Veracruz aprendió demasiado pronto el lenguaje de la violencia.
Aquí el periodismo conoce el miedo con nombre y apellido. Conoce las llamadas de madrugada, las amenazas disfrazadas de “consejos”, el desprecio institucional, la censura económica, la estigmatización pública y, en demasiados casos, el asesinato. La libertad de expresión en este estado no es una teoría universitaria; es una conquista que ha costado vidas.
Por eso resulta doloroso observar que, mientras seguimos exigiendo respeto para el ejercicio periodístico, desde dentro del propio gremio también se alimentan otras formas de violencia.
Existe una violencia evidente: la que ejercen algunos funcionarios cuando desacreditan, humillan o intentan silenciar a periodistas incómodos. Esa violencia existe, debe denunciarse y jamás normalizarse.
Pero existe otra que rara vez nombramos porque incomoda más: la violencia que nace desde nuestras propias redacciones.
La que convierte a jóvenes reporteros en soldados de guerras ajenas.
La que utiliza la necesidad económica de quienes apenas comienzan para transformarlos en instrumentos de campañas de desprestigio.
La que enseña que una columna no debe buscar la verdad, sino el golpe más rentable.
La que confunde investigación con venganza.
La que transforma la crítica en mercancía y el periodismo en un negocio de resentimientos.
No es periodismo.
Es instrumentalización.
Y quizá esa sea una de las formas más perversas de violencia profesional: asesinar primero la conciencia antes que la carrera.
Conocí a Max Hernández durante un curso impartido por algunos de mis maestros de periodismo en la Universidad de Xalapa. Mi impresión personal fue la de alguien más preocupado por hacerse notar que por aprender. Después supe que impartía clases en esa misma universidad y, más que sorprenderme, me preocupó. No porque un mal maestro condene el futuro de una generación; todos hemos sobrevivido a docentes que terminaron enseñándonos, precisamente, lo que nunca debemos ser. Lo verdaderamente preocupante es cuando esa manera de entender el periodismo encuentra eco fuera del aula.
Lo digo por los constantes señalamientos que ha dirigido recientemente hacia la administración de Daniela Griego. Porque sí: el periodismo está obligado a cuestionar al poder. Está para investigar, documentar, contrastar y denunciar cuando existen abusos, corrupción o malos manejos. Esa es su razón de ser.
Lo que me provoca horror es otra cosa: atacar desde la ocurrencia, desde la opinión disfrazada de investigación o desde la simple autoridad que pretende otorgar una credencial de periodista. Una firma no sustituye las pruebas. Un micrófono no reemplaza la evidencia. Y una publicación viral nunca será equivalente a una investigación seria.
Los principios éticos no dependen de un título universitario.
La ética no se gradúa.
No la entrega una cédula profesional ni un diploma colgado en la pared.
Se demuestra cuando nadie está mirando.
Cuando publicar una mentira resulta más rentable que verificar un dato.
Cuando un periodista comprende que una sola línea puede destruir una reputación, alterar una elección, fracturar una institución o sembrar odio donde antes había dudas legítimas.
El problema es que hemos comenzado a normalizar la violencia porque ya no siempre tiene forma de bala.
A veces tiene forma de encabezado.
De filtración.
De campaña coordinada.
De publicación sin contexto.
De linchamiento digital.
Y cada vez que eso ocurre, el periodismo pierde una parte de la autoridad moral con la que después exige respeto para sí mismo.
Tampoco ayuda que esos golpes se conviertan en combustible para las redes sociales. Basta que alguien publique una descalificación sin sustento para que aparezca el desfile de oportunistas dispuestos a subirse al tren del mame. Ya no importa si la información es cierta; importa quién consigue más reacciones. Ya no interesa abrir una discusión pública informada; basta con fabricar un enemigo común para obtener unos cuantos aplausos digitales.
Y ahí está el verdadero riesgo.
Porque cuando el periodismo sustituye la investigación por el linchamiento, deja de informar y comienza a fabricar turbas.
Las turbas no verifican.
No contrastan.
No escuchan.
Solo repiten.
Y una sociedad que aprende a repetir antes que a pensar termina siendo mucho más fácil de manipular.
No podemos exigir que cesen las agresiones contra la prensa mientras celebramos las agresiones que nacen desde la propia prensa.
La congruencia también es una forma de proteger la libertad de expresión.
En un estado donde ejercer el periodismo ha costado vidas, deberíamos ser los primeros en rechazar cualquier forma de violencia, incluso aquella que produce aplausos, seguidores o tendencias.
Porque la credibilidad del periodismo no muere cuando un gobierno intenta censurarlo.
Empieza a morir cuando el propio periodista descubre que es más rentable provocar que investigar, más fácil destruir que demostrar y más cómodo sumarse al tren del mame que sostener el peso de la verdad.

