivir en tranquilidad con la familia, sin sobresaltos, que conservar las manos lo más lejos del fuego, las tentaciones y los riesgos.

DE LA GLORIA AL INFIERNO

Se fue Javier Duarte. Dejó inconcluso el sexenio, cuarenta días antes de. Huyó a Guatemala. Fue detenido. Repatriado. Procesado y sentenciado a 9 años de cárcel en el Reclusorio Norte de la Ciudad de México, todavía presidente su antiguo protector, Enrique Peña Nieto.

Y, desde entonces, varios duartistas siguen en el infierno. Incluso, su ex esposa, la señora Karime Macías, esperando la audiencia en la Corte Británica para la extradición.

Casi seis años de mieles, en lo más alto de la cumbre del poder, en tanto, y por lo pronto, casi 4 años y medio con los vientos y turbulentos en contra.

Nada, absolutamente nada, retribuye ni compensa vivir en la gloria para luego hundirse en el infierno.

Más, mucho más, por la familia, la esposa, los hijos, los padres ancianos, los tíos y los primos cercanos, etcétera. Los amigos.

Más cuando el dinero y los bienes materiales suelen irse, y a veces, jamás regresan, tiempo bíblico de las vacas gordas y las vacas flacas, tiempo de sumar, sumarse y sumirse, tiempo de disparar cuetes y tiempo de recoger varas.

Entonces nada mejor pensando en el presente, pero más en el futuro (y sin que parezcan estas letras una homilía dominical desde el púlpito sagrado) que como dijera Benito Juárez, “vivir con la medianía del salario”.

Simplemente, nada se lleva una persona a la hora de la muerte. Más, porque la muerte es igual para los pobres que para los ricos.

Claro, “a nadie se le quita lo bailado”. Pero al mismo tiempo, suele darse mucha, excesiva, demasiada frivolidad y soberbia.

La vanidad, entre otras cositas, de sentirse superior a los demás. Viajes en el mundo, mansión, un yate en el mar, un avión en el helipuerto, comelitonas en buenos restaurantes, los hijos en universidades caras y extranjeras, etcétera.

Los políticos inhabilitados, del resplandor a lo más profundo del abismo. Del ascenso, incluso, vertiginoso, a la caída. Del aplauso y el halago fácil al menosprecio y desdén.

DÍAS DUROS Y RUDOS

Duro fue Miguel Ángel Yunes Linares con unos treinta duartistas encarcelados en Pacho Viejo, más los sesenta policías detenidos acusados de desaparición forzada.

Duro fue Patricio Chirinos Calero encarcelando a Dante Delgado Rannauro, Porfirio Serrano Amador y Gerardo Poo Ulibarri.

Duro fue Dante Delgado Rannauro encarcelando a David Varona Fuentes, director de Tránsito de Fernando Gutiérrez Barrios.

Duro fue Agustín Acosta Lagunes encarcelando en las mazmorras de Seguridad Pública a José Luis Lobato Campos, director del Instituto de Pensiones con don Rafael Hernández Ochoa.

Ahora, solo inhabilitados los casi treinta políticos y por la secretaría de la Función Pública. Días rudos, duros y difíciles.