POR ARMANDO RAMÍREZ RODRÍGUEZ.
Capítulo 25.
Fez es la capital religiosa de Marruecos, aquí se inicia el islam, y también podemos decir que es la capital intelectual, porque se funda la primera universidad del mundo dónde enseñaban astronomía, árabe, derecho y religión. Estuve en la puerta de entrada de la Universidad de Karaovyyine, ahora convertida en una preciosa Mezquita. La adornan bellos estanques decorados con azulejos típicos de la arquitectura regional. Así como multitud de arcos con un gran patio de mármol y dos Kioskos con una réplica de los leones de la Alhambra. Escuchábamos desde ahí las letanías que, aunque insistí en entrar no me los permitieron por estar prohibido a los extranjeros. Anteriormente había existido una mala experiencia con unos turistas franceses que profanaron la mezquita, cuando estaban en los brazos de Baco.
Hay dos barrios importantes, el de los andaluces que fueron expulsados por el Califa de Córdoba, y el de Mellat… lugar de sal, el cual fue durante siglos residencia de la comunidad judía. En el pasado a los judíos se les obligaban andar descalzos y si se topaban con un notable musulmán, debían apartarse a la izquierda e inclinarse, luego fueron protegidos por el sultán y les dieron ciertas concesiones porque poseían el monopolio de comercio de metales precisos. Sin embargo, cuándo caía el sultán, el desorden siguiente era el asalto al Mellah asesinando a los judíos.
La ciudad de Fez tiene un millón de artesanos; quienes se dedican principalmente a la elaboración de bandeja de cobre, esencia de perfumes, confección del cuero, entre otras creaciones con material de la localidad. Paseábamos por las calles admirando la artesanía regional, vendida en manos de quienes la fabricaban. Al caer la tarde empezamos a escuchar el muacin, una voz que pareciera tener una misma tonalidad, profunda, pausada y mística. Aquella solemne voz llamaba a la oración del ocaso, escuchándose al unisono cantos seculares.
La lengua es el árabe y el francés, una mezcla distintiva de la ciudad. El día es dedicado al comercio. No solo de artículos diversos, sino también lugares donde degustar variada gastronomía (como el platillo tradicional, el cuscús, que también tuvimos oportunidad de probar). Encontramos pinchos morunos y sopas en el barrio de los andaluces, después probamos un refrescante jugo de naranja con una bola de nieve y para finalizar, una taza de café.
El centro de Fez es atravesado por un rio llamado… madre de la primavera. En el río vimos una imagen que podría haber sido el deleite de cualquier pintor, una mujer lavando tapetes artesanales con colores representativos, los cuales sumergía entre las aguas del río. Al llegar a nuestro hotel llamado Menzeh Zalagh, tuvimos un sinnúmero de formalidades exigidas por la policia. Dicho hotel se situaba en la cale Mohamed Diouri, un hotel grande con amplias y confortables habitaciones, aunque los pasillos resultaban oscuros.
Extrañamente tenemos un sentimiento que la ince por la imposibilidad de descubrir más secretos de la ciudad y tiempo capacidad de ver todo, por la gran la historia modelada por do tiempo. Aquí el pasado se conserva en la conciencia de los pobladores si el destino fuera inexorable, viviendo tiempos estacionarios. Siempre buscaba los sitios más extravagantes, encontrar el magnetismo de lo exótico y pasar anónimamente tratando de encajar en el estado de las cosas.
La noche nos invita a caminar y a sentarnos en cualquier parte para hablar de todo lo ocurrido y de lo que está sucediendo. Sosegados en la lejanía de nuestra cotidianidad, empezamos a recuperar nuestro espíritu que ha estado vagando con los señores del desierto, seducido por el encanto sabio y sinuoso de esta vieja ciudad. En este viaje también he tenido el tiempo para escribir y guardar mis memorias.
Observé que muchos comercios están abiertos y como fantasmas seguimos caminando, observando silenciosamente todo lo que acontece. Es una ciudad que hechiza, un remolino de calles que se pierden y en una de esas calles nos atrevimos a entrar a un espectáculo dónde representaban a una boda bereber, fue una bonita e interesante función.
Para el desayuno nos dirigimos al restaurante del hotel, donde estaba una mora hincada con un anafre preparando una pasta para que degustáramos el platillo tradicional, cuscús. Mientras saboreábamos nuestra comida, empecé a escuchar voces infantiles que hablaban en arabe teniendo una entonación cálida y pausada. Reflexioné que aquel sonido parecido a un murmullo de voces debió haberse escuchado hace cientos de años en sus calles, plazas y viviendas. En esta ciudad santa, donde el susurro del lenguaje se percibe al unisono llevando en su haber un simbolismo místico.
Me despido de Fez viendo por última vez las murallas, con sus minaretes, palmeras y olivares que lo circundan. Marruecos es un lugar mágico, diferente, se vive un pasado irracional y un presente auténtico. Es una ciudad desbordante de enigmas donde sus habitantes forman parte de este hálito de magnetismo; las mujeres con sus ropas fantasmales y rosto cubierto mostrando solemnemente la expresión en sus ojos almendrados, dan cuenta de una cultura milenaria aún vívida en sus habitantes. Partí de la ciudad, con gran júbilo por haberme encontrado tan cercano a las montañas del Rif y del Atlas con el desierto en medio de cordilleras, y con un esplendoroso sol cayendo brillante sobre la ciudad, que me invadió de una nostalgia anticipada. Volveré Fez, volveré a sentir el aire de tus palmeras, tus cantos y el aroma de los dátiles del desierto.

